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– Callad. Durante meses perseguí a esa muchacha, sabedor de que mi corazón no sería más que una piedra si no me amaba. Aunque ella ni siquiera reparaba en mi existencia, la ilusión de verla de nuevo al día siguiente me estremecía. Todo lo que cuentan los poetas se convirtió en verdad. Me hubiera gustado iniciar una guerra sólo por ella, o batirme en duelo para demostrarle que mi vida no valía nada si ella lo decidía así. Yo no era ingenuo, tenía ya dos hijos con la otra, pero aquello no se parecía a nada de lo que había experimentado. Sentía celos de lo que la rodeaba, de las mismas dueñas que se sentaban y se reían con ella. Pero ella no me miraba…

Recordaba con precisión el regreso del que hablaba, y aparecían en mi memoria los encuentros en los corredores con Ivar y Haakon, mi férrea determinación a no dedicarle un pensamiento, ni a él ni a ninguno de los de su clase, porque, al fin y al cabo, mi futuro se encontraba en otra parte. Con un dolor que me impedía respirar, le vi de nuevo en los salones familiares, riendo con mesura las ocurrencias de los bufones y las siempre inesperadas de Gudleik, y di un sentido distinto a mi sorpresa al encontrarlo allí con tanta frecuencia.

– Sí os miraba…, pero yo…

– Entonces, un día, cuando creía, porque así me lo decían sus ojos y porque me lo habían asegurado las siervas, que podría tener una esperanza, supe que se había marchado. La habíais enviado a las islas Feroe porque os había destrozado un vestido, me contaron, y os juro que durante meses os odié por ello con mayor virulencia de la que he odiado jamás a nadie. En vano pedí que me destinaran al norte, o intenté encontrarla. Se la había tragado el hielo y la distancia. Tal y como sospechaba, mi alma se había partido, como un huevo, y todo lo que manaba de ella era ponzoña.

Yo ya no lloraba. Tenía la boca seca, y, de pronto, con un monstruoso latido, mi corazón se desbocó.

– Luego, con el tiempo, me di cuenta de que me habíais hecho un enorme servicio: ella no era sino una dama menor. Al cabo de un año, me hubiera hartado de ella, y para entonces hubiera sido tarde, los votos hubieran sido formulados y no habría tenido remedio. Pedí a Haakon que me prometiera a una dama de mayor alcurnia, y así lo hizo. Cuando regrese de la embajada en Tierra Santa, me casaré. Es condesa, y aún muy joven, aunque ya huérfana. De manera que os debo haber encontrado una fortuna mejor.

– Entonces -dije, con un hilo de voz- me alegro de no haberos supuesto únicamente males y penas.

– He aprendido de vos a no tener en cuenta lo que me dicen mis emociones, y a ahogar las palabras y los gestos. Os he observado a lo largo del viaje: digna, bella y fría como una estatua. Ni por un momento se os ha conmovido el semblante ni habéis hecho una excepción a vuestra disciplina. No habéis mirado ni por un descuido a quienes os servían o escoltaban. Adelante, siempre adelante. Cuando tuvimos que dejar atrás al joven Jan, un niño apenas, ni siquiera reparasteis en su ausencia. Las lavanderas lloraban con los dedos quebrados por el frío, y vos las castigabais sin pan, porque se retrasaban en la colada. Os habéis olvidado de lo que era ser joven, o nunca lo habéis sido. Una auténtica princesa.

Suspiró. Yo, sin poder contenerme, suspiré también, aunque con más amargura, más profundamente.

– La única ocasión en la que os vi con alma de mujer fue en la cena con el rey Jaime: él os hubiera entendido. Hubiera sido vuestro amigo, y vos hubierais sido reina, y no una sombra más en esta corte poblada de ellas. Pero habéis preferido a un barbilindo segundón. En vuestro pecado lleváis la penitencia, infanta -añadió, separándose de mí-. Y vamos, reponeos, doña Cristina. Hoy es la primera ocasión en la que os veo llorar, y no es digno que lo hagáis porque se os marchan los escuderos. Aferrad ese trozo de hielo que tenéis por entrañas, y que os congele las lágrimas. Las mías se secaron hace mucho tiempo por vuestra culpa.

