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– ¿Os gustan las historias, señora?

– Mucho -asentí-; pero casi siempre he de contentarme con las que los cantores me dedican y con los poemas que narran.

– Así lo hacen, en general, las damas.

– En mi caso, sólo me queda la poesía para el disfrute, porque no sé escribir -dije.

El rey clavó en mí una mirada penetrante. La reina, sentada frente a nosotros, no perdía una palabra.

– Os complacerán, entonces, las historias de Calila y Dimna -añadió don Alfonso, después de una larga pausa-, que son deleitosas y propias para las damas.

Se volvió entonces hacia don Fernando, el embajador, y no me prestó más atención en el resto de la noche.

Hubiera deseado decirle que no se estilaba, en mi tierra, que las damas recibiéramos una educación basada en las tres y las cuatro normas, salvo que se nos destinara a la Iglesia. Que hablaba con corrección sueco, danés e islandés, inglés y francés. Que lo que en realidad había querido contarle era que no sabía escribir narraciones, pero que era una poeta bastante hábil, que una de mis ocupaciones con Riquilda y sus damas había sido versificar en islandés, al estilo de Snorri Sturlusson, y que las aventajaba a todas ellas, tras horas y horas de escuchar a nuestros poetas.

Fui tímida y callé. Miraba el fondo de mi plato y fingía entusiasmo ante las bailarinas que hacían acrobacias con bolas y bastones. Para Alfonso, que hablaba las lenguas peninsulares, más el provenzal, el árabe, el griego y el hebreo, que conocía de astrología y de leyes, ¿qué significaba el islandés?

Aquella cena se perpetuó hasta que la noche se volcó sobre los tejados y los hombres estuvieron tan borrachos que no resultaba digno que las damas lo presenciáramos. Entonces, evitando con gracia los restos del banquete que ensuciaban el suelo, la reina doña Violante me aferró de la mano y, sin detenerse por los caballeros que intentaban rozar la orla de su manto, me llevó a unos aposentos privados destinados a las damas. Como había hecho el rey, me besó en la frente, en los ojos y en la boca.

– Me estalla el pecho de alegría al encontrar una hermana, una cómplice. Doña Kristina, vos y yo no somos castellanas. Nuestro país y nuestro carácter brota como los manantiales, brusco pero insaciable.

Yo callaba, avergonzada ante los cuidados de aquella mujer.

– Gracias…

– Las que nos encontramos privadas de la familia y el afecto debemos ayudarnos entre nosotras. Yo seré vuestra amiga: podéis confiar en mí. Sabed que no creo nada de lo que se cuenta de vos, y que os protegeré siempre, siempre. No temáis nada. Me he sentido tan sola durante estos años… Seréis mi hermana.

Más tarde supe que la mujer silenciosa que se encontraba sentada a nuestra derecha, demasiado cohibida para acercarse a mí, era aquella hermana que tanto se lamentaba por no encontrar: Constanza de Aragón, ignorada por todos, despreciada por la mayoría. El ángel en la tierra de su padre don Jaime. Sonrió con timidez y asintió a las palabras de la reina. Nunca la vi hacer otra cosa salvo ceder, ni esbozó jamás un pensamiento propio.

– Y, respecto a la elección, que nada os inquiete. Elegiréis bien, con la ayuda de Dios. No, no me preguntéis, que no me sonsacaréis nada. Bastará con una mirada y escogeréis, estoy convencida de ello. Al mejor, a mi predilecto. No parecéis necia ni lenta de entendimiento, y sabréis pronto lo que os conviene. Pero ¡qué ojos, y qué tez, y qué talle! Tendréis que darme remedios del norte para conservar el cabello tan fuerte y rubio. A mí, con las preñeces, se me está quedando en nada -suspiró, llevándose la mano a su espléndida mata de pelo, visible a través del velo.

Con un gesto, indicó a dos esclavas moras que acercaran un brasero y se reclinó en uno de los asientos. La descalzaron y sumergieron sus pies enrojecidos en una tinaja con una tisana que olía a verbena.

– Imagino que traeréis vuestras propias damas…

– Carezco de damas. Mis padres no las consideraron necesarias.

