El infante don Felipe sonrió, complacido. Aun así, su hermosa mirada parecía fijarse en algo que no era yo.
– Sois una bruja -dijo-. No puedo negaros nada.
Temblando, me desnudé. Mis trenzas se desparramaban sobre la almohada. Mi marido se inclinó sobre mí, me besó en la frente y luego me dio la espalda.
– Que paséis una buena noche, doña Cristina -me dijo.
Eso fue todo entonces.
Qué más da ahora.
SEVILLA
Sempr' a Virgem groriosa faz aos seus entender quando em algua cosa filha pesar ou prazer.
E desta gram maravilha um chanto mui doorido vos direi que end' aveõ, sol que me seja oído, que conteceu em Sevilha quando foi o apelido dos mouros, como gãarom Xerez com seu gram poder.
Entom el rei Dom Afonso, filho del rei Dom Fernando, reinava, que da reinha dos ceos tía bando contra mouros e crischãos maos, e, demais, trabando andava dos seus miragres grandes que sabe fazer.
Cantiga 345, atribuida a Alfonso X el Sabio
De lo que contesció a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte et muy brava
E asentóse et cató a cada parte teniendo la espada sangrienta en el regazo: et desque cató a una parte et a otra et non vio cosa viva, volvió los ojos contra su mujer muy bravamente et dijol con grand saña teniendo la espada en la mano: -Levanta vos et datme agua a las manos. E la mujer que non esperaba otra cosa sinón que la despedazaría toda, levantóse muy apriesa et diol agua a las manos. E acostáronse a dormir: e desque hobieron dormido una pieza dijol éclass="underline"
– Con esta saña que hobe esta noche non pude bien dormir. Catad que non me despierte eras ninguno e tenedme bien adobado de comer.
E cuando fué gran mañana los padres et las madres et los parientes llegaron a la puerta, e cuando ella los vio llegó muy paso et con grand miedo et comenzóles a decir:
– Locos traidores ¿qué facedes? ¿cómo osades llegar a la puerta nin fablar? ¡Callad! Sinón todos, también vos como yo, todos somos muertos.
Don Juan Manuel, El conde Lucanor, «Ejemplo XXXV
Ahora qué más da ya si mi matrimonio se consumó o no. Ha pasado ya tanto tiempo que las verdades se deslíen, como los tintes en el agua, y se convierten en otros colores que no fueron. Durante cuatro años, mi esposo ha sido un atento y fiel servidor. Tan sólo me ha defraudado en dos campos: uno, en la batalla que se libra en la cama. Dos, en la promesa de que erigiría la capilla a san Olav, el único deseo que le he formulado.
Por decirlo de una manera, en lo único en lo que debía haberme honrado, me ha desatendido. Pero por decirlo de otra, de tantas formas en las que podía ofenderme, sólo lo ha hecho en dos. No resulta tan mal trato cuando se pacta con infantes de Castilla.
En lo demás, lo sé yo y lo sabe toda Sevilla, don Felipe es un caballero perfecto, formal y galante. Me ha atendido con todo cuidado en la salud y en la enfermedad. Respecto a la pobreza y la riqueza, mejor callemos: ambos sabemos qué le debemos a mi plata quemada, y qué a sus rentas de Ávila.
Hace hoy doce días desde que me atreví a bajar por última vez al patio. Me encontraron dormida, casi me dieron por muerta. Con mucho estruendo, posiblemente mucho más del necesario, y, sin duda, tanto como con el que me habían bajado, me subieron a mi cuarto, me fregaron las muñecas y las sienes, y cuando volví en mí, todos ellos juraron que no me habían dejado sola en mi silla ni por un instante.
– Señora, por mi honor -protestaron las dueñas-. Soñáis. ¿Cómo creéis que os abandonaríamos, sabedoras de vuestra debilidad?
– Porque os conozco, malditas.
– Señora, son inventos de vuestra imaginación.
El cirujano no se atrevió a sangrarme. Con aire grave, midió mi pulso y mi aliento.
– Señora, hice cuanto pude. Está todo ahora en manos de Dios. Solicitad confesión y pedid la Santa Unción, no vaya vuestra alma purísima a padecer males por no haberos yo advertido.
