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– Pero -dije yo, de pronto, atando cabos- ese conde de Nottingham no puede ser el mismo Robin de las baladas.

– Así es, señora -me aclaró el dignatario inglés que nos recibió, John Henry, un barón enriquecido con el comercio de aduanas y que servía de comisario para supervisar los bienes que necesitábamos-, el mismo que nos hacer reír y llorar en las voces de los juglares no hace llorar y reír con sus fechorías y con sus armas. Pero se le acabó el reírse por una temporada, porque lo han atrapado a él y a todos los de su ralea, y se pudrirá en vida hasta que pueda pudrirse en muerte en las mazmorras reales.

Mi rostro debió delatar mi decepción, porque el digno inglés se apresuró a explicar que eso había escuchado, pero que de los rumores no debía fiarse nadie sensato.

– Cada año juran que han atrapado a Robin i' the Hood, y cada año burla las fuerzas que el sheriff les manda. De manera que no sería extraño que también en esta ocasión pudieran rearmarse -añadió, comprobando de reojo que los hombres cargaran los arcos y los apilaran adecuadamente.

– ¿Cuál es su delito? -preguntaron mis caballeros, que habían mostrado tanta desilusión como yo.

– Oh, infinitos, señores, infinitos. Todos ellos, todos los forajidos, cazan en los bosques reales, y no precisamente presas pequeñas. Se jactan de alimentarse de los corzos más tiernos y de los ciervos mejor cornados, y lo que sobran lo cortan y salan y trafican con ello en los páramos del norte. Se burlan de la Iglesia, porque roban y viven en pecado, pero protegen algunas de las abadías y de las ermitas mayores, que los albergan en sagrado y los protegen siempre. Sirven como escoltas de algunos de los nobles enemistados con la corona, y se dice que roban, por encargo de ellos, en las casonas nobles abandonadas o donde sólo quedan mujeres; y de la misma manera asaltan a los recaudadores de impuestos, con los que se ensañan cruelmente. Son guerreros temibles, curtidos en las Cruzadas, y que conocen técnicas de emboscada orientales en un terreno que conocen palmo a palmo. Nadie podrá detenerlos, a no ser que prendan fuego al bosque de Sherwood y los obliguen a salir de allí.

– Yo creía -dije- que Robin i' the Hood, como el buen rey Alfonso de Castilla, era devoto de la Santa Madre.

Me miró por un momento, sin comprender.

– El conde de Nottingham es un hereje maldecido que no ha pisado una iglesia en los últimos diez años. El anterior Robin sí lo fue, señora. El anterior entregaba el diezmo a la Iglesia, y otro tanto de lo robado a los pobres, y se lo pagaron matándole a traición por mano de una abadesa malvada, que con una sangría suelta lo dejó seco y frío como a un cerdo. Las baladas que habréis escuchado se referirán a él. Pero vivimos en una edad de hierro, dulce dama, una edad de hierro, y los hombres que nacemos en ella no somos en nada diferentes a los animales, que ni creen ni rezan ni honran a Dios.

– Entonces, ¿cuántos Robin i' the Hood ha habido?

El emisario se echó a reír, firmó con su sello la entrega de armas y meneó la cabeza.

– Tantos como reyes, buen amigo. Tantos como reyes, y los seguirá habiendo hasta que no haya reyes en Inglaterra, Dios no lo quiera. Venid, no expongáis a la princesa y a sus delicadas damas a los olores infectos del puerto. He preparado una cena fría para vuestra comitiva, nada de protocolo, dos entremeses y un poco de fiambre, pero será un orgullo para mí que los vuestros me honréis en mi casa.

Aceptamos de buen grado, y pronto, envuelta en telas rígidas como las cuadernas, enceradas y que no permitían pasar una gota de rocío ni una brizna de viento, me trasladaron a la casa de John Henry. Nos había mentido: una chimenea chisporroteaba como una muchacha bonita, su familia y su servidumbre al completo nos esperaba, y varios platos de sopa, de carnero humeante y de bacalao en salsa se disponían en el centro de la mesa, tal y como era su costumbre.

