La familia que me despidió en el puerto de Bergen era escasa, los más fuertes, los más afortunados. La abuela Inga, imbatible a su avanzada edad, que me dio pronto la espalda, incapaz de soportar una pena sin combatirla. Mis padres, reyes antes que progenitores, supervivientes de mil muertos entre los birkebeiner, de mil entre los bagler, todos los consejos enunciados ya, y la certeza de una separación eterna ante nuestros ojos. Mi hermanito Magnus, el nuevo rey, severo en sus pocos años y en la certeza de su destino.
Nadie lloró, y me enorgullecí vagamente de ello. Ante mis ojos continuaban los excesos emocionales de Riquilda, que gritaba como una loca mientras plegaba su equipo sin un mínimo fallo, sin dejar nada atrás ni olvidar un nimio objeto. Ya habría tiempo de llantos a solas, de pena o de alegría. Las princesas éramos amables estorbos, bellos en el mejor de los casos, pero inútiles, hermosos de contemplar, como la luna llena, pero apenas más necesarios. Al menos la luna llena, que alumbraba en mi primera noche de viaje, indicaba cuándo plantar y cuándo segar, pero yo, en mi barco repleto de riquezas, ¿para qué le servía ya a mi país?
Y así mi barco se alejó del familiar puerto de Bergen, de sus siete colinas, de sus casitas multicolores y la nieve que aleteaba en las cimas, de sus gigantes de hielo y sus florecitas primaverales, de las calles que trepaban por la ladera y el palacio de piedra donde había transcurrido gran parte de mi existencia. Todo aquello había sido una prueba, el periodo de aprendizaje para la auténtica vida, que se iniciaba mientras el ancla ascendía por su cadena y las velas se hinchaban con el viento del norte.
Arribaron a Yarmouth, en Inglaterra. Desde allí atravesaron el mar hasta Normandía. Al llegar allí, Ivar Englisson opinó que se debía continuar en barco desde la costa oeste, pero don Fernando, Thorleif el Furioso y algunos otros, que llevaban consigo embajadas para el rey de Francia, prefirieron el viaje por el interior, para visitarlo. Ganaron los segundos, y desembarcaron. Compraron más de setenta caballos, además de los que ya tenían. Thorleif el Furioso y don Fernando mantuvieron una audiencia con el rey de Francia, que los acogió con todos los honores.
Es más, cuando supo que la princesa los acompañaba, les sugirió que abandonaran la idea de atravesar la Gascuña y que viajaran a través de su reino, porque él les otorgaría su carta y su sello. Además, les proporcionó un guía que los llevara hasta Narbona, en el Mediterráneo Mar de Jerusalén. Y, como señor que era de todas sus tierras, los honró y les dio cobijo.
La navegación entre Bergen y Yarmouth careció de problemas, y nos malacostumbró para lo sucesivo: durante el día, las costureras hilvanaban sus agujas sin problemas en los camarotes comunes y retiraban las planchas de madera del mío, de manera que se convertía en un gran salón. Yo jugaba con Ivar partidas al ajedrez de eternas combinaciones, sin que un sobresalto arrojara el peón sobre el tablero. El mar apenas se movía.
Don Fernando, en cambio, se encerraba en su gran aposento con los paneles bien encajados, bebía vino con jengibre, tomaba manzanas machacadas y se arrojaba al suelo con la menor marejada.
– ¡Que el Cielo tenga piedad de mí! -se lamentaba-. ¡Que la Santísima Madre de Dios me ampare!
Daba lástima presenciar el sufrimiento de un caballero cumplido como era éste; pero al cabo de algunos días, tras haber recitado todo el santoral y habernos sobresaltado de noche y de mañana, se mostraba tan exigente, tan impertinente y lloroso que toda compasión desapareció en seguida.
– ¡Voy a morir, voy a morir en este barco, y en lugar de en tierra bendita me arrojarán al mar, para que me coman los peces!
– Peces o gusanos que alimentan a los peces -decían mis caballeros en noruego, hartos de él-. ¿Qué diferencia hay?
Para la navegación contábamos con mapas recién trazados, y de buenos marinos. Para tierra firme, confiábamos en la memoria y saber hacer de los guías. Gran parte del tiempo dedicado a los preparativos del viaje se nos había ido en obtener los salvoconductos de ordinaria administración. Contábamos con que, al viajar con señores de alcurnia, se nos ahorraran parte de las incomodidades.
