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Ablanda el corazón con oro, me dijo el rey.

Entrega tu plata.

Tus pieles de princesa rústica, de pobre confusa del norte.

A los nobles aliados. A la Iglesia. A los reyes, a los parientes de los reyes hasta el tercer grado.

Oro. Plata. Sonrisas.

Sonrisas. Marfil. Oro.

Por el precio y la calidad de sus ofrendas a la Iglesia se había hecho tan querida y famosa la princesa, que nadie recordaba que una princesa extranjera hubiera sido acogida de tan buen grado y con tantos honores. A Noruega llegaban rumores de que nunca ningún rey había obtenido tanto favor como el de la princesa.

(«Esa hija -pensaría mi madre, que era rolliza y hermosa, sufriendo por mis clavículas descubiertas y mis caderas magras-. Quién la amará, delgada y extraña como es. Sin sábanas ni túnicas, mi hija pobre, mi hija indigna…»)

O quizás:

(«Esa hija, extraña y hosca, esa mujer mayor, virgen e inútil… Qué ocurrirá si no es de su agrado, si, como siempre, muestra un carácter rebelde que no pueda domeñar, una opinión propia que contraríe al rey. Cómo podremos aceptarla si la rechazan, qué será de su dote, cómo engañaremos sobre su edad…»)

Cuatro días después de Navidad abandonaron Burgos. El rey de Castilla les había mandado mensaje de que al cabo de cuatro días deseaba que la princesa se encontrara en el lugar en el que él moraba.

Aquella misma noche doña Berenguela, princesa real hermana de don Alfonso, le envió siete sillas de montar de dama, todas ellas de alto precio, y un dosel como el que ella misma empleaba a diario. Decían que ese mismo día el rey había salido de Palencia a su encuentro y que la había recibido como si de su hija se tratara. Nunca había ocurrido que a la hija de otro rey don Alfonso le llevara por la brida hasta el centro de la ciudad.

Acompañó el rey a la princesa el décimo día, y a Valladolid fueron. Con prelados, obispos, arzobispos, barones, caballeros y señores infieles, embajadores y deudos. El rey no permitía que nadie se fuera sin ser honrado, y nadie recordaba tanta magnificencia.

Había perdido la costumbre ya del frío, y los cuchillos de escarcha se me clavaban en las manos que sujetaban las riendas, porque había elegido unos guantes finos. La comitiva real venía a por mí, y a mi espalda, los noruegos aguardaban el encuentro con las mandíbulas apretadas y sus mejores galas. A mí me cubría el rostro un velo, y mi yegua nueva, a la que prefería por encima de la muía o del macho regalado por el rey Jaime, parecía también inquieta, bailarina sobre sus cascos finos.

Esa noche había soñado con mi madre. Con Cecilia, quizás, también. Me entregaba al sueño agotada, y cuando me despertaban por la mañana me parecía no haber dormido. Deseaba descansar semanas enteras, en un único lugar, que todo aquello hubiera ocurrido ya y recordarlo desde mi vejez, a salvo, recién sacudida de un sueño agradable.

Frente a mí se habían congregado gran número de castellanos, villanos y burgueses, que aguardaban presenciar la recepción del rey. Algunos se habían mantenido en ese lugar durante horas, con sus familias y sus alimentos y sus mantas gruesas, como si fueran de romería. Nosotros, con el sudor o el frío punteando la espina dorsal, esperábamos. Valladolid era una urbe inmensa, en la que habitaban veinticinco mil almas. Una ciudad monstruosa, llena de ruido, de gente, desbordada en su insensato tamaño.

Los sones anunciaron la proximidad de los monarcas. Como en Aragón (como en todas partes menos en la mezquina Francia), llegaba después de los primeros escoltas una procesión de antorchas, músicos con sus instrumentos y, al remate de una fila de doce caballeros y doce damas a caballo, costosamente guarnecidos, mi rey don Alfonso con doña Violante. Los pajes, vestidos con la enseña real, se acercaron a mí; el rey descabalgó y me dio la bienvenida.

En latín.