– Mi mujer -señaló con displicencia- debió considerar insuficiente el fiambre. Tanto mejor para mí. No os forjéis la absurda idea de que un barón venido a menos cena así todos los días.

Don Fernando, en posesión de su antiguo y diminuto ser, recibió los honores de la casa y los agradeció en consecuencia. Hablamos de temas banales y cortesanos, y también de mis nupcias y de los nobles infantes entre los que me era dado elegir.

– Aymé -dijo John Henry-, que os veréis privada del mejor.

Me habló del infante de Castilla que él conocía, de don Enrique; durante algunos años se había refugiado del destierro en Londres, porque la reina inglesa era su medio hermana.

– Como a las tormentas, nada le domina -me contó el emisario inglés, que se mostró con un trato más cordial de lo que en un principio parecía, como me habían advertido que ocurría en su país-, y poco pueden competir con él en nobleza y en inteligencia. Haríais bien en elegirle, si para entonces se ha reconciliado con don Alfonso, porque desde hace años no se hablan ni se tratan, pero los rumores indican que tal vez eso cambie pronto.

Don Fernando guardó silencio, pero en su gesto mohíno pudo leerse que no le agradaban las palabras del inglés.

– ¿Por qué le desterró su hermano? -pregunté-. Muy duro ha sido el castigo, y no sé si resulta adecuado a la falta o no.

– Los poderosos no se equivocan. Sólo, cuando las circunstancias cambian, rectifican. El rey de Castilla mantiene una exquisita observancia del honor, que puede resultar incomprensible en otros países.

– Pero ¿qué hizo?

– Enamorarse de su madrastra -dijo el inglés.

– Rebelarse contra su señor -contestó, al mismo tiempo, el español.

Ivar me hizo una seña. La situación podía convertirse en un conflicto diplomático en el que no debíamos tomar parte.

– Desconozco muchos de los usos de mi nuevo país -dije-, y con ellos vendrá un mayor conocimiento de su historia y de sus circunstancias.

– Señora, si una pizca de sabiduría reduce, como es habitual en las mujeres, una pizca de vuestra belleza, la pérdida sería tan sensible que os preferimos ignorante y hermosa -dijo John Henry-. En cuanto a la elección, que es una tarea que vuestro sexo ha llevado a cabo con peligro para el hombre desde Eva, no dudo de que vuestros padres y deudos os habrán aconsejado que elijáis según los intereses que convienen a vuestro país.

– La elección corresponde únicamente a la princesa -dijo don Fernando-, y si lo desea, le daremos informes de don Enrique. Pero lo que se comenta en Londres del perdón real parece más bien un rumor en el que el propio infante es el primer interesado: en Toledo no se piensa en que el infante regrese, ni se cuenta con él en partición ni empresa alguna.

El embajador inglés calló y se mostró tan mustio como el español. Finalizamos los platos y trajeron los confites sin que ninguno de los dos lograra remontar la conversación. Parecían dos muchachos enfrascados en una carrera de caracoles, ambos aburridos y defraudados por algo que, en un inicio, se les había antojado emocionante.

Con las bodegas cargadas y los gatos, ahítos de pájaros, tumbados en sus rincones con el vientre redondeado, llegó el momento de partir a Francia y de la renovada agonía de don Fernando. Entonces, de nuevo encerrado en su cuarto frente al mío, vomitaba, gemía y juraba, mientras los peones de Ivar caían uno a uno y mis damas finalizaban el intrincado manto de mi nuevo señor.

Arribamos a Francia en un día terrible, de viento oeste, con las nubes arremolinadas sobre un horizonte difuso. A gritos, mis hombres discutían: don Fernando reconocía su estómago débil y el poco uso que le darían a su fuerza si, al continuar por mar hasta Vizcaya, los piratas daban con el navío. Ivar Englisson era de otra idea: