– Ánimo, señora -me dice-. Aún hay esperanza.
– Presentad los números -contesto yo.
La presencia de la muerte me otorga valor y una sonrisa de cierta crueldad se acerca a mis labios de cuando en cuando. Por primera vez en mi vida no me importan las reacciones ajenas, y esa sensación me invade la sangre con tanto ímpetu que me sorprende no habérmela permitido antes.
Baruch, minucioso, me explica que con la primavera hemos duplicado las cabezas de ganado menor en Castilla.
– Se espera que las exportaciones de lana sean buenas…, mejores, en todo caso, que el año anterior. En Portugal hubo peste y murieron muchas ovejas, con lo que poco podrán ofrecer a sus compradores.
Se han recaudado los impuestos de mi marido y se han colocado a buen interés. Los dineros que se emplearon en las expediciones a Génova, ya amortizadas, crecen a buen ritmo, y otra parte se invirtió en herrerías en Vizcaya y en los negocios que se traen los navarros con los peregrinos que avanzan hacia el oeste.
– Nada de lo que preocuparse tampoco ahí. Confío en las garantías que nos ofrecen.
He plantado olivos hasta que mi vista se ha aburrido de las motas verdes sobre la tierra amarilla. El resto de mis inversiones, los préstamos a cristianos y moros interpuestos a su nombre, el de Baruch, me son beneficiosos, y si se mantienen así en los próximos dos años legarán una pequeña fortuna a mi viudo. Tras absurdos esfuerzos, soy miembro del Honrado Consejo de la Mesta, o, siendo precisos, lo es don Felipe, y ellos cuidarán de mis ovejas y mis corderos.
– Y esto es todo, señora. Espero haberos servido bien, y que lo que os cuento sea de vuestro agrado.
He seguido las enseñanzas del Evangelio y estoy en circunstancias de responder por el destino de los talentos que me encomendaron. Desde que llegué al reino he vivido y visto tal pobreza que no he tolerado, bajo protección real, que un solo mendigo se marchara sin auxiliarle.
Encuentro a Baruch mucho mayor de lo que era hace cuatro años, cuando lo conocí. Tras la boda, mientras era claro que nuestro destino se encontraba en el sur, don Felipe quiso mostrarme sus heredades en Burgos y Covarrubias.
Mucho me agradó Covarrubias: de no encontrar Sevilla tan de mi gusto, no me importaría vivir allí, cerca de un río murmurador, rodeada de tantas y tan bellas casas que no me faltaría compañía ni en qué entretenerme. Las más altas de ellas, encaladas, con vigas negras que asoman como dedos que se entrelazan, miran con envidia a las torres y con admiración a la colegiata, con su patio interior recogido y honesto.
– Muy ancha, y muy extensa es Castilla -me habían dicho-, pero ningún espejo muestra mejor su rostro que estas tierras y las que de aquí hasta Toledo os encontraréis.
Allí, mientras descansábamos del viaje en una de las casas principales, porque pese a ser feudo de mi marido no poseíamos una propia salvo la del arzobispado, y no parecía sensato alojarse allí, me llegó noticia de que un hombre pedía la gracia de que le recibiera.
– ¿Yo? -pregunté.
– En eso insiste.
– ¿Yo? ¿No el infante mi señor?
– He de indicaros, señora, que trae la enseña del rey de Aragón, y que su atuendo demuestra que es judío.
De mi madre había heredado una corriente de simpatía por esa raza que tantos maltratos sufre de manos de cristianos, y cuando le mandé pasar sonreí, para infundirle valor, del que parecía muy necesitado.
– Os manda el rey de Aragón, tengo entendido.
– Así es, clarísima señora. Y con sus respetos y su amor, os traigo mensajes que os serán provechosos en esta carta que conmigo porto.
– Leédmela, pues, y ya que es del gran rey don Jaime, la escucharé como si de la mano de mi padre viniera.
Tras los saludos y las bendiciones de rigor, el Batallador me hablaba con la misma claridad y falta de rodeos con la que me había recibido en Barcelona, durante aquellos dos días que ahora parecían tan remotos.