Dio media vuelta y salió de la estancia, sin aguardar mi respuesta y sin que yo reuniera aliento para decir nada. Con un esfuerzo, me acerqué a la ventana. No los vi cruzar el patio interior. Cuando llegaron mis dueñas para desnudarme, la hinchazón de mis ojos había desaparecido, y para cuando mi esposo se acostó, ya había recuperado la serenidad.

Yo no recordaba a ningún Jan.

Yo ya no recordaba a casi nadie.

Ivar llevaba razón. Durante los siguientes meses mi pecho se deshizo en hiel hacia su nombre. Retazos de su conversación regresaban a mi mente cuando menos lo esperaba y se me clavaban como trozos de loza. Murmuraba su nombre con tanta rabia que sentí miedo a perder el juicio, aquella revelación la gota de tantas otras humillaciones y trabajos que colmaban ya la copa.

Luego, con el tiempo y sus trabajos, pensaba en él con menos saña. Algunos de los momentos transcurridos en el viaje (las partidas de ajedrez, las llegadas a las ciudades, los breves momentos de contacto) se alternaban en mis maldiciones. Cuando llegó a Sevilla la noticia de que había muerto, le lloré sinceramente. Yo me encontraba ya enferma y todo lo que sonaba a Noruega me parecía una cura. Su muerte no supuso el perdón definitivo, no obstante. En ocasiones, Dios me perdone, le aborrezco y le deseo una larga estancia en el Purgatorio: un año por cada una de las odiosas palabras de aquella hilera de mentiras y malinterpretaciones con las que me azotó antes de marcharse.

En el otoño de 1258 el séquito de la princesa Kristina, el padre Simón, Lodin el Velloso y Amundi Haralsson, pusieron pie en tierra noruega. Habían regresado en un barco, atravesando la mar. El obispo Peter había viajado por tierra, hasta Flandes, y por lo tanto llegó más tarde. Andreas Nicolasson se quedó un año en Francia. Al llegar el obispo y los ministros ante el rey Haakon le trajeron gran número de noticias del extranjero. Insistieron sobre todo en cómo el rey de Castilla había recibido a la princesa Kristina y a todo su séquito, y en la generosidad con la que los había despedido, cargados de presentes. Traían consigo ochocientos marcos de plata, además del importe necesario para el viaje. Con todo aquello, era clara la buena disposición del rey castellano hacia el noruego. Además, había jurado su apoyo y ayuda al rey Haakon en caso de guerra contra cualquier país, salvo Francia, Inglaterra y Aragón, donde reinaba su suegro. El rey Haakon prometió a su vez ayuda en caso de guerra, salvo que Castilla atacara Inglaterra, Suecia o Dinamarca.

Por aquel entonces estaba el rey Alfonso muy ocupado con sus guerras contra los infieles, y le interesaba mucho que el rey Haakon le prestara ayuda en ellas. El rey Haakon había hecho promesa de que combatiría en una cruzada, y el castellano había logrado del Papa que su guerra en África contara como si hubiera tenido lugar en Jerusalén.

Les regalaron un leopardo. ¿Puede ser eso posible? Un leopardo que, como mi imagen reflejada en el nuevo espejo, había seguido un viaje similar al mío pero en sentido inverso, de sur a norte, desde el corazón de África a la llanura amarilla de Burgos.

Lodin se hizo cargo del obsequio. No era diferente a un gato grande, salvo en que le gustaba más el cordero que el pollo y en su bella piel. Permitía que se le acariciara, y se le podía pasear como a un perrito. A Magnus le encantaría.

No sé quién cuidó de él, porque Lodin no destacaba por su delicadeza (me estremecía cuando clavaba las espuelas en su caballo como si me las hincara a mí), pero el leopardo llegó sano y salvo a Noruega. Soportó el frío de los Pirineos, el tedioso viaje en barco, las penalidades y el frío paralizante del sur de Noruega. Durante los mismos años que yo he pasado en Sevilla, ha comido con apetito y ha sido la joya del parque animal de mi hermano. En sus cartas, mi madre siempre me habla de él.

En esos días debimos reunimos mi marido y yo con el rey y con sus consejeros, porque faltaba por acordar nuestro futuro, y querían que supiera y firmara el inventario de mi dote.