Estallé en una carcajada tan ruidosa, tan poco aristocrática, que el pobre hombre pensó, sin duda, que había perdido el juicio.
– Marchad en paz -dije, aún riéndome-, y que mi bendición os acompañe. Habéis sido un buen hombre.
A solas, de vez en cuando sigo riendo sin control. Muy pocos serían capaces de entender la fina ironía de mi destino. Han tardado tanto en nombrar un nuevo obispo para Sevilla que los óleos que me ungirán serán aún los que fueron consagrados por mi marido.
Por fin, accede el buen abad a prepararme para confesión general. Muy azorado, me toma una mano y se dispone a escucharme cuando así lo tenga a bien.
– Me acuso, padre…
¡Confesión general! La nuera de un hombre santo no debe temer las penas del infierno. La cuñada del preferido de María Santísima no ha de flaquear ante las oscuras acechanzas ni ante los caminos malignos. Pero yo soy yo. Sin cuñados ni suegros, todo el podrido pavor que mi alma me inspira fermenta ante mí y me deja indefensa y desnuda.
– Me acuso, padre, de…
Confieso, padre, que he pecado. He pecado mucho de palabra, obra. He pecado, sobre todo, de omisión. Confieso mis pensamientos, mis frases, confieso los malos deseos de mi corazón, las viles inclinaciones de mi temperamento, las aflicciones, la tendencia, heredada de un lejano pariente, a la manía melancólica y la desesperación. Tomo aliento y me dirijo al clérigo.
– Os mandaré llamar, abad, cuando haya hecho examen de conciencia.
– Señora, urge que…
– No anida en mí el menor deseo de morir sin confesión. Pero antes he de atender algunos asuntos más mundanos y, sobre todo, he de asegurarme de que se hace previsión de dineros y de intenciones para erigir mi capilla a san Olav.
– Ese dinero, doña Cristina, que por fuerza ha de ser una suma cuantiosa, estaría mejor repartido entre los pobres, y no destinado al culto de un santo desconocido.
Me incorporo para mirarle, para una última ojeada a ese rostro afeminado y blando. ¿Desconocido, mi santo? Como con el cirujano, sólo me apetece reírme y burlarme de él en su propia cara. El abad Quintín ha refrenado su miedo a enfermar, ha dedicado su precioso tiempo a visitarme y a aleccionarme, me ha destacado entre las nobles damas de su predilección con la esperanza de quedarse con el legado para san Olav. ¡Qué obvio resulta ahora eso! ¿Qué parte de ingenuidad residía aún en mí como para imaginarme otras razones?
Nunca creí que sintiera aprecio por mí. ¿Por qué, entonces, me duele saber que, otra vez más, me he equivocado en mi juicio sobre una persona? Dudo si desengañarle. Dudo si dar rienda suelta a mis impulsos y soltar la carcajada que se aprisiona en mi garganta. Como tantas otras veces, trago saliva y miento.
– No os aflijáis por eso, abad, que lo que destine a la capilla se os dará, en igual moneda y cantidad, para que lo administréis a vuestro antojo.
El hombre cambia su expresión: intenta contener su regocijo.
– Vuestra generosidad, señora…
– Ahora estoy fatigada. Bendecidme y partid, que harta hora es de ello.
He mandado llamar a Baruch. Hemos de cerrar asuntos de importancia, y a él corresponde explicárselos a mi esposo, el infante. Pobre don Felipe: ¿qué será de su vida sin mí? Doña Inés ha entrado para aderezarme. Su rostro se ha acostumbrado a mi tez amarilla y al olor extraño de mi cuerpo, y sin una vacilación cubre mis brazos y mis pies de perfume, ajusta mis pieles a la cintura, anuda mis cabellos en la tortura constante y coqueta de mis peinetas. Disimulo una mueca de dolor.
– Cuando Baruch salga, venid vos -le digo-. He de hablaros de mis últimas disposiciones.
– Como gustéis, doña Cristina.
La veo marchar, su paso grácil y la cintura firme, sin que haya envejecido un día en estos cuatro años, hermosa, delicada y siempre sonriente. Entonces, incorporada en el lecho, mi consejero de confianza accede a la habitación. Se detiene un instante en el dintel. Vacila.