Don Fernando importunaba a mis mujeres y les suplicaba que lo cuidaran de tan malos modos que ninguna accedía.
– Princesa, hay que elegir: o cosemos, o cuidamos al noble español. No necesita compañía, necesita una nodriza.
Hijas de las olas y el mar, no comprendíamos que el señor de tierra adentro se mareara. Jóvenes, escapaba a nuestro entendimiento el que aquel viaje fuera algo salvo una aventura, lejos de los padres, tan amados pero tan insidiosos, y del peso de la realidad, que cargaba nuestros hombros con pesos invisibles. Y si algo estropeó nuestra plácida travesía marítima, fueron las quejas de este hombre calvo, solemne y poderoso, al que sus pares rehuían, tan incómodos sobre la mar como él pero algo más dignos, mientras buscaban la compañía de mis caballeros noruegos, algo avergonzados por el comportamiento de don Fernando.
En Inglaterra se serenó un poco. Conocía bien Yarmouth, y desde el día anterior a arribar se encontró en condiciones de comer algo y de retenerlo en su débil estómago. Cuando desembarcamos dirigió con mano segura los trámites que debían llevarse a cabo, y aconsejó con buen tino a mis hombres sobre los gastos y las compras que debían realizarse. En todas partes conocía a alguien, y en todos los lugares encontraba amigos.
La escala en Inglaterra marcaba el momento de aprovisionarnos de viandas: necesitábamos carne de vaca para los halcones enjaulados, que rechazaban la que les dábamos porque olían la podredumbre, y conejos y ratas para los gatos que llevábamos con nosotros. Los embajadores españoles insistían en que nuestra raza de gatos, bondadosos, de gran talla, peludos y juguetones, se desconocía en Castilla, y que serían un buen obsequio. Preferían la carne al pescado, aunque no hacían ascos a un pez aún vivo, recién capturado, con el que jugaban con la inocencia de los que no poseen alma.
De vez en cuando, un alarido rasgaba la tranquilidad del barco.
– Loado sea Dios -decía Ivar, y se levantaba para ir a consolar a la atribulada costurera, a la que uno de los gatos, ronroneante, había obsequiado con una rata depositada a sus pies. Luego, con calma y una sonrisa en el rostro, regresaba a mi lado-. Esta vez ha sido el macho. No sé nunca qué hacer, si tranquilizar a la dama o premiar al gato, que no puede comprender por qué no aprecian su regalo. Y, por lo tanto, una mano acaricia la delicada muñeca de la mujer, y la otra, el lomo del gato, y los dos contentos.
– Los tres contentos, queréis decir.
Los gatos cazaban con tanta rapidez que al poco tiempo se encontraron sin comida. Debía ser el nuestro el único barco del mundo que carecía de ratas, y eso complacía a todos menos a los gatos.
Renovamos los pellejos de vino, los barriles de agua y revisamos la loza y los enseres. Aún sin desembarcar comimos ostras hasta hartarnos y bebimos una cerveza tibia y floja, propia de la zona, que ponía tristes a los marineros y les hacía cantar historias melancólicas sobre bacalaítos de las islas Lofoten que acababan en la olla y sobre las muchachas abandonadas en su hogar, que aguardarían en vano el regreso de un hombre.
– Basta ya, por favor -supliqué.
Continuaron.
– Basta, hemos dicho -dijo uno de los españoles.
Lodin amenazó con reventar la cabeza de quienes cantaban penas, pero eso sólo desembocó en un silencio lúgubre que resultaba más penoso que las palabras. Al final, una de las modistas inició una ristra alegre de canciones picantes a las que todos nos unimos sin demora. Al parecer, la cerveza inglesa potenciaba el humor, fuera el que fuera. Sólo bastaba con invocar el correcto.
Compramos también arcos y ballestas, las mejores del mundo, tensadas en secreto y probadas en las Cruzadas. Las que nos vendieron, contaban, habían sido requisadas al grupo de bandoleros de Robin i' the Hood, un conde de Nottingham que se había declarado en rebeldía. Arcos largos y cortos, de cuerdas sólidas y un manejo tan sencillo que yo misma podría haberlos disparado.