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– Nos habéis dado grandes alegrías -anunció el rey Alfonso- y enorme fama. Desde tiempos de la reina Riclitza, que se desposó con el emperador Alfonso, ninguna princesa había viajado tan lejos para casarse en Castilla. Ahora, tras los tiempos de celebraciones y de vacas gordas, llegan las estrecheces y las vacas flacas. Este reino es pobre, señora, y gusta demasiado del lujo. Debéis saber que de hoy en adelante, finalizadas las fiestas de vuestras bodas, hemos de vivir de otra manera.

El discurso se hacía tedioso, porque las palabras del rey, que se dirigía a mí en francés, se traducían con toda calma al castellano, para que todos quedaran enterados y conformes.

– No aportáis tierras al matrimonio, pero no os amaremos menos por eso -continuó el rey-. Para que viváis con dignidad, entrego a mi hermano, el infante, las villas de Piedrahíta, Valdecorneja, La Horcajada y Almirón. Doyle también las rentas del obispado de Ávila y de Segovia, y las del arzobispado de Toledo y de Sevilla, hasta que encontremos sustituto para su silla. Le concedo los impuestos reales que paga la ciudad de Ávila, los cristianos por San Martín y los judíos cuando es la costumbre, y le mantengo la herencia que le legó nuestra abuela doña Berenguela, que le mostró mucho amor.

Por lo demás, de vuestra dote, salvo el tercio real, podréis llevaros todo lo que os pertenece y administrarlo a vuestro antojo. Y si algo os falta, no os apuréis, que proveeremos en todo y os ayudaremos en lo que haya menester.

Fue así como supe que mi marido carecía de toda propiedad antes de nuestro matrimonio y que, salvo amigos y aliados, la mayor parte de su fortuna era la que había conseguido con mi dote. Me cabía a mí, por tanto, pasar a moneda castellana cuánto podríamos destinar a servidumbre y cuánto a vivienda, qué gastos podíamos permitirnos y qué dineros vendrían cada año de las rentas.

Don Felipe tamborileaba con los dedos sobre la mesa, y sus uñas ovaladas, algo largas, repiqueteaban mientras yo le preguntaba por los detalles.

– ¿Es esto necesario? -preguntó.

Yo levanté la cabeza, sorprendida.

– Nos va en ello la vida.

– Mi hermano me humilla deliberadamente. Nunca quiso que abandonara la Iglesia, y nos concede ahora apenas lo necesario para sobrevivir.

– No os preocupéis, mi señor -dije-. Saldremos bien de todo. Me he casado con vos para compartir vuestro destino y, sea el de la pobreza o el de la gloria, estaré a vuestro lado.

Pude ver en su expresión que no le agradaba que le recordara que no poseía bienes; pero tampoco para mí era plato de gusto, y quizás fuera aquélla la única ocasión para reprochárselo.

– Iremos al sur -decidió él-. La vida es más barata, y aún conservo deudos del arzobispado. Preparaos para viajar a Sevilla, donde tomaremos casa. ¿Podéis organizar el viaje para dentro de dos o tres días? Hablad con las damas, y tomad alguna dueña. El resto lo compraremos allí.

– En dos días estaré lista -prometí, y me veía capaz de hacerlo incluso en menos, porque aún estaban empacadas mis posesiones, y ansiaba huir de Valladolid, lejos del aire que viciaba la reina.

Llamé a las dos damas que me acompañarían y acordé con ellas un sueldo y privilegios. Doña Juana, envejecida y solterona, no contaba con otra opción, pero suponía que con el viaje tendría que dejar atrás a doña Inés, una belleza de pestañas rígidas que bordeaban dos enormes ojos negros. Para mi sorpresa, accedió.

– No tengo otro propósito, y vos me lo pagaréis bien.

Le hice saber que se encontraba en la mejor edad para casarse, y que Sevilla no era Toledo o Valladolid. Me mostró un anillo con una cruz.

– He hecho voto de castidad por cinco años, señora, por una merced que me concedió la Santísima Virgen. Y sé que al cabo de esos cinco años vos me daréis el marido que merezco.

Solventado el asunto de las damas, que resolverían, a su vez, gran parte de mis problemas, no quedaba sino pedir la venia a la reina.

– Os vais, entonces -dijo, secamente.

– Si vos me dais vuestra bendición.

