Mi abuela no me dio ningún consejo.
– Eres como tu hermano Haakon -dijo un día, después de observarme largo tiempo, en silencio-. Nunca serás feliz, porque no eres cruel y no sabes defenderte; y si alguna vez lo fueras, no podrías vivir con tu conciencia.
– Sé defenderme, abuela. Pero no tengo necesidad de ello, porque no tengo enemigos.
– Sí, eso es lo que decía Haakon -replicó ella-. Eso es, exactamente, lo que decía tu hermano.
Los enviados castellanos procuraban pasar desapercibidos, pero sus ojos y su tez los delataban. Aguardaban, e incluso cuando mi padre les comunicó que accedían, que el pacto se sellaba y que cumplíamos el deseo por el que mi hermano había trabajado a lo largo de tantos años, continuaron a la espera. Con sus caperuzas de tejidos gruesos, abrigados en sus mantos coloreados, ateridos de frío, pedían más leña para su campamento, se reunían con los nobles noruegos y alemanes más distinguidos, cerraban pactos y, sin duda, espiaban y tomaban buena nota de lo que veían, de lo que se les contaba y de aquello que sólo intuían.
Después de eso, el rey preparó el viaje y escogió con mimo el séquito de la princesa. Al mando se encontraban Peter de Hammar, el padre Simón, que era dominico, y muchos nobles, como Ivar Englisson, Thorleif el Furioso, Lodin el Velloso y Amund Haraldsson. Más de cien hombres y una buena cantidad de damas de la más alta alcurnia la acompañaban. Tanto oro y plata, tantas pieles blancas y grises, tantos dones preciosos le otorgó el rey Haakon que la de Kristina fue, sin ninguna duda, la dote más espléndida de todas las que hasta la fecha se habían visto. El rey Haakon mandó botar una nave de gran tamaño, con dos camarotes privados, uno para la princesa y otro para el embajador don Fernando, porque éste, como hombre de tierra firme, sufría durante la navegación.
Mi padre, como era su costumbre, encontró en la acción un consuelo, y dirigió en persona los preparativos del viaje.
– Bien, bien, bien -rugió un día, frotándose las manos-, tomada la decisión, toda demora nos perjudica. Es mi voluntad que los armadores me presenten un informe en el que enumeren las naves que poseen, para elegir en cuál has de viajar.
– ¿Para cuándo fijáis la fecha del viaje?
– Para este otoño -dijo mi padre.
Yo me sobresalté.
– ¿Tan pronto?
– ¿Qué inconveniente ves? -contestó mi madre, con frialdad.
– ¡Pero es muy poco tiempo!
– Si nos retrasamos, llegará el invierno, y no podrías viajar hasta marzo o abril. La boda no se celebraría sino en verano, y para entonces tú habrías cumplido un año más, y parte de los tratados firmados por tus bodas habrían perdido efecto.
Por lo tanto, al cabo de apenas unos días, mi padre escogió el barco que nos debía llevar hasta la costa inglesa y dio órdenes para que lo habilitaran a su gusto. Le gustaba la navegación, y se inclinó sobre los planos que le mostraban con aire experto.
– He hablado con tu madre, y ambos somos de la opinión de que no hay tiempo para demoras en ajuares -se me comunicó.
Marché entonces con dos de las amas a inspeccionar los baúles de ropa blanca y así hacerme una idea de cuánto faltaba por confeccionar. Las amas se mostraban reacias a acompañarme.
– Pero ¿qué queréis ver, señora? ¿Qué buscáis?
– Presentadme todas las prendas que se destinan a mi casa, los vestidos ya cosidos y los que sólo se han cortado, sin montar.
Después de algunas vacilaciones, una de las dos me mantuvo la mirada.
– No hay tales prendas, señora.
– ¿Cómo?
– No hay nada reservado para esta ocasión. Se hizo, en su momento, para la princesa Cecilia, pero todo se hundió en el naufragio.
Entonces descubrí para mi sorpresa que en los años de mi soltería nadie se había ocupado en preparar mis avíos y que, salvo varias piezas de hilo para el lecho, no contaba con nada. Me eché a llorar.
– Pero… ¿en qué pensaba mi madre durante todo este tiempo?
