Si su amante era, como sin duda así resultaba, un cortesano sin nobleza de sangre, resultaría imposible su boda, en primer lugar, y su redención, en segundo. Si había atraído la atención de un caballero de alto linaje, un duque o uno de los lendmenn originales, su matrimonio tampoco podría celebrarse, porque la dote que su familia aportaba era pequeña y bien conocida, y porque mi padre escogía con mimo las esposas para esos señores, asegurándose de que la red de lealtades se tensara aún más.
Con el constante flirteo y la presencia de tantos jóvenes en la corte cabía en lo humano que por un instante se perdiera de vista el sentido de la vida y la presencia de todos los que allí vivíamos; pero lo que arriesgaba Astrid valía mucho. En realidad, se trataba de todo cuanto poseía. Y lo que Riquilda ponía en juego al protegerla aún adquiría mayor precio: el honor de mi hermano, y, por lo tanto, el mío.
– O sois necias, o habéis perdido el juicio. Ni Astrid ni vos tomaréis parte en esto. Si es necesario, os encerraré aquí, o daré voces. Astrid vendrá conmigo, y nos sentaremos con todos, en el salón.
Entonces se quedaron en silencio, como niñas sorprendidas en una falta, con la misma incrédula expresión que adoptaba mi hermana cuando reparaba en que había dicho una inconveniencia pero aún no sabía cuál, ni cómo disculparse. Riquilda se justificó en un murmullo.
– Pero ellos deben verse…
Tomé de la manga a Astrid, que se dejó arrastrar. De un empujón la saqué de los aposentos de Riquilda, que ni siquiera nos siguió. Empequeñecida, en el quicio, nos vio alejarnos. Ni siquiera se le había pasado por el pensamiento el que yo no pensara como ella, el que alguien no opinara lo mismo que su atolondrado corazón.
– Por favor -suplicó Astrid-, por favor, no digáis nada. Os lo imploro de rodillas, no nos delatéis. Fue la princesa heredera la que me convenció para acordar la cita. El es un caballero principal, y mi afecto por él es sincero. Nuestra unión convendrá a mi familia, y podré así devolver muchos favores prestados. Os tengo por mi amiga…
Podía imaginarlo con nitidez, la estúpida de Riquilda llena de emoción y con el pulso acelerado, con su afecto ligero como patitas de pájaro, contagiada por la historia de Astrid y su amante y, como el eco en una cueva, haciéndolo todo mayor y más complicado, con brillos de los que carecía. La miré con desprecio. Así pues, no sólo el aleteo del amor iluminaba los ojos de Astrid, sino que su codicia había calculado con rigor el peligro que corría, y anhelaba ese título hasta el punto de salpicar a Riquilda con su proyecto.
– Yo no tengo amigas entre las de tu clase.
Lloraba cuando entró en el gran salón, y no lo disimulaba. Fingí haberme enfadado con ella porque me había roto un tul de un desgarrón, y me sentí malhumorada hasta que llegó la noche. Entre las damas que cosían conmigo mi hostilidad había extendido un miedo inconcreto, como si adivinaran que el tul se comportaba como los hielos flotantes y que el peligro de mi cólera se escondía bajo el agua. Las vi marchar a todas y les di mi bendición a regañadientes. Entonces me dirigí a mi madre.
– No quiero a Astrid más a mi lado, madre. Es torpe y vulgar, y no deseo que mujeres así me rodeen ni me influyan con sus modales.
Mi madre levantó con calma la mirada del fuego, que se extinguía en brasas sin fuerza.
– Pero Astrid es dama de Riquilda, y no te pertenece únicamente a ti decidir sobre su suerte.
– Con mayor razón, entonces. Riquilda no necesita otra cosa salvo buenos ejemplos, y no más niñas tontas como ella; no hay día en que no me avergüence. Me siento extenuada, vivo en el ansia de que su siguiente paso no despierte las iras de mi padre o el desprecio de Haakon. Me comporto como su aya y empleo mi tiempo en educarla, cuando cada día me convenzo más de que no aprenderá nada ni mejorará nunca. Y si sus damas no me dan sino problemas, ¿cómo podré soportarlo?