Yo murmuré unas palabras de agradecimiento. No sé si se escucharon. El pueblo gritaba mi nombre, el del rey, vitoreaban y cantaban al son de la música. Ivar se acercó a mí y me arrancó el velo y la toca, de manera que el pueblo pudiera verme el rostro con claridad y a su placer. Tras un instante de silencio, comenzaron de nuevo los gritos, esta vez entusiasmados.

Redoblaron sus alabanzas e intentaron acercarse a nosotros, aunque fuera su acción no más que un teatro, porque estábamos protegidos por los caballeros y ellos lo sabían, y por lo tanto no había sino un forcejeo falso, contenido sin esfuerzo.

– ¿Lo escucháis? Os alaban por hermosa -dijo el rey.

Entonces, Ivar hizo un gesto y yo me cubrí de nuevo. Habían arrojado algunas flores a los pies de los caballos, y otras se habían quedado prendidas en mis ropas. Entre el tumulto apenas atisbado se distribuían hogazas de pan y jarras de vino. Calculé de memoria el desorbitado gasto. ¡Veinticinco mil almas, más las llegadas de otros lugares para el festejo!

El pueblo participaba de la alegría real. El rey tomó la brida de mi caballo, y así caminamos hasta el palacio donde nos hospedábamos. Habían preparado una gran cena, aunque no eran sino las cuatro de la tarde y todavía el sol se encontraba muy alto en el cielo, algo imposible en Noruega.

Por debajo de mis velos pude ver que era don Alfonso apuesto, con rubia barba y constitución sanguínea, como la reina, su esposa, que a su vera caminaba y mostraba, entre púrpuras imperiales, un vientre repleto. Doña Violante poseía un vigor extraño en los ojos, que indicaba que no abandonaba fácilmente una presa, y era muy bella, aunque tuviera el cuerpo deformado por el embarazo y las manos y el cuello hinchados. Me sentaron junto al rey, que, nuevamente, me dio la bienvenida y me besó, como era la costumbre castellana.

– Nos honra recibiros como hermana y saberos piadosa, bella e instruida.

Permanecí en silencio casi toda la noche, y apenas probé bocado. Aunque el viaje había finalizado, aún restaba mi particular elección. El viaje comenzaba, por lo tanto, allí. Miraba a unos y a otros, aturdida, como si soñara aquel momento, y como si no fuera tampoco la vez primera que soñaba con ello.

A efectos prácticos, era aquella cena la importante, y no la de mis esponsales. En mis gestos, según mis reacciones o miradas, juzgarían lo que sería dicho más tarde de mí. Sobre el suelo cubierto de ramas de pino y de retama los pies pateaban con estruendo cuando se me dedicaba un brindis, pero los ojos de muchos continuaban fríos.

Prefiero no hablar de ello. Me he obstinado tanto en ello que aquellos días transcurren en mi recuerdo apresurados y borrosos, cada acto superpuesto al otro, cada hora asesina de la anterior. Me miraban, y yo sonreía y besaba, recibía besos y escuchaba cómo se hablaba de mí sin reparo, con la aspereza de quien habla frente a un extranjero que no conoce la lengua y, por lo tanto, no merece la discreción de la crítica en voz baja.

Ahora hubiera sabido lo que rumoreaban. Muchos me encontraban hermosa, pero eso era algo que esperaba y que, de no ser así, hubiera supuesto una grave decepción. Otros comentaban acerca de mi séquito, o los modales mostrados en la acogida o la recepción. Los que más, especulaban sobre mi presencia allí. ¿Qué hacía, qué pretendía? ¿Quiénes podrían contar con mi apoyo?

La reina y los diplomáticos me hablaban en francés. Con las preguntas que el rey, en voz baja e íntima, me hizo, había quedado claro que apenas entendía el latín que ellos hablaban y que mi conocimiento de la lengua castellana era muy imperfecto. Sonrojada, me dirigí a él en un francés que me pareció, por comparación con el que hablaba doña Violante, oscuro. El rostro del rey no varió, pero los silencios se hicieron más largos.