Y lo que había imaginado que me aguardaría en Francia, el lujo, la delicadeza, las divertidas conversaciones de amor cortés que hablaban de una sociedad sofisticada, la que me habían transmitido sus poemas y canciones, lo encontré en Aragón. Un reino del que apenas había escuchado hablar, porque su rey era anciano y sus conquistas no nos favorecían, un reino de retama, tomillo, ríos bravos y gente aún más brava.
Con honores parecidos, según se corría la voz, fue recibida en todos los lugares. Cuando se dirigía a Barcelona, el rey Jaime I de Aragón salió a su encuentro con tres obispos y un enorme ejército, y tres millas antes de que llegara la recibió y la llevó en su caballo hasta la ciudad. Durante dos días no los dejó marchar, ni a ella ni a sus caballeros, y dio orden de que en su reino salieran a su encuentro y la honraran, tal y como él había hecho.
– Don Jaime, señora, es un anciano… -intentaba decirme Ivar.
Qué extraños gestos de mi hermano detectaba en él, la manera brusca de girarse o de llamar la atención sobre algo. Habían compartido más intimidad que yo con él, más horas de las que me fueron permitidas pasar a su lado. Llevaba el cabello cortado a la manera de mi Haakon. El preferido entre mis damas era Lodin. Yo, en mi fuero interno, prefería a Ivar.
– Don Jaime, señora…
Banquetes, montañas, señores y siervos, una faltriquera nueva que llevaba junto al seno y una muía, un caballo, un carro a mi disposición. ¿Qué deseaba? Se me daba todo.
– Don Jaime…
Esa debilidad por el caballero Ivar, en caso de haberla demostrado más allá de las cárceles de mi corazón y mi pensamiento, no hubiera significado nada. Las costureras, entregadas a los soldados, quién sabe cuántas de ellas preñadas en el largo viaje, los dedos protegidos por el dedal, hilo torcido, escarlata cosida, paño inglés hilvanado; los centinelas españoles, incorruptibles, leales a su señor hasta la muerte; los marinos noruegos, prontos a velar por su princesa; don Fernando, calvo, de corta estatura y desmesurado orgullo. Todos, en fin, unos u otros, presenciaron cada encuentro entre el caballero Ivar y yo.
– Quien pueda alzar un dedo contra mi castidad, que lo haga.
– Señora… Señora, las habladurías…
Nadie podría ser más consciente de las habladurías y su alcance que yo. Por eso me las ingeniaba para que no sospecharan de mis auténticos pensamientos, ni siquiera de las miradas que de manera distraída pudiera dirigir a un caballero, o a su rival. Evitaba las murmuraciones y que se hablara de damas que no estuvieran presentes. Nadie hablaba de mí, ni siquiera yo. A veces, como ahora sigo haciendo, imaginaba las conversaciones ajenas, como una manera más de matar el tiempo. Relacionaba mi nombre de manera lasciva con cualquiera de los hombres que me rodeaban, e imaginaba mi encendida defensa frente al rey Alfonso, frente a mi padre o frente a un tribunal. Me veía a mí misma muriendo de amor por razones desconocidas, porque ninguno de los hombres que me acompañaban hubiera podido inspirarme, ni mucho menos, una pasión similar.
Pero a mi alrededor sólo encontraba silencio, aburrido, salvador silencio. Nunca di motivos para que alguien murmurara de mí.
Ivar había engendrado tres hijas a las que no podría legar su fortuna, porque las había logrado en una mujer indigna. No sabía por qué, ella le seducía una y otra vez. Malhumorada y ruin, pero también astuta y tentadora, le ataba por la cintura y lo llevaba al pecado. Según las leyes de Haakon no le seguía heredero, al no haber nacido un varón. No se había casado tampoco, de manera que su camino aún se extendía ante sus ojos, libre y joven.
Fui su hermana. Quien diga lo contrario miente, mentiría ante juicio de Dios. Pero ¿por qué nadie quiso llevarme ante esa autoridad? ¿Por qué nadie sospechó, al menos? Fui su hermana, sequé sus lágrimas como secó él las mías. Me aconsejaba y me advertía, porque por mi poca experiencia tendía, una y otra vez, a malinterpretar los hechos y los caracteres.
