– Claro, madre.
– No me contestes «Claro, madre», como si te aburrieran mis consejos. Muestra el respeto debido.
– Perdonad, madre.
Me regañaba sin reparar en quién se encontraba presente, siervas, damas o caballeros, o las costureras que preparaban un manto para el rey Alfonso, que debía serle entregado en mis desposorios y que presentaba un intrincado bordado en hilo de oro. Dedicaban más amor y atención a ese manto que a mis propias vestiduras de desposada. Mi madre, que se azoraba tanto con los preparativos que acababa gritando o golpeando a las criadas, veía que el tiempo de mi marcha se acercaba, y atajaba mis ideas con frases cortantes.
– ¿Calzas? -me dijo, atónita, el día en el que le propuse que confeccionáramos algunas en hilo suave-. ¿Qué, en el nombre de Dios, te hace pensar que un infante de Castilla no tenga ya todas las calzas que necesita?
Yo me sentí tan confusa que a punto estuve de romper a llorar.
El poeta preferido de mi hermano Haakon, Jan el Cojo, había convocado a las damas para que conocieran qué estilos encontraría yo en Castilla y también en las otras tierras que recorrería durante mi viaje. Ansiosas siempre de nuevas historias, aquellas sesiones nos permitían olvidarnos por unas horas de las preocupaciones.
– En Inglaterra, la corte escucha baladas y rimas -comenzó, con un pequeño salterio entre las manos-. Muchas de ellas hablan del gran rey Arthur y de sus heroicos caballeros, y muchos otros hablan de un bandido.
– ¿De un bandido? -se extrañó mi madre-. ¿Ante señores nobles?
– Sí, majestad. Un buen ladrón, que roba a los ricos para dárselo a los pobres.
– Nunca oí de ninguno que hiciera tal cosa -murmuraron mis damas, mientras conteníamos la risa.
– Qué… moderno -dijo mi madre-. Se me antoja un tanto peligroso. Bastantes historias licenciosas escuchan los jóvenes como para exponerse a otro mal ejemplo.
– En modo alguno, señora, porque todas ellas son jocosas y de buen final. Como el santo Dimas, que se arrepintió en su muerte junto a Nuestro Señor, este bandido será salvado por su amor a la Madre de Dios, que lo protege de todo mal. Pero sirve de azote de los malos clérigos y de los monjes perezosos.
Mi madre, cada vez más intrigada, sonrió.
– Entonces, esas historias no gozarían de aprecio en Noruega, donde todos los clérigos son intachables, y los monjes, diligentes. Así lo afirman ellos.
– Así lo afirman todos, Majestad.
– Me agradaría escuchar una de esas rimas.
Gudleik comenzó a cantar, pero según la balada avanzaba y el bandido Robin y sus alegres compañeros engañaban y apaleaban a un monje borracho, mi madre fruncía más y más la frente, y recibió el final de la historia con un silencio glacial.
– Me cuesta comprender que un reino tan avanzado y digno como es Inglaterra encuentre algún tipo de placer en estas chanzas.
– El gusto de los jóvenes y el de los mayores no siempre avanzan de la mano -replicó el poeta-. Es ley de vida, y sin duda vuestro padre no aprobaba los entretenimientos que en vuestra edad moza os complacían.
Abrí la boca y la cerré de golpe. Gudleik pisaba hielo muy fino, y la reina había retirado su favor a jarls poderosos por referencias menos explícitas que aquélla; pero en esta ocasión, mi madre no pareció ofenderse, y le miró con severidad.
– Mi hijo, el rey, se encuentra aún en una edad muy tierna. Os prohíbo que escuche esta poesía moderna; que, por el contrario, aprenda los buenos ejemplos de sus antepasados y de las glorias de Noruega en las sagas tradicionales. Bien está que las cosas cambien, pero no todas han de cambiar. Y, desde luego, no tan rápidamente, ni todas a la vez.
– Señora -dijo el poeta, fingiendo sentirse avergonzado, al cabo de un momento-, dadme otra oportunidad de complaceros y volved hacia mí vuestros hermosos ojos; que si el sol se nubla, ¿de qué viviremos los villanos? Si queréis historias de amor, versificaré al modo francés, que empalaga a los más ansiosos de dulce.