Odiaba mentir, pero no soportaba la idea de volver a cruzarme con Astrid, de sus futuros cuchicheos con Riquilda, de sus miradas tristes de soslayo, ni deseaba la sensación de que su vida y su honor estaban en mis manos, con mayor peligro y precisión que en las de su amante.
– Quiero -me obstiné- que la alejéis de Bergen, que sea enviada a otra de las casas del rey. Nuestro compromiso con su familia sólo consistía en casarla, y eso puede realizarse en otro palacio.
– Sé que estás enfadada porque te ha rasgado una camisa -dijo mi madre, pensativa. También ella envejecía, y la persuadíamos con mayor facilidad que en el pasado-. Pero es cualidad de los poderosos mostrarse compasivos, y nunca mostraste un corazón mezquino. Nunca te había visto perder la compostura por el yerro de un inferior. Medítalo, pide consejo en la oración, y si mañana continúas con el mismo parecer, enviaré a Astrid a las Feroe.
Astrid partió dos días más tarde, primero al encuentro de una comitiva que procedía del este, y de ahí, en un viaje sin retorno, a las islas del norte. La vi marchar sin lágrimas, con una secreta satisfacción, aunque durante mucho tiempo soñé con ella y con sus manos unidas en una plegaria ante mí, cuando creía que aún sería posible que se entrevistara con su amante.
Riquilda no me dirigió la palabra en varios días, y lejos de aliviarme, esa venganza pueril me entristeció. El resto de las damas y las siervas se mostraron excepcionalmente cuidadosas con mis vestidos y mi peinado, porque se había extendido el rumor de que por una nadería había desterrado a mi amiga más cercana, y todas caminaban silenciosas como ratones, sobre pies de vidrio. Comenzaron a preferir la compañía de Riquilda, que lo vivió como un triunfo sobre mí y que las consentía y adulaba de manera escandalosa.
En mis momentos de mayor desesperación, daba gracias por no ser como ella y por tener un espejo tan fiel de lo que aborrecería ser, si algún día, por fin, me encontraba en la situación de ser una mujer casada.
Recibió entonces el rey Haakon el Joven una carta de su padre, el rey Haakon IV, pidiéndole que fuera a Oslo a encontrarse con el obispo Haakon y que aguardara a que él regresara de Bergen. El padre y el hijo discutirían, reunidos allí, qué respuesta dar a la complicada encomienda del embajador don Fernando. El rey de Castilla, don Alfonso, el grande y sabio, solicitaba la mano de la doncella Kristina, hija del rey, para uno de sus hermanos…
No debió haber sido así. No era así como mi hermano imaginaba su partida de ajedrez.
Si las damas de la corte se dejaban llevar por dulces ensoñaciones sobre los amores que cantaban los poemas, sobre caballeros cruzados que se crecían en las adversidades y se mantenían leales a una mujer, Haakon cayó también víctima de un singular enamoramiento.
Haakon pensaba noche y día en don Alfonso, el décimo de Castilla, el aspirante a Emperador del Sacro Imperio Romano. El rey Sabio. Ese hombre, que había llegado al trono ya barbado, con treinta años, despertaba la admiración de mi hermano, que encontraba grandes semejanzas entre su figura y la suya.
Lo observó durante años, y adaptó como mejor le cupo sus movimientos acertados a nuestro país. Como él, instigó la devoción a los santos y la cercanía a la Iglesia. Estudiaba sus pactos y tratados, y los aplicaba a los que nuestro país necesitaría. Se preocupó, como Alfonso hacía, de que se estudiara la retórica y se fijara por escrito el derecho en los monasterios. De él aprendió que las guerras y los matrimonios no eran la única manera de engrandecer un país. Y, en todas sus embajadas, en toda la comunicación con el sur, preguntaba siempre:
– ¿Ha concebido ya mi señora doña Violante?
El rey de Castilla y su esposa, una infanta aragonesa, no tenían hijos, pese a que se habían unido en matrimonio en el año remoto de 1249. Y cada año sin descendencia mi hermano acariciaba nuevas ideas, tejía caminos nuevos y esperaba, pacientemente, a que le informaran de que Alfonso de Castilla había repudiado a la hermosa Violante, la Yolanda de los poetas, por su vientre estéril.