Nos hicimos en nuestro devenir por Francia con las bestias que nos llevarían hasta Castilla y con los sirvientes que cumplirían con ello. Cada carro contaba con su carrero, con un perro guardián que sólo obedecía sus órdenes, con dos corceles de recambio y un mozo de cuadra. Descargamos el tesoro que me pertenecía y añadimos, de paso, algún presente más. Un carro, que hacía las veces de capilla, portaba los sacros objetos con los que me recibiría la Iglesia castellana, con los cálices de altar y los libros sagrados. Otro portaba las viandas, otro más la cerveza suave que habíamos adquirido en Yarmouth y que, habiendo sobrevivido al viaje, guardábamos como presente para el rey.
Mi ropa, muy lejos de las cincuenta mudas que se me suponían, continuaba elaborándose por el camino. En Francia adquirimos sarga, bayeta y piedras preciosas del lugar. Las modistas apenas me dirigían la palabra, llenas de ira, porque nada de lo que hacían recibía mi aprobación, y también porque reprimía con mano dura sus quejas o sus peleas. Recamaban velos e hilaban con poca gana, absortas ellas mismas en el viaje, y menos en sus deberes. Sólo las lavanderas, ociosas hasta entonces, me aborrecían más que las modistas. Pero ¿qué podía hacer? Aunque se quedaran una jornada por detrás, de continuo necesitábamos ropa limpia. Éramos muchos, y los caminos rebosaban barro.
Si mientras navegábamos nos habíamos visto desasistidas en nuestra fe, al llegar a Francia, con el carro-capi11a, recuperamos los buenos hábitos. Cada mañana iniciábamos la marcha al alba. Al amanecer escuchábamos misa. Rompíamos el ayuno con un pedazo de pan y un sorbo de vino o cerveza, e iniciábamos el viaje.
– Hay problemas con los turnos de nuevo, señora.
– Ivar, no me digáis eso.
– Entonces, no os hablaré. Pero de nuevo hay problemas con las muchachas que han de mantener los turnos.
Y yo, fuera la hora que fuera, me levantaba y, en traje completo o en camisa, solventaba el conflicto que hubiera surgido entre mis estúpidas siervas, que se escapaban o chantajeaban a los vigías, o se dormían antes de que el fuego, ese preciado animal, avisara con sus brasas de que era necesario renovarlo.
Antes del mediodía, que era frío y llegaba tarde en esas épocas, nos deteníamos para el almuerzo. Nos lavábamos entonces, y las hogueras calentaban el agua para ello. Se cocinaba lo que se había comprado el día anterior para una comitiva de cien personas: ternera y vaca, congrio, rodaballo, pichones y algunos capones, bacalao, ganso, y si los caballeros habían sido afortunados, caza. Llevábamos a menudo corzos para que maduraran, o faisanes, hasta que sus plumas indicaran que era posible comerlos.
Y mucho antes del oscurecer debíamos haber tomado la resolución de dónde pernoctar. Los caballeros que abrían el paso llegaban para informarnos de qué nos aguardaba. Dormíamos entonces en un burgo o en un descampado, en un cuarto en el que antes soltábamos a nuestros gatitos para que dieran caza a ratones, lagartijas, moscas o sabandijas, o dormíamos en la tienda, estremecidas con el menor ruido, con el viento incansable, con las voces extranjeras.
Mi paso por Francia, la de los hermosos árboles, fue árido y solitario. En los carros, las dueñas marcaban con carbón y aguja mis iniciales sobre las sábanas recién cortadas de las piezas de hilo. Cada pueblo que nos veía partir sabía que era ésa la comitiva de la princesa del norte, porque así lo hacíamos notar. Los mastines rodeaban los carros, y las acémilas, que mostraban parte de sus tesoros a través de un minucioso despliegue de fardos, seguían tercamente sus malos instintos.
Como Ivar, yo hubiera preferido un viaje por mar. Solitario, cruel y sincero, el mismo mar que bañaba los pies de mi padre, el rey, en Bergen.
