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Y así, cada noticia que vertía en los oídos extranjeros sobre mí estaba destinada al conocimiento del rey Alfonso. Kristina de Noruega era devota, y para probarlo yo recorría santuario tras santuario y entregaba dinero de sus arcas, porque no sería conveniente que otra princesa me arrebatara la reputación de santa. El rey castellano parecía encontrar gozo en el estudio, y por ello se le decía que Kristina hablaba latín y otras cinco lenguas y había aprendido a leer y a escribir como un hombre de leyes, y en su boca y en sus palabras yo parecía una mujer instruida, en lugar de una muchacha que supiera decir cuatro frases de cumplido en ruso y en alemán.

Se contaron muchas invenciones hermosas sobre mí en aquellos años. Kristina aventajaba en belleza a todas las princesas de su generación, y se insistía en que era rubia y de ojos azules, como casi todas las jóvenes que me rodeaban. Pero Haakon sabía que la madre del rey Alfonso, debido a su origen alemán, se me asemejaba, y no se le ocultaba que la mayor parte de los hombres poderosos buscan esposas que les recuerden a sus madres. Y por lo tanto, si algún rasgo había que compartiéramos Beatriz de Suabia y yo (y de ella se decía que era óptima, pulchra, sapiens et púdica), se ponía de manifiesto hasta el aburrimiento.

A mí no me alcanzaba la hipocresía hasta negar que fuera hermosa: lo era, pero ni remotamente la mujer más bella de mi generación, ni siquiera de mi corte. Pero la reputación, como había anunciado mi hermano, se extendía en las lenguas de los romances y las baladas, y ellos dictaminaban que mi fama se conformase así, y por lo tanto, así era.

Si Alfonso repudiaba a Violante de Aragón, de la estirpe de Hungría, se exponía a la cólera de su reino vecino, el regido por el belicoso rey Jaime I: se contaban atrocidades del rey aragonés. Había logrado, en los años de su reinado, unos territorios considerables, la conquista de las islas Baleares y la sumisión de infinitos reyes moros. De su capricho dependía la vida y la muerte de numerosos señores colocados en las marcas, y aún dormido trazaba planes de batalla. Nadie sabía qué podría ocurrir si le contrariaban de esa manera. Aun así, a don Alfonso, sin hijo varón, no le quedaría otro remedio más que deshacer el matrimonio, ni al aragonés otro que tragar ponzoña tan amarga.

Los españoles matrimoniaban entre ellos o con los alemanes, eso era de todos sabido, y por lo tanto, otras infantas peninsulares y la voraz y prolífica rama alemana acechaban el grosor de la cintura de Violante. Mi hermano debía jugar bien sus cartas y sopesar sus influencias, y como una vieja de pueblo, su estrategia era la de no pedir nada, ofrecerlo todo, convencer al rey castellano, a sus hermanos y consejeros, de que la idea de casarse con una princesa nórdica les pertenecía por entero y que, por cierto, era una magnífica ocurrencia.

Estuvo a punto de salirse con la suya, como en otros tantos casos; pero en la última embajada le refirieron que la odiada Violante había dado a luz a una niña y que esperaba, en breve espacio de tiempo, un segundo hijo.

– Pero eso no puede ser -repetía, atónito-. ¡Es del todo imposible! ¿Por qué ahora? ¿Por qué en este momento?

Luego supe que la Bruja le había dado esperanzas en esa causa: sus runas me veían comprometida con la corona de Castilla, y al rey, sin hijos durante varios años aún.

Fuera porque el rey hubiera vencido un virgo resistente, por milagros de la Santa Madre, remedios de brujas o un amante bien elegido, Violante no dejó, desde ese momento, de parir hijos. Ya entonces esa mujer nos amargaba la existencia. En ocasiones, la gloria de una familia supone el ocaso de otra. Los niños rosados que lloraban entre las puntillas castellanas amargaron los días de mi hermano. Incluso antes de que yo tuviera noticia completa de todo esto, Haakon había claudicado; en dos cosas únicamente había fallado en su vida: no había nacido en primer lugar, aunque la suerte ahí le había colocado, y no lograba encontrar el destino adecuado para su hermana. Él ocupaba por orden natural un segundo lugar, y se veía obligado a entregarme para que cubriera uno semejante.

