– Bonita como una mañana de mayo -dijo, y no pude evitar un pensamiento: Pero ahora estamos en abril…-. Que viváis toda la felicidad que yo os deseo.
Clavó la primera peineta y me llevé la mano a la cabeza. Los dientes de la joya, agudos como alfileres, me habían arañado la piel. Doña Inés se deshizo en excusas.
– ¡Ay de mí, doña Cristina, qué torpe y qué indigna soy! Vuestro pelo es distinto al de las castellanas, y también lo habéis dispuesto de diferente manera. ¡Válgame el cielo, si os he hecho sangre!
Era la primera vez que las usaba, y aún ahora no comprendo cómo pueden las mujeres soportar estos instrumentos de tortura; pero la vanidad de mantener el cabello alto y lustroso bajo las tocas es más fuerte que el sufrimiento y, pese al resto de los pinchazos y puyas que seguirían, aún hoy las uso. Doña Juana le quitó importancia a lo sucedido.
– Una gota de sangre sobre vuestro velo de novia… Eso es un buen presagio.
Bajé las escaleras de la misma manera lenta y solemne que había ensayado. Al pie de la escalinata me esperaban los noruegos que me habían escoltado, los encargados de entregarme. En el mismo salón en el que se había celebrado el banquete a mi llegada, pero en esta ocasión cubierto de flores y de ramas verdes, di mi consentimiento al matrimonio. Los emisarios de mi padre depositaron ante el infante Felipe y el rey dos documentos, con los que les hacía saber qué bienes me acompañaban y se los donaba, aunque yo tuviera derecho de uso y disfrute de ellos mientras viviera.
Todos los noruegos (el padre Simón, el timorato dominico, Peter de Hammar, a quien nunca conocí bien, Lodin el Velloso e Ivar Englisson, mi buen amigo, Thorleif el Furioso y Amund Haraldsson) desfilaron ante mí y me dijeron adiós. Cada uno de ellos se arrodillaba y me pedía la mano. Mientras me la besaba, yo le bendecía. Durante un instante posaba mi mano en su hombro y hacía sobre su cabeza la señal de la cruz. Luego regresaron a su lugar en el salón, oscuros y en silencio. No hubiera sido adecuado mostrar alegría por perder a una princesa de su sangre.
Entonces, el rey Alfonso le entregó un anillo al infante, y el infante me lo puso en el dedo índice. Lo pasó luego al dedo medio y, por último, lo colocó en el anular; me protegía así de las acechanzas del mundo, el demonio y la carne. Era la primera vez, desde que le había elegido, que me tomaba de nuevo la mano, y las suyas, que parecían delicadas, rozaron la piel de mis palmas, y las sentí ásperas. Recordé entonces que cazaba, que no se deslizaba su vida únicamente entre libros y rezos. Las mías temblaban un poco, muy a mi pesar, aunque para atenuar mi inquietud evitaba fijar en él la vista: era una figura vestida de grana a mi lado, desdibujada. Ya habría tiempo de mirarnos durante el resto de nuestra vida.
Entonces nos dirigimos a la colegiata de Santa María la Mayor, que mi suegro, el rey Santo, había mandado edificar, para que atendiéramos a la misa nupcial. Habían repartido alimentos de nuevo, y sin duda por eso gritaban a mi paso: la ciudad de Valladolid, como toda Castilla, pasaba hambre, y a mí se debía que en el mismo invierno recibieran hogazas y queso, y vino para brindar por la novia.
En la capilla el sol desaparecía, y en la oscuridad, salpicada de velas, mi marido continuaba siendo la misma sombra esquiva que se movía en el rabillo del ojo. Comulgué, oré de nuevo por mis muertos y por mi vida y repetí las mismas frases santas, consoladoras, que formulaban en estay otra tierra, en todas las iglesias del mundo.
Sólo en el banquete perdí el sabor a incienso que me había llenado la boca, y me pareció despertar. Me había casado, mi esposo era aquel hombre joven y fuerte que comía a mi derecha, que aceleraba mi corazón con una sola frase, y no un rey caduco o un guerrero enloquecido por la sangre. Aún demasiado cohibidos para mirarnos, compartíamos el mismo plato y la misma cuchara, y, de vez en cuando, sentía que su pie pisaba mi velo de encaje. Con suavidad, tiraba del tejido para librarlo de la presión. El rey nos bendijo, y se iniciaron los brindis en nuestro honor.
