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Durante los primeros meses, al menos una vez cada dos semanas me hacía llevar al centro, a la otra orilla, para las pujas de africanos. Los tratantes me conocían y se inclinaban ante mí.

– Los de hoy os gustarán -me decían, cómplices.

Mil veces se habían ofrecido a reservarme los que ya sabían de mi agrado y llevármelos a mi quinta, para que eligiera, y mil veces lo había rechazado. Las ocasiones que encontraba para abandonar mi casa no eran demasiadas. O bien salía para escuchar a algún predicador de fama o acompañaba a mi esposo a sus compromisos. No había logrado hacer amigas; paseaba con desgana por los jardines, llegaba hasta la torre del Oro y regresaba de nuevo por el río. Al menos, las pujas de esclavos me ocupaban una mañana entera.

Así