– Pero hemos estado tan cerca…, tan cerca…

Cuando pensaba en alto sus palabras delataban que aún albergaba alguna esperanza.

– Ella puede morir. Sus hijos pueden ser desheredados a favor de otros, nacidos de otra madre, de una princesa real. Pero -y su voz se entristecía de nuevo- Violante de Aragón también es infanta real.

Atormentado, menos comprensivo cada vez con las ocurrencias de su mujer y silencioso conmigo y con mi madre, decidió tomar a dos de sus amigos y marcharse al este, a uno de los cotos de caza que mantenía. En esos territorios extensos y agradecidos había conseguido los halcones que envió al rey Alfonso.

Cuando regresó quiso verme inmediatamente.

– Prepárate para un viaje. Iremos a Agder -me dijo-, donde mi padre y yo deseamos hablarte de temas concernientes a tu futuro.

Haakon el Joven acostumbraba a montar a caballo, y se complacía cazando con aves y peños. Un día decidió encaminarse hacia el este y cruzar el río, en dirección a la isla Dorada. Aquella noche se sintió indispuesto, y se apresuró en regresar a la bahía en un barco. El viento le fue favorable. No obstante, cuando arribó en Olden, enfermó de nuevo. Por lo tanto, fletaron un velero y lo llevaron a remo hasta T0nsberg. Allí tampoco encontró consuelo, por lo que lo trasladaron hasta el monasterio de Munklif donde le prepararon una cama.

Sabedores de eso los españoles le enviaron un médico que había viajado desde España con don Fernando, y, tras muchas dudas, le administró un medicamento para su dolencia. Para infortunio de todos, eso no alivió sil mal. Dos noches más tarde, pasado el día de la Santa Cruz, moría el joven rey. Todos se dolieron de esa muerte, porque Haakon el Joven era, muy querido por la gente humilde, y muy generoso. Delgado y de talla mediana, de gran fortaleza y agilidad, le había dado Dios bonitos ojos, bella cabellera y un semblante atractivo. Nadie, en toda Noruega, montaba a caballo mejor que él. El cuerpo de Haakon el Joven, que hubiera sido rey, fue llevado a Oslo y enterrado en la iglesia de San Hallvard, donde otros reyes descansaban.

No hubo, ni habrá nunca, caballero como mi hermano Haakon.

Sus huesos son ahora polvo. De sus bonitos cabellos, el orgullo de mi madre, no quedarán ahora más que hilachas en su tumba. De su inteligencia, de las horas inclinado sobre los libros, de las conversaciones agudas con los sabios de su tiempo, no queda nada ya. No consiguió fortuna propia, ni tierras, ni un tratado con su nombre. Sin herederos, cuando nosotros hayamos muerto su nombre se perderá sobre la tierra, como un viento que calentara la tarde de octubre y se enfriara luego, agotado. No obtuvo nada para él ni fundó el linaje al que hubiéramos entregado nuestro país.

Era el cuarto de mis hermanos que moría, y el primero que lo hacía en su cama, aunque las circunstancias fueran sorprendentes. Sólo me quedaba ya Magnus, un jovencito discreto y estudioso, al que mirábamos con indulgencia y un rastro de piedad, porque las comparaciones se formaban solas y a él le faltaba el brillo que acompañaba a Haakon, un brillo que lo había distinguido entre todos los nobles desde que era un niño.

Si nosotros perdíamos a nuestro hermano predilecto, Noruega perdía al mejor rey que hubiera podido tener, al cómplice de mi padre, a la mente más prodigiosa que había dado su siglo.

Riquilda prorrumpió en alaridos cuando supo la noticia. Por un angustioso momento, no supimos cuál de los dos reyes Haakon había muerto. Las dos posibilidades parecían aterradoras. Con mi padre, el futuro se imponía, con el tajo potente de un zarpazo, y se dejaba atrás el pasado, siempre pesado sobre nuestros hombros. Con mi hermano, moría la esperanza, los aires de renovación, el camino al sur, la lenta ascensión de nuestra familia.