– El tiempo se abreviaría, los gastos disminuyen por mar, y yo soy el responsable de presentar las cuentas al rey Haakon. Lamento en mi alma los malestares que afectan al embajador español; pero mi misión y mis órdenes son otras.
Thorleif el Furioso, no obstante, apoyaba a don Fernando.
– La amenaza de los piratas no ha de despreciarse. ¿Quién desea ser responsable del error, si capturan el barco, y a la princesa y sus tesoros con él? Por tierra, al menos, contaremos con escolta y protección. Además, de nada serviría el viaje de la princesa si no nos permite saludar a los reyes y arzobispos de la zona.
Amund era de la misma idea.
– Me disgustan los viajes rápidos. Por tierra, es mi voto.
Yo no sabía qué decir. Me parecía bien lo que ellos decidiesen.
En consecuencia, los caballeros principales se reunieron con los franceses, a los que por orden del rey indicaron nuestro destino, y despacharon tres o cuatro temas pendientes que, de manera no oficial, Ivar y Lodin el Velloso portaban al monarca de Francia.
Fuimos invitados a la corte de París, y nos dirigimos hacia allí con el despliegue de honores y seguridad que consideraron oportunos. Durante los primeros días, al pisar tierra firme, nuestras rodillas vacilaban, aún añorando el vaivén del mar. Cuando pensaba en mi encuentro con el rey Luis de Francia yo también flaqueaba. Nunca en mi vida me había enfrentado en soledad a la audiencia con un rey, y el primero de ellos se acompañaba de tanta pompa, de tanto poder, que encontraba insuficiente mi educación, mis ropajes, mi acompañamiento.
Además, mientras el barco nos cobijaba pudimos soslayar sin peligro los roces de nuestro carácter. Para que esa nave se mantuviera a flote, cada cual debía desempeñar su papel, y quien no lo tuviera debía aprender a no estorbar. Por lo tanto, pese al escaso espacio, las tareas se distribuían con claridad y se llevaban a cabo con disciplina, y más nos valía mantener la sonrisa clara, porque no había dónde refugiarse.
En tierra, en cambio, cada cual regresaba a sus defectos, y las disputas menudeaban. De la nada, las disputas entre costureras estallaban a gritos, y había que separarlas por la fuerza.
– Te mataré -se decían, con los ojos entrecerrados por el odio, cuando hasta entonces habían sido como hermanas, y a fe mía que lo hubieran hecho si no las hubiéramos retenido.
– Yo os mandaré matar -siseaba yo- si este escándalo se repite. Carecéis de honor, todas vosotras.
A mis espaldas se hacían gestos amenazadores. Y cuando éstas se amigaban, otras encontraban motivos para guerrear por un dedal, unas puntadas mal dadas o las miradas de uno de los hombres.
Se hicieron evidentes las carencias en las que, desde Bergen, nadie había reparado. Hubo que comprar una tienda lujosa que me diera acomodo en las jornadas en las que no encontrábamos posada o no resultaba adecuada, y otras para la comitiva. Liberamos a los halcones, que volaban amarrados a sus portes, y encerramos a los gatos, que hubieran escapado, curiosos.
Habíamos calculado el coste de la manutención, pero no en moneda francesa, que cobraba por todo cuatro veces más que la noruega. Las monturas facilitaban mucho el tránsito, pero exigían también atención y marcaban su paso más que mis caprichos.
Francia ofrecía bellos paisajes cubiertos de hierba y de los árboles más frondosos, pero ciudadanos hostiles y mal encarados, poco hospitalarios. Los posaderos se comportaban como ricos hombres, y no parecía sino que nos hicieran un favor al hospedarnos. La comida y el vino corriente se pagaban como si fueran manjares, y en muchas ocasiones fingían no entender lo que les decíamos, por más que la voz fuera clara y las palabras correctas.
– Estas son gente de campo -decía don Fernando-, pero nos resarciremos cuando lleguemos a París.
Sin embargo, yo no vi París. Ni sus hermosas calles con empedrados que avergonzarían a la Roma Imperial, ni los tan aclamados jardines, ni las iglesias de tanta fama. Acampamos en las afueras, en la margen derecha del río Louvre, porque el permiso que nos otorgaron no nos admitía intramuros ni ofrecía garantía para las mujeres.
