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– Ante todo, que no puedan distinguir vuestro rostro entre otros, porque ni mi influencia ni la de mi marido podrían salvaros, en caso de caer en manos malvadas.

– No, señora, no ocurrirá tal, que ya me he librado de otras acechanzas.

Cuando me lo envió, los pronósticos de don Jaime parecían malos augurios, pero, bien informado por espías y mensajeros, estaba en lo cierto. Alfonso redujo el valor de la plata casi a nada, y de no haber sido advertida y haberla vendido a buen precio con antelación, todo el tesoro de mi padre hubiera desaparecido. Sin tierras ni posesiones, yo debía pensar no como los nobles, sino como los burgueses: el dinero, en las arcas, no valía de nada, ni era tanto como para comprar lo que poseyera algún apellido deslucido que tuviera que malvender un feudo. Si yo llegaba a llamar mía a una comarca, sería por merced del rey, que no parecía, ni entonces ni ahora, dispuesto a ese regalo.

Hubo entonces que invertirlo, y de nuevo Baruch me aconsejó bien:

– Por fuerza, algo debéis comprar en lana. Pero no hagáis como los ignorantes, que creen que con los tejidos mantendrán su fortuna. Pensad que el rey está limitando el lujo en su corte y, por lo tanto, los castellanos no comprarán como antes lo hacían. Y si pensáis en vender en el extranjero, seguro estoy de que no pasará mucho tiempo antes de que el rey legisle nuevos impuestos sobre los tejidos, y gane él y no vos.

Le mantuve la mirada, incapaz de pensar a tan largo plazo y con semejante celeridad.

– Confiad en mí, señora. Es cosa cierta que subirán esos impuestos.

En eso, como en todo, tenía razón. Hoy son escandalosos los pagos que la corona percibe por vara de tejido. De los paños de Ypres de menor calidad, cuarenta maravedíes. De los encajes de Brujas, treinta maravedíes. De los paños de Castilla, treinta y ocho, de los paños de Londres, treinta y cinco. Yo, con mi confianza fortalecida por la experiencia, seguí prestando atención a Baruch, que de todo sabía: de matemáticas y del mundo, de la religión de los cristianos y de la suya, de las leyes de Aragón y de las de Castilla, y no se diría sino que adivinaba el futuro, pues no bien daba un paso el rey Alfonso, y Baruch ya había tomado las previsiones para que ningún mal nos sucediera.

– ¿Leéis augurios? -le pregunté un día, intrigada. Él permaneció en silencio, sin mirarme.

– ¿Cómo es que me preguntáis eso, señora?

– Decídmelo con menos embarazo, si es cierto, que no me escandalizo yo con tan poca cosa. Sabido es que el rey Sabio lee las estrellas en el cielo en busca de advertencias, y mi madre, la reina, se hacía aconsejar por una bruja con reputación de infalible que leyó mi futuro y el de mis hermanos en más de una ocasión.

– Ésas son licencias que los cristianos podéis permitiros, pero no los que son como yo. La magia me llevaría a la hoguera, o a morir apedreado, aún antes que mi fe. No, no leo augurios. Basta con conocer las intenciones del rey y mantenerse al tanto de los edictos, que es casi como atisbar el futuro. La corte es pobre, don Alfonso no sabe cómo reducir los gastos y legisla con la mente en la faltriquera. Esa es toda mi ciencia.

Si algo de bueno tuvo la tacañería del rey Alfonso cuando nos prohibió más de dos platos de carne al día y arrebató las pieles de nutria de los vestidos, fue que las muestras externas de lujo desaparecieron de inmediato: aquella riqueza de atuendo que tanto me preocupaba en Bergen se redujo de tal manera que pude ahorrar el dinero que costaría exhibirlas para otras necesidades. Todo estaba regulado por decreto, hasta tal punto que no había semana que no se nos dijera, por orden real, cómo habían de ser los arneses de los caballos, el color de los blasones o los días de celebración de las bodas.

Mi esposo don Felipe no decidía nada, ni en nada opinaba. Mientras me vi buena, se encontraba casi todos los días con las familias nobles, cenaba en sus salones, o debíamos agasajarlas en los nuestros.

– Esposa, convendría que a los convidados que mañana espero se les agasajara con todo el esmero que vuestro ingenio discurra.