Y, ya que no nos habéis querido por marido, sabed que como hija os tratamos, y como a tal y por el mucho amor que os tenemos plácenos haceros dos mercedes. La primera es que acojáis al judío que porta este mensaje, pues os habrá de ser de utilidad. Llámanle Baruch de Estella, y de más de un problema nos ha sacado, diestro como es en todo lo que se refiere a los dineros y el trato con comerciantes. Y ahora que el rey de Castilla, nuestro hijo, tiene en mente devaluar la plata, como hace algún año hizo, pienso que vuestra fortuna se verá menguada, y por esta razón os lo envío, con sus gastos pagados hasta el día de San Silvestre.
La segunda es que, hallándonos viejos y con las fuerzas menguadas, os dejamos como única herencia las razones que han gobernado nuestra vida, que os serán de utilidad en este reino para encaminar la vuestra. Los mismos les dimos a nuestros hijos y al rey de Castilla, y para que no seáis menos, cinco consejos os legamos.
El primero: cumplid siempre vuestra palabra, que es preferible la vergüenza de decir que no la deshonra de decir que sí y no cumplir luego. El segundo: pensad antes de dar vuestra confianza si quien la pide se la merece. El tercero: no rechacéis a quien se os encomienda. El cuarto: si habéis de elegir, retened a vuestro lado a hombres de la Iglesia y a villanos, pues son más fieles que los caballeros. El quinto: si habéis de hacer justicia, que sea en público, y si habéis de reparar una falta, hacedlo ante los ojos de los demás, pues no es propio de nobles juzgar en privado.
Hacedlo así, y que Dios y su Santísima Madre os guarden.
Me encontré con la mirada del judío, que aguardaba, con ademán humilde, una respuesta.
– Creo que habéis venido para quedaros.
– Así se me indicó, señora.
– No sé en qué daros empleo.
– Yo lo encontraré, si me honráis con vuestra confianza. No entiendo de otra cosa que de comercio y canjes, y aun de esto hay muchos que dominan esas artes con mayor perfección; pero como dama y extranjera no tardarán en aprovecharse de vos, o eso teme el rey, y en lo que pueda valeros hasta el día de San Silvestre, disponed de mí.
Y llegó el invierno. Y pasó el día de San Silvestre, y otro más, y otro, y desde entonces acá lo he tenido siempre a mi lado, dotándole de todo lo necesario, porque así lo merece. Ha sido un amigo fiel y un hábil consejero. De todas las mercedes y conocimientos, de todas las gracias que le debo al rey Batallador, Baruch de Estella ha sido la que más aprecio.
Había llegado a Aragón huyendo de las matanzas de judíos que tenían lugar en su tierra, en el reino navarro. Allí Baruch había sido un miembro destacado de la Aljama, y un hombre de fortuna, y sin aviso ni advertencia había partido sin nada en las manos.
Cada cierto tiempo, en época de hambre, era costumbre saquear a los judíos y maltratarlos; en Toledo y en Miranda habían matado con sufrimientos inmensos a esos infelices, y en Pamplona y Estella se habían visto diezmados y perseguidos.
Aquí, en Sevilla, hace dos años, comenzó de nuevo esa corriente. Como solía ocurrir, un religioso prendía la llama; se iniciaba llamándolos asesinos de Cristo, y pasaban luego a achacarles que mataban a los niños y maldecían a las mujeres, que envenenaban los pozos y las cosechas, y de ahí se arrasaba la judería. Bastaba con que un niño muriera, con que una mujer malpariera, para que los asesinatos se hicieran incontrolables.
Sin embargo, arribaron a la ciudad nuevas de la guerra que preparaba el rey Alfonso en el norte de África, y con eso se distrajo la atención y se apaciguaron los ánimos, y pudieron andar los judíos tranquilos y a su aire.
Sé ahora que no fueron casuales los dos hechos: don Alfonso financió la guerra con las dádivas que los judíos de Sevilla le dieron para obtener su protección si los ataques se iniciaban. Entonces era yo más inocente, y me preocupé tanto por Baruch y por los suyos que le rogué que se quedara en mi casa, y que no le vieran por las calles, por el miedo a que le hirieran o le robaran.