No he visto de nuevo el mar. Mi esposo me promete que me acercará a su orilla cuando mejore, y mientras tanto me regala algunas conchas que esconden sus susurros. Si hago memoria, puedo sentir de nuevo el olor de algas, el chillido de recién nacido de las gaviotas ladronas, el brote constante del mar contra las rocas. Jamás había visto, hasta llegar a estas tierras, un olivo ni una higuera, árboles domesticados, con los brazos en cruz para mostrar su sumisión. Nuestros abetos, nuestros cedros crecen altos, y no se pueden domeñar. Pero también a ellos los alcanza el rayo, y el hacha, El dedo de Haakon.
Cuando abandonaron Francia llegaron a Cataluña, parte destacada del reino de Aragón, donde no pudieron recibirlos mejor. Si bien tuvieron que atravesar altas montañas y caminos difíciles, desde los cuales se veía el mar, la joven princesa resistió el viaje con la misma fuerza que en otros países había demostrado. Y su alegría aumentaba cuanto más se acercaba al reino que había de recibirla. Llegaron entonces a la ciudad de Gerona. En cuanto el conde que la regía supo de la llegada de Kristina, la recibió con un obispo a dos millas de la ciudad. Trescientos hombres, a pie y a caballo, le seguían. Cuando ella se aproximó a la ciudad, el conde mismo tomó de la brida al caballo y la condujo hasta el centro urbano. El obispo la siguió al otro flanco, y la escoltó.
Esa noche, en lugar de cerveza, me dieron vino, mucho más dulce que el que yo había probado hasta entonces, y me sumí en un amodorramiento delicioso. Don Fernando, muy ufano, se revistió de esa autoridad que le daba prestancia. El hombre perdido, enfermo y bajito en Inglaterra, algo nervioso y distante en Francia, desapareció, al mismo tiempo que yo me convertía en algo aún por definir. Si en Inglaterra aún se me dio tratamiento de princesa de Noruega, y en Francia, en cambio, no era sino una peregrina, ¿cómo debía comportarme en Aragón? El embajador se despojó de sus quejas y se empleó en mostrarme lo que nos traía cada milla.
– Mirad -indicaba-, mirad. Reparad en aquello, señora.
El paisaje era el más hermoso hasta entonces visto, pero yo lo atisbaba desde el carro de las modistas, y no a caballo. En el momento en el que crucé la Gascuña ya no cabalgaba, como los varones, salvo en contadas ocasiones. Se me destinaba un carro dorado, lujoso y cómodo, como una cama de enfermo, pero desesperantemente lento. Y aunque le interrogara, no me hablaba de los infantes ni del rey que pronto sería el mío.
– Os instruirán personas más ilustres que yo. Cuanto menos sepáis ahora, más sabréis entonces. Mirad. Observad.
– Una opinión al menos… ¿Por cuál sentís vos mayor querencia?
– Mirad qué montes…
Por bello que fuera el reino de Aragón, no era el mío. Recorríamos tierras donde siempre era octubre, por la suavidad del aire y la dulzura de la brisa. Las montañas nevadas que lo separaban de Francia, los valles verdes con lagos azules y turquesas parecían una copia para niños de aquellos en los que me crié. Ay, Noruega, mis montes, mis lagos, mi mar eterno e indomable.
Pero si mi timorato corazón abrigaba alguna duda acerca del trato que se me daría, don Jaime, el rey, las espantó, como nuestros gatos a las moscas de las posadas. Con su barba blanca bien trenzada, vestido con lujo deslumbrante y en un garañón de incalculable precio, a la cabeza de su corte, me recibió como a un monarca extranjero.
– Doña Kristina, nunca se supo de una estrella que trajera el sol a una corte. Pero las leyes de la naturaleza están ahí para romperlas, y Dios debe amaros mucho para permitiros milagros semejantes.
Durante los primeros momentos, me comporté como una de mis costureras cortejadas. Luego fui capaz de salir del paso con un par de respuestas cortesanas, que quizás él no esperaba, o quizás sí, pero que le hicieron sonreír y mirarme con aprobación.
– Buen carruaje os lleva, señora, pero la belleza de una dama sólo se aprecia si se observa a lomos de un caballo que se le asemeje. Quizás éste -dijo, señalando al magnífico ejemplar negro que llevaba de la brida- no os parezca demasiado malo.
Tendí mi mano para que me ayudara a bajar de mi carro y aguardé a su lado hasta que ensillaron de la manera apropiada al garañón. Y así, a lomos del caballo del rey, salvamos la distancia de tres millas que nos separaba de Barcelona.