– ¿No? Qué extraño. En este reino se acostumbra que las infantas mantengan a su lado esclavas, criadas y damas de compañía. Yo os buscaré algunas. Doña Juana, de la casa de Castro, es virtuosa y muy buena, pero tan aburrida… ¡Doña Mayor puede servir para esa tarea! Quizás os conviniera doña Inés, la hija de González Girón. Nobilísima, su padre fue mayordomo mayor de mi suegro, y muy linda. Pero no nos ocupemos de eso ahora. Sé que habéis visto a mi padre y que fuisteis de su agrado. ¿Qué cuenta el viejo lobo? ¿Podéis creer que me tiene abandonada aquí, en Castilla, sin mandarme llamar, ni visitarme, ni apenas enviarme noticias? Si no fuera por mi insistencia, no sabría nada del reino en el que me crié. Llévate eso -dijo, sin pausa, a una esclava que le acercaba una copa-. Pero ¡qué alegría teneros entre nosotros, y qué impresión han creado vuestros regalos en la corte! Doña Berenguela me ha hablado de una capichuela de armiño que traéis, y que es cosa de ver. Claro, que no creo que me la destinéis a mí.

– Es vuestra -dije, mientras aceptaba, a mi vez, un poco más de vino.

– No, no, de ninguna manera -pareció vacilar-. Aunque, bien pensado, no os he de desairar si tenéis el capricho de regalármela. He visto también el manto que bordasteis para el rey mi señor. Muy hermoso, muy hermoso, una obra de arte… Cierto que no es el estilo de la corte el llevar tantas perlas… Hace años que esa moda ya pasó, pero por supuesto, vos no teníais manera de adivinarlo. Aun así, no me cabe duda de que Su Majestad apreciará el detalle. ¿Qué es esto? -preguntó, señalando el relicario de coral que mi madre me había regalado y que siempre llevaba conmigo.

– Un relicario.

– Qué forma más curiosa.

– Es de coral… para alertar del veneno.

Doña Violante se incorporó y chapoteó un poco en el agua.

– No puedo creerme que aún creáis en esos atrasos… Encomendaos a María Santísima y libraos de esas supersticiones. ¡Venenos en la corte de Castilla! ¿Por quién nos tomáis? ¡Ay! -suspiró-. Me temo que habremos de instruiros en casi todo.

Yo, aturdida por los giros de su pensamiento, no sabía qué decir.

– No coméis casi nada, doña Cristina -espetó, de pronto-. ¿Cómo queréis presumir de colores si no os alimentáis? Pero aquí os daremos bien de comer. -Lanzó una mirada de soslayo a doña Constanza, que, al igual que yo, era de miembros menudos-. A mal que lo hagáis, os aprovechará mejor que a doña Constanza. Ya me han contado que apenas traéis vestidos. Me resultó chocante, con todo el tiempo que vuestro padre se demoró en casaros. Pero que no os enoje eso, que ya hablaremos de los ropajes cuando las fiestas hayan pasado, y quizás os encontréis entonces con alguna sorpresa. Y ahora dejadme todas. Tengo tanto sueño que si no os vais me quedaré dormida mientras hablo.

Nos despidió con la mano, sonriente, y cuando abandonamos el cuarto doña Constanza se detuvo un momento a mi lado. También esperaba otro hijo.

Yo la miré con desconsuelo. El manto, aquel manto por el que dos docenas de costureras me habían seguido en el largo viaje, había perdido su valor en una frase de la reina. No podía expresar mi desencanto, pero sentía que las sienes me latían, y si no me hubiera contenido hubiera entrado de nuevo en los aposentos para abofetear a aquella absurda parlanchina.

– Ya os acostumbraréis…, siempre es así. Está llena de vida.

Con paso lento, entorpecida por unos pies que no recibirían ni mimos ni cuidados ni el baño cuidadoso de las siervas, me guió hasta mi cuarto.

– Y el rey siempre parece algo severo, porque así lo requiere su cargo; pero nadie se va de su lado sin que le acompañen generosas mercedes. Hemos llegado, señora.

– Dios os bendiga, doña Constanza.

– Que él os guarde, doña Kristina.

Y, sin criadas ni camareras que me ayudaran a desvestirme, lejos de todos los que me habían sido fieles en mi país y en otros, me dispuse para dormir en mi primera noche en la corte castellana.