Ella rompió a reír.

– ¡Al fin os dais cuenta de la realidad y reparáis en qué lugar os encontráis! Pobre doña Cristina, la venda ha caído de vuestros ojos. Pensabais que el mundo era vuestro, que todos nos arrodillaríamos ante vos. ¿Sabéis cuántos dineros me da el rey, para que comamos? Ciento cincuenta maravedíes para él y ciento cincuenta para mí, y no más. Para el resto, he de apañarme con la mitad, salvo cuando recibimos visitantes extranjeros. ¿Os extrañaba que os demostraran tanto amor, noruega? Comíamos mejor por vos y por los vuestros. Ahora que sois castellana, regresa el hambre a la corte. El rey vive a dieta y, por mantener su salud, el resto del reino ayuna. Hemos de elegir entre días de carne y días de pescado, y nunca más de tres pescados o dos pedazos de carne. Despedíos de las sedas y de vuestros armiños, de los bordados de escarlata o del dorado de vuestro vestido de novia, porque están prohibidos. Sólo pueden traerlos los extranjeros, y vos ya sois de las nuestras. No podréis mostrar más de tres túnicas al año, porque estrenar cuatro es un privilegio que se guarda el rey, como vestir de rojo. Vivimos tiempos de crisis, doña Cristina, y el rey ha de dar ejemplo. Vuestro manto real se deshará, el hilo de oro fundido y las perlas vendidas para sufragar la campaña del Imperio. Dad gracias a mi generosidad, que no os arrebato los ostentosos tules de boda que lucisteis para vergüenza de nuestro pueblo. ¿No os dije que tendríais sorpresas? Pues bien, halladlas aquí. Id, id a Sevilla. En mala hora iréis. Y preocupaos por tener muchos hijos, porque, por cada uno, vuestra renta sube. Iba yo a soportar estas fatigas, de no ser así.

Corrí a los aposentos de doña Constanza y golpeé desesperada, hasta que me abrió. Con las ropas revueltas y el cabello desordenado, comprendí que la había despertado de su siesta¡

– ¿Por qué es así? ¿Por qué se comporta conmigo de esa manera? ¿Qué mal le he hecho yo?

Ella me ofreció asiento; se peinó con los dedos antes de responderme.

– No es culpa suya, ¿entendéis? Siempre ha sido así. Es la sangre de los húngaros, que nunca se harta de crueldad. Debéis disculparla, porque es superior a sus fuerzas. No sopesa lo que dice, y luego se arrepiente. La he escuchado llorar durante sus confesiones. Nosotras, las que somos más fuertes, debemos comprenderla y disculparla.

Me levanté del lecho en el que me había derrumbado y caminé hacia la puerta, muy despacio. Como el efecto de los venenos, que tomados en pequeñas raciones sirven de antídoto a los nobles, aquella mujer buena, pero débil, se había inmunizado contra el desprecio, el asco y el dolor.

Esa noche mandé llamar a mi señor. Nuestro matrimonio aún no se había consumado, y la rabia y la inquietud me hacían caminar de un lado a otro de mi aposento, furiosa por las humillaciones y la incomprensión, con Bitte Litten oculto bajo la cama o una silla.

Don Felipe vino a verme cuando frisaban las diez de la noche. Su cabeza rozaba el dintel de la puerta, pero avanzaba con la gracia que le era propia.

– ¿Resolvisteis los problemas?

– Dentro de dos días partimos hacia Sevilla.

– Sois una mujer cabal.

Se movía con lentitud y cuidado, como si diera caza a un animal salvaje.

– Venid -le dije, señalando la cama. Yo estaba ya en camisa-. Acercaos.

Le aferré por el jubón. Deshice, una a una, las ataduras de su camisa, le despojé de las botas. Sentía a la altura de las sienes, donde aún me dolían las heridas de las peinetas, una presión seca, la de los deseos a punto de verse satisfechos, y una fiebre repentina en la frente. Mis dedos, que tanto habían temblado en la ceremonia de boda, caminaban seguros sobre las telas y la piel desnuda.

– Tengamos un hijo -dije-, y si es hembra, que se llame María Fernanda, en honor de vuestro padre -le susurré al oído-. Y si nos lo mandan varón, que se llame Felipe Magno. Así se iniciará con vos una nueva estirpe de reyes.