Las amas guardaron un silencio respetuoso, y me acompañaron de regreso a mis habitaciones. Aún incrédula, me enfrenté a mi madre esa misma noche. Ella se ofendió.
– Y tú, ¿en qué pensabas? ¿Alguna vez se te ocurrió preguntar por tu ajuar, o destinarle un minuto, o dar una puntada?
– ¡He cosido para vos, para los conventos, para mi cuñada! ¡He cosido para todos menos para mí!
– ¡Has supervisado que otros lo hicieran, como yo lo he hecho con el resto de las labores de cada siervo de esta casa, y de todas las casas del rey!
– Me enviáis a tierras extranjeras como una mendiga, sin una camisa que vestir -me quejaba yo, mientras recordaba con desesperación los arcones de Riquilda, sus túnicas bordadas sin entrenar y los exquisitos borceguíes de piel rusa. ¿Qué arcas eran las mías, salvo las dos de mi aposento, con los vestidos de diario, y un pequeño cofrecito con mis joyas?
Mi padre medió entre nosotras.
– No quiero escenas. Estas preocupaciones, Kristina, carecen de importancia. Tu dote será digna de una princesa, te lo aseguro, y ya encontrarás tiempo en Castilla para confeccionar allí ropajes, porque el clima es otro y la moda y el corte también. Pero el tiempo huye, y todo hay que hacerlo en escaso plazo.
Así, mientras mi madre encargaba a regañadientes un liviano ajuar en las dos abadías de costureras más hábiles, mi padre atestaba la bodega del barco con pieles de zorro, de armiño y lobo, de reno y foca, de liebre y de caballo, apenas curtidas, con ámbar y maderas preciosas y cuernos. No había refinamiento, exquisiteces ni nada propio de una dama, sino una acumulación de riqueza tosca, para que fuera transformada a mi agrado en el sur. Me entregó sartas de perlas en bruto, con la idea de que luego las insertara en mis ropas y las del infante, mi esposo, y yo dejaba caer entre mis manos aquellas cadenas de mar, sin saber qué uso darles.
– Sé generosa en presentes -me dijo-, porque contarás con pocas semanas para lograr aliados mientras mis emisarios te acompañen, y nada les suaviza tanto el corazón como el oro. Cuando la delegación noruega regrese, dependerás únicamente de tu ingenio y de tus habilidades.
Forjaron anillos de piedras preciosas y oro, de todos los tamaños, para que pudiera repartirlos entre unos y otros. En plata fundieron jarras y copas, cucharas y suficientes platos para la mesa del infante que fuera mi esposo. Mi padre me regaló dos coronas, una de ellas suntuosa, collares similares a petos, a la antigua usanza nórdica, similares a los que lucía la abuela, y que a mí me parecían insufriblemente anticuados, y brazaletes centelleantes. Como una versión sacra de las joyas, incluyó también armaduras y espadas, y ornamentos eclesiásticos de plata quemada. Destinó, además, dinero para la comitiva que me acompañara, para sus gastos, y para los animales que deberíamos comprar una vez en Francia.
– Déjate aconsejar por los hombres que te acompañan en aquello que no sabes, como las monturas y la protección. Compra armas de buena calidad en Inglaterra y en Francia y añádelas a tu dote. Ellos te guiarán. Todos son respetables, todos dignos de confianza. Pero no olvides que el dinero lo administras tú, hasta que llegues a Castilla y sea custodiado por los cancilleres del rey, de manera que muéstrate cauta y discreta. A menudo, una bonita espada muestra al ojo experto debilidades que tú no apreciarías.
Yo, poco acostumbrada a tales responsabilidades y lujos, me sentía abrumada, y pensaba en mis nuevos privilegios mientras doblaba con mi madre las piezas de lana y de lino que nos llegaban de las abadías, incapaz de imaginarles destino. Debían durarme toda la vida, o, al menos, hasta que no cambiara de estado. Las más toscas servirían para vestir a los sirvientes y esclavos, las sedas, teñidas en colores vivos, deberían aguardar hasta que me familiarizara con las costumbres castellanas.
– Las tierras del sur, en lucha constante con los infieles, han de dar ejemplo de modestia y de comportamiento cristiano, con lo que pese a los calores, dudo mucho de que se estilen los escotes franceses y esas tonterías. Ten en cuenta, además, que como mujer casada el recato formará parte de tus obligaciones.