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Las celebraciones posteriores me estaban vedadas, porque, aunque comprometida, aún era doncella, de manera que me retiré cuando las bendiciones formales finalizaron. A ellos les aguardaba un banquete que se había preparado durante días, los enormes bueyes asándose en hogueras improvisadas en el patio, y diversiones con acróbatas, músicos y combate de poetas. En mis habitaciones, acompañada de mis seis damas, cené con frugalidad y, desvelada por las agudas melodías de la flauta, no pude dormir hasta la madrugada.

A solas, observaba mi anillo. Había visto la marca del hierro en el ganado, y me comparaba, en mis momentos más amargos, a una res vendida. En las horas luminosas me reía de mí y de mis aprensiones, y me comparaba a un gato nervioso y sin nombre, lamiéndose el pelaje, absorto en sí mismo.

Nunca se supo de un viaje más lujoso ni preparado con más esmero. Cuando todos estuvieron aviados se hicieron a la mar.

No nos alcanzó el tiempo señalado para preparar el manto que aguardaba el rey Alfonso.

– Animales, perezosas, ¡bestias! -se desesperaba mi madre. Inquieta, caminaba de un lado a otro de la sala, hasta que dio con la solución-. Acompañaréis a la princesa, sí, sí, vosotras, las costureras, las bordadoras, las torcedoras. Sí, sí, no supliquéis ahora. Antes deberíais haberos preocupado por ello. Durante el viaje, daréis remate al ajuar.

Las que se encontraban presentes aguardaban cabizbajas la cólera de la reina, que, a diferencia de la de mi madre, no se calmaba con el tiempo, y callaban porque sabían bien que no habían avanzado lo suficiente con el manto. Todas iniciaron desconsolados llantos y quejas. Muchas de ellas ni siquiera habían cruzado más allá de los límites de sus pueblos.

– ¡Ni una lágrima! -exigió mi madre-. Regresaréis con los nobles del séquito, una vez que se hayan cuidado de la llegada de la princesa a Castilla.

Conocía a gran parte de los caballeros que habían recibido el encargo de custodiarme: de ellos, Ivar Englisson y Amund Haraldsson me resultaban simpáticos. El primero, hijo de un noble que se había destacado en los años mozos de mi padre, había sido uno de los mejores amigos de Haakon, y se esperaban grandes logros en su futuro. El segundo, un hombre calmoso y callado, algo mayor que mi padre, había encabezado la expedición a Halland, y era pariente de Knut Haakosson, que no nos acompañaba por haber regresado del sur con los pulmones y el estómago dañado.

Todos ellos habían estado presentes en la ceremonia de mi compromiso y se encontraban al tanto, en ocasiones mejor que yo, de las condiciones de mi contrato nupcial. Se les habían encargado importantes tareas diplomáticas, disfrazadas bajo la misión de niñera de una princesa, y si bien algunos me escoltarían hasta Castilla, la mayor parte de ellos harían escalas en el trayecto y regresarían por otros medios, con sus secretos y sus contactos.

Si Haakon hubiera vivido, me hubiera acompañado él mismo a Castilla, con Riquilda en un carruaje similar al mío y con varios de sus amigos más prometedores. Él en persona hubiera puesto mi mano en la de mi futuro esposo, y hubiera aguardado con calma a que el invierno pasara antes de regresar a Noruega. Quizás hubiera esperado hasta saber que yo estaba encinta, y entonces, con los lazos firmemente atados, hubiera retornado. Hay muchas maneras de enamoramiento, y, con la visita a Alfonso, Haakon hubiera completado una de ellas. Mi viaje hubiera sido más lento y provechoso, cada reino con una embajada particular encabezada por el heredero, y un encuentro provechoso del que luego extraer sustancia durante su reinado.

Pero Haakon había muerto, y las señales de luto por su pérdida se marchitaban. Muy pronto sólo su familia encendería velas para guiar su alma hacia el cielo, para que cada llama le aligerara de sus pecados. Por respeto a él, sus nobles me dieron trato de reina, y como homenaje a sus planes y su memoria se embarcaron en el viaje: creo que ninguno de ellos hubiera tratado mejor a su hermana o a su hija; pero ninguno de ellos podía sospechar cómo Haakon me trataba ni qué aspiraba de mí, cómo esperaba de su Kristina, más valiosa que el oro, honores, prebendas y tratados.