– Por la princesa -dijeron los noruegos.
– ¡Por la infanta! -gritaron los castellanos.
Yo apenas bebí, aunque mi ánimo me inclinaba a ello. Con el estómago vacío, temía que el vino me sentara mal y retirarme mareada. Inquieta, hacía girar el anillo de bodas en mi dedo. Me quedaba muy grande.
– Nos dijeron que erais una mujer alta -dijo mi marido. Fue la única frase que cruzamos en el día de nuestra boda.
Luego a mí me condujeron a la cámara nupcial, donde me despojaron de las ropas y de las peinetas asesinas. El encaje, como me temía, se había rasgado y ensuciado. Tendría que repararlo. En el lecho, aguardé despierta hasta que doña Inés se deslizó hasta mi cabecera, silenciosa como un ratón, y me dijo que durmiera tranquila, que se habían llevado al infante Felipe, completamente ebrio, como casi todos los otros caballeros, a otra estancia.
– Otra noche será -añadió, con dulzura, y apagó el candil. Yo tardé aún en cerrar los ojos, con un puñado de angustia en el estómago y el insoportable silencio del cuarto, vacío sin las carreras de Bitte Litten, por toda compañía.
Entonces los noruegos se prepararon para el regreso: el obispo Peter, los hijos de Amund Haraldsson (Andreas y Peter) regresaron a Noruega. Ivar Englisson y Thorleifel Furioso partieron hacia Jerusalén. Ivar murió por el camino. Nadie supo de qué.
Me despedí de Ivar y de Thorleif la víspera de su viaje. Seguían ruta en una comitiva distinta: sin que supiera la razón, posiblemente la de indagar en las garantías dadas a mi padre en caso de que participáramos (participaran) en una Cruzada, se les mandaba a Tierra Santa.
– Por Dios Nuestro Hacedor -les supliqué-, no os vayáis tan pronto. No me dejéis sola. El resto de la comitiva partirá dentro de una semana. Aún no conozco las costumbres de este reino, aún no tengo un solo amigo…
– Señora -dijo Thorleif-, nuestro viaje ha terminado. Hemos cumplido con lo que se nos encomendó, y vos recibiréis aquí el respeto debido a una infanta de Castilla. Ya no os une nada a nosotros. Dios os guarde.
– Por favor…
Thorleif se alejó y aguardó a que su compañero le siguiera. Me dirigí a Ivar:
– Por favor, convencedle. Interceded por mí. Dos o tres semanas más no os supondrán una gran demora.
– Hemos de contar con el clima -dijo con suavidad- y con las lluvias de primavera, y ya ha pasado la Pasión del Señor. Nuestro tiempo para marchar es ahora.
– Pero -comenzaron a asomar a mis ojos las lágrimas- ¿qué voy a hacer sin vos? ¿Quién me aconsejará?
Él esbozó una sonrisa.
– Mis consejos no os han calado en demasiada profundidad. Os advertí de que ésta era una corte hostil. Seríais más feliz en la de Aragón, pero ahora es demasiado tarde. Os han casado con un buen galán. Aprovechadlo, ya que al viejo no lo quisisteis.
– Ése es un comentario cruel.
– Acostumbraos. Escucharéis muchos así de ahora en adelante.
Me senté, deshecha en sollozos. Él me contempló, con el semblante impávido.
– Hay algo por lo que debí daros las gracias hace mucho tiempo, pero el pudor me lo impidió.
Intrigada, busqué su mirada.
– Es un favor antiguo, de la época en la que vuestro hermano, el rey, vivía. Yo era más joven, y pensaba menos las cosas, y por eso mismo era más feliz: luchaba si me lo pedían, comía cuando era el momento y bebía siempre que podía. Entonces, mi regimiento llegó a Bergen, nos instalamos en el palacio y desde el patio vi a varias doncellas en las ventanas. Haakon me mostró a su esposa. La aborrecía con todo su ser, pero era hermosa y de cuerpo ligero, y las noches se le hacían más breves que los días. Junto a ella contemplé por primera vez a una mujer que me robó el aliento.
Intenté interrumpirle, pero no me dejó.