– ¿Mandáis algo en particular?

– Nada, lo que dispongáis estará bien.

Raras veces me indicaba el grado de nobleza de quienes esperábamos, de manera que siempre se les agasajaba como a infantes. Si me correspondía presidir la mesa, mantenía una sonrisa fija en el rostro e intentaba memorizar las relaciones que entablábamos y sus motivos. Pero sin ayuda de don Felipe, y nueva en la ciudad, la tarea resultaba ardua.

Sin hablar, él halló su misión y yo la mía: él buscaba enlaces y apoyos para fortalecer nuestra posición, y yo me encargaba de aumentar nuestra fortuna y del gobierno doméstico. Cuando, al poco de instalarnos en Sevilla, comencé a padecer, se interrumpieron paulatinamente las reuniones y los encuentros en mi casa, aunque no las que lo solicitaban en palacios y nobles villas, y nos vimos menos.

Mis malestares continuos no ayudaban a que viviéramos una existencia feliz. Tampoco se daba, entre nuestros caracteres y nuestras opiniones, nada que compartir y menos de lo que hablar, porque él, al mismo tiempo que su radiante presencia, mantenía su natural taciturno, de manera que cuando mi adoración por él menguó a lo que debe sentir de manera normal una esposa por su marido, pronto me acostumbré a la soledad del día y al silencio de las noches.

Doña Juana pidió permiso, al poco de haber llegado a la ciudad, para profesar en un convento. Como me ocurría a mí, se fatigaba con el calor, perdía la respiración y creía morirse.

– Cuando me llegue la hora, quiero que me encuentre en santidad -me dijo.

Ingresó en el convento de San Salvador, al que de vez en cuando acudía para escuchar misa. La vi marchar sin lástima y no la añoré. Seca y aburrida como una estaca, prefería cien veces antes la compañía de doña Inés, a quien al menos me unía la edad.

– Podéis escribir a la reina, y que os aconseje algunas damas de linaje a las que les agradaría vivir con vos.

– No -dije yo-. La reina tiene otros quehaceres, y no juzga a la gente con las mismas medidas que yo empleo.

Lo cierto es que tras haber discurrido toda mi vida empleada en la educación de jovencitas, me encontraba cansada y sin fuerzas como para indicar de nuevo a una desconocida cómo me gustaba que se hicieran las cosas a mi alrededor. No tomé nuevas damas, pese a que pronto se supo que vivía casi sola, y algunas de las muchachas de apellidos ilustres se ofrecieron a acompañarme. A cambio, preferí que fueran dueñas de origen humilde y de buenas costumbres, y encontré a Mariquilla y a la Muda, que desde entonces me sirven.

La casa que compramos mi esposo y yo había sido de un moro principal, y al estilo suyo, contaba con dos pisos, un patio de mármol, hierbas y árboles y una fuente. Las ventanas que se abrían a la calle apenas medían un palmo, y las habitaciones se mantenían en penumbra; pero en el patio, el sol entraba a raudales. Se encontraba algo alejada de la ciudad, al oeste, entre ésta y un barrio marinero que llamaban de Triana. Para llegar a la ciudad había que cruzar el Guadalquivir, pero el aire resultaba más puro y el paisaje más bello que en las otras casas que habíamos visitado.

– Si viviéramos más cerca de los barrios principales -se disculpaba mi marido-, no sería tanta la distancia que habría de recorrer para las visitas, y os acompañaría con mayor frecuencia.

– Id con Dios y sednos de gran ayuda, don Felipe -decía yo, resignada. Lo cierto es que no hubiéramos podido mantener una casa grande en el centro, sin tierras y, por lo tanto, sin posibilidad de sustento para los criados.

Hube de montar sin ayuda ni mucho conocimiento la marcha de nuestro hogar. Salvo los escuderos y mozos de don Felipe, no traíamos apenas sirvientes. Por suerte, en las tierras recién conquistadas del sur, los esclavos eran baratos, porque los padres, según sus hábitos, vendían a los hijos de niños si no podían mantenerlos o si les disgustaban en exceso. Busqué entre ellos a los más hermosos, con la intención de educarlos a mi manera y de rodearme siempre de belleza, porque en Sevilla, bajo el cielo y entre los naranjos, todo rebosaba perfección.