Los días se agotaban. Entre las instrucciones de mi padre se adivinaban retazos de pasado, consejos que un rey anciano daba para una realidad que ya le sobrepasaba. Mi madre me regaló de su propio ajuar un relicario, un anillo hueco y un juego de salero y pimentero incrustado con turquesas. Manos muy cautas los habían tallado primorosamente en un coral delicado.

– El relicario guarda los restos del santo del páramo -me explicó-, y cuando nazca tu primer hijo, córtale un mechón de pelo y guárdalo siempre junto a tu corazón. Así me lo dijo mi madre, y yo no le obedecí, y por esa causa pierdo a todos mis hijos. En el anillo, introduce un antídoto, cuerno de unicornio o leche de magnesia, porque esas a las que te enviamos son cortes taimadas. Lleva siempre contigo tu propia sal y tu propia molienda de pimienta… y recuerda que el coral cambia de color y se vuelve azul cuando hay veneno en la mesa. Que sean estas joyas tu garantía de vida y tus amigos más fieles.

Mi madre, la serena mujer que había visto sin una vacilación cómo su padre se despedía antes de partir hacia su propia muerte, intentó ocultar las lágrimas de los ojos enrojecidos.

– Te mando a tierra extraña, y no tengo cómo protegerte, hija mía. Fíate del coral y entrégate a Nuestro Señor, que te mantendrá libre de todas las acechanzas. Después de ti sólo me queda un hijo… Es el castigo de Dios a mi orgullo. Aunque no siempre nos hemos entendido, que te acompañe mi bendición y mi amor, y que san Olav te guarde.

Yo rompí a llorar también, por esa extraña simpatía de almas que se produce ante las lágrimas, pero sólo podía pensar en una cosa: siempre obedecí a mi madre, siempre cumplí su voluntad y no me aparté de su lado en los más de veinte años de mi vida bajo el sol.

– ¿Cuándo, por piedad? ¿Cuándo no nos hemos entendido? ¿Cuándo os falté o contrarié? ¿Qué mal hice para ofenderos?

Pero mi madre se alejó de mí y no contestó. ¿Qué albergaba el seno de mi madre, y por qué la suya no era la misma pena, el mismo desgarro que a mí me rajaba en dos?

Me colgué el relicario, en mi flaco dedo corazón oscila aún hoy el anillo cargado de carbón, y en una faltriquera, en torno a mi cintura, guardo el pequeño salerito y el mínimo hueco excavado en el coral para la pimienta de Persia.

Siguen siendo tan hermosos como hace cuatro años, tan bellos como cuando mi madre, en las ocasiones señaladas, me los dejaba tocar de niña. Conozco de memoria las curvas del relicario, un medallón grande, partido en dos, de color sangre. Ese tono nunca se ha oscurecido ni ha virado al azul, pero algunas de las perlas han perdido el oriente, ante el mordisco de los perfumes y los afeites: los que blanquean la piel matan el brillo de las perlas y deshacen el oro; sólo la fortaleza de la piel morena los tolera. No, desde luego, la mía.

La reina, mi madre, le ocultó sus joyas de coral a mi hermana Cecilia. Le dio, como a mí, consejos y oraciones para las enfermedades, las tormentas y los malos partos, pero nunca mencionó nada de los venenos y sus antídotos. Quizás me quería más. O puede que, entre las bodas de una y otra, aprendiera a recelar de más peligros, a ver enemigos donde antes sólo encontraba carne y vino.

Mi padre me había habilitado un camarote en la popa del navío, con husos, ruecas, pieles y estrados, un lecho enorme y tapices sobre las cuadernas. Al embajador don Fernando, otro muy similar, de lujo parejo. A mi estancia fueron a parar las últimas adquisiciones de la dote, los cuarzos en bruto y las amatistas, las flores de azafrán secas e incluso una silla de montar de fastuoso marfil, que golpeaba contra las maderas con la oscilación del barco.