Nos convertimos en cómplices ante el embajador español. Sellamos juntos nuestro desprecio por el rey francés, jugamos incontables partidas de ajedrez, un arte en el que ambos despuntábamos. Algunas veces gané. Otras perdí, y aún otras me dejé ganar, porque así me había enseñado a hacerlo mi madre, para complacer la vanidad de los hombres.
Compartíamos idioma, edad y el amor por mi hermano. Entre los límites en los que una doncella y un hombre pueden encontrar el afecto, trazamos nosotros el nuestro. Ivar había nacido para el mando, controlaba voluntades y domaba con su voz y con sus bromas a animales y a niños, de la misma manera en la que yo había nacido para dar a luz herederos y torcía hilos entre mis dedos fríos.
– Don Jaime…
– Hablad, Ivar.
– Don Jaime es un hombre viejo de cuerpo nuevo, señora. Vos sois hermosa.
– Acabáramos, don Ivar.
Vacilaba, su cuerpo altísimo encogido por un instante. Yo le mantenía la mirada. Él arrojaba la cabeza hacia atrás, hablaba en voz más alta de lo normal.
– Vos sois hermosa, y una tentación para los ojos, pero a él le puede el instinto de acabar con el reino de Castilla. Lo ha codiciado siempre. Sed cauta, señora. No en vano se muestra con vos como lo hace. No es vuestra belleza lo que le retiene a su lado. Es el padre de doña Violante, es el abuelo de vuestros sobrinos, y sólo mira por sus intereses.
– ¿Y qué queréis que yo le haga? -Inclinaba el rostro sobre el hombro, coqueta, con un ademán aprendido de otras, porque nunca fui dada a esos juegos-. No puedo desairar al rey de Aragón.
Yo encontraba en aquel monarca canoso, encantador, la quilla de mi destino. Me regaló además dos moros músicos, para que me entretuvieran durante el resto de mi viaje. Sureño, seductor y cortés, me hablaba en un francés embriagador, y pese a los gestos desatinados de Ivar y las señas casi desesperadas de don Fernando, yo charlaba durante horas con el rey de Aragón.
– Señora -decía, mi manita entre sus enormes dedos-, por estas manos que han conquistado nuevos reinos, por esta fea cabezota que inclino ante vos, que es una lástima que ojos tan bellos y talle tan fino vayan a enterrarse en una corte tan lúgubre como la de Castilla. Os quemará el sol esa tez delicada. Quedaos en Aragón, doña Kristina, y os daré Mallorca como dote.
Yo me reía, algo desconcertada por la mezcolanza de latín, francés, español, y por el vino, que me calentaba las sienes dulcemente.
– ¿No tenéis suficientes hijos, don Jaime, que aún queréis una esposa nueva?
Él resopló.
– Al demonio mis hijos, mis hijas y quienes los han llevado a bautizar. Casaos conmigo y os haré señora de Montpellier. ¿No os dais cuenta de que si os casáis en Castilla ya no podré atacar esas tierras, porque me tenéis embrujado y no podría toleraros ningún daño? Por el bien de Aragón os lo pido.
– Observo que un hombre puede haber tenido suficientes hijos, pero nunca obtendrá suficientes tierras. ¿Por ventura ocultáis la intención de invadir Castilla? Qué gran deslealtad sería para con vuestra hija, la reina.
– Vamos, señora, soy viejo ya. Haced una obra de caridad y compadeceos de este anciano. Habéis hecho conmigo lo que el santo Francisco con el lobo de Gubbio.
Eran los reinos del sur tan amigos de contar relatos como nosotros, pero sus enseñanzas eran otras, y su manera de narrar, muy distinta. No conocían a los trolls ni a los hombres de hielo, no sabían nada del árbol Yggdrasil, y llamaban Parcas a las Nornas. Nadie les había acercado las historias de Robin el Encapuchado, pero compartían las del Pobrecito, su lobo y sus alondras.
– Tendréis piedad de una ignorante doncella y me contaréis esa historia, buen rey.