– Ah, no -rechazó mi madre, levantando la mano.
Las damas más jovencitas mantuvieron el semblante serio, aún sin saber si se había aplacado o convenía afligirse-, id a otra parte con vuestras Isoldas adúlteras y vuestros caballeros que mueren de amor. ¡Nadie se muere de amor!
– Ahora sí -dijo uno de los poetas islandeses.
Mi madre rechazó de nuevo esa idea con la mano. Yo observaba el juego de miradas que algunas de las dueñas mantenían con los pajes y con los músicos, e intentaba dibujar el complejo patrón de las relaciones que ocultaban. De vez en cuando, una de las mujeres recomponía los pliegues de su falda, en lo que sin duda era un lenguaje secreto de citas y mensajes.
– Ahorradme esas pamplinas. Por suerte, la princesa vivirá en un reino cristiano donde el propio rey canta a la Madre de Dios. Enseñadnos algunas de esas cantigas o levantaos y hagamos algo más provechoso.
Gudleik, que como el resto de los poetas de la corte consideraba el estilo castellano pesado y monótono y que, probablemente, había planeado que toda la tarde se dedicara a los ligeros romances franceses y al deleite de coquetear con las damas, ocultó su contrariedad.
– La princesa ya las escuchará cuando se case, y encontrará tiempo para hastiarse de ellas. Si queréis una historia edificante, os cantaré algunas de las que cuentan en la Provenza sobre el Pobrecillo de Asís.
Mis damas extendieron un murmullo de aprobación: Francisco, el pobre de Asís, se contaba entre nuestros temas preferidos. Mi madre, a regañadientes, aceptó. No encontraba demasiada diferencia moral entre el ensalzamiento de los delitos de un forajido y la admiración por un monje que abrazaba la pobreza y hablaba con los animales y el fuego, pero debía ceder en algo. Aún no había finalizado el primer romance cuando se escabulló con discreción y permitió que los jóvenes escucháramos lo que nos viniera en gana.
Así, entre mis dudas por el ajuar, las reuniones entre los embajadores y los nobles y el nerviosismo general, los convites a los invitados extranjeros y la llegada de mercaderes que, sabiendo la noticia, acudían para tentar a mi padre, amaneció el día en el que se pedía oficialmente mi mano.
Llovía; el cielo de Bergen, cerrado a cal y canto, parecía rozar las siete colinas, y los embajadores españoles tiritaban en las estancias sin fuego bajo sus abundantes pieles, que los hacían parecer extraños animales de dos patas. El salón, apenas engalanado, pero libre de los crespones de luto, albergaba a los nobles y los eclesiásticos testigos de la petición del rey Alfonso.
Me habían cosido un sobrevestido de velludo granate, tachonado de estrellas de oro, muy pesado, con forro de piel de ardilla, que me rozaba en el cuello y en los codos. Era, sin embargo, tan bonito que lo elegí para el compromiso, porque deseaba impresionar a los castellanos. La camisa y la capa se habían tejido en hilo de oro, y una redecilla de diamantes, con nudos en forma también de estrella, me retiraba el cabello del rostro.
Seis damas me seguían, vestidas con briales dorados. De manera similar había llegado Riquilda a nuestra corte, después de sus bodas con mi hermano en tierra sueca, y mi padre había repetido la ceremonia.
– Más trabajo, más gastos -gemía mi madre.
– Hay que respetar las tradiciones -decía mi padre-, y crearlas donde no las encontremos.
Don Fernando, el más distinguido embajador sureño, se acercó al estrado en el que aguardábamos mi madre, mi padre y yo. Observado a distancia parecía un hombre grande, pero pronto descubrí que apenas me llegaba a la oreja: sus andares, el empaque de su figura y una altanería constante engañaban sobre su estatura real. Con las palabras rituales, me puso un anillo de oro y perlas en el dedo. Desde ese momento, se apalabraba mi entrega al rey Alfonso; los embajadores se arrodillaron y me saludaron como infanta de Castilla.