Su Graciosa Majestad no dispuso de tiempo para verme. Despachó con mis embajadores, que lograron el salvoconducto para acceder a su palacio, en apenas una hora, dispuso un par de cartas de garantías y regresó a su timorata vida. Luis IX, que ahora goza, cada vez más, de reputación de santidad, no quiso recibir ni dar consuelo a una princesa perdida, en su lento caminar hacia la muerte.
Debiera haberlo hecho. Él, como hijo de infanta castellana, conocía las costumbres áridas de la corte a la que me dirigía, y sus consejos me hubieran resultado preciosos. Nada me importa que cada viernes compartiera su mesa con leprosos, ni que como humillación lavara los pies de los mendigos que acudían a su palacio. Nada me importa su fama como cruzado. Esos excesos, impropios de un rey, no son sino demostraciones ostentosas de piedad, o argucias militares para conquistar reinos paganos.
No, la piedad se encuentra en otro lugar: en una mirada alentadora, en una argucia compartida, en una frase que alivie un corazón inquieto, o sufriente. Y ésa le faltó al rey francés. Dios se lo haga pagar.
Quizás sean mis palabras duras: no podía entonces el rey saber de mis sufrimientos de hoy. Pero, entonces, ¿qué santo es? ¿Qué divinidad encarna? Los tocados por Dios son muy sabios, muy excelsos. Luis IX de Francia y su contrato de no agresión con mi padre no se asomaron a mi barco agrio de vómitos y pieles, ni a mi tienda de campaña, más civilizada y honrosa, para darme una bendición de compromiso u ofrecerme una cena en mi honor. Francia es tierra de tránsito, y una mujer destinada a un infante no le resultaba ninguna novedad. Mi orgullo sufrió aquellos días, porque estaba acostumbrada a ser mostrada en sociedad, y no a que se me rehuyera como una mercancía maloliente.
Mis hombres, en cambio, se mostraban satisfechos, con el pecho transido de emoción.
– Es, en verdad, un hombre santo. Con qué dignidad, con qué suave voz ha preguntado por nuestros planes.
– Con razón -decía Lodin-. Debió habernos hospedado al menos una noche, y gastar así con nosotros lo que se ahorraba en espías.
– ¿Y qué pretendíais? -dijo, casi sin aliento por la cólera, don Fernando-. ¿Engañar a uno de los más nobles reyes?
– Podríamos haber mantenido alguna ambigüedad respecto a nuestro propósito.
– El conoce su país. Nosotros, no.
– Él conoce ahora, además, nuestras intenciones. Nosotros, no.
– ¿Preferirías arriesgar a vuestra princesa frente a los piratas, antes que fiaros de los salvoconductos del rey?
– Arriesgaría hoy mismo vuestro estómago frente a las olas del mar, antes que revelar mi trayecto a un rey como éste.
Con la tierra firme llegaba el barro, y con el barro los caminos y las calles, los pueblos diminutos y asombrados y las ciudades llenas de orines, de festejos y de ocultas maravillas. Se cerraban las puertas de las murallas al anochecer y dentro comenzaba la fiesta. A veces, en honor a un santo o una virgen. A veces porque sí, porque la vida era corta y difícil, y los ánimos, muchos. Vadeábamos ríos y nos hospedábamos en monasterios que nos entregaban poco y esperaban mucho. Yo contaba por las noches mi tesoro de plata quemada y me preguntaba si bastaría para que los nobles castellanos parpadearan.
Había que retomar, además, costumbres olvidadas. Los colchones debían renovar su paja o sus plumas en menos tiempo del que tarda en decirse, y era necesario que la ropa se oreara en sus arcones, o corríamos el riesgo de que la polilla o el moho nos dejaran sin ella. Si la navegación prohibía el fuego, y a veces en el barco tiritábamos y hubiéramos entregado nuestra alma por una hoguera, por un brasero, el invierno en el continente exigía que para mantener esas anheladas fogatas buscaran leña para las noches, muy a pesar de aquellos a los que tal tarea se encomendaba. Había que espulgar a los animales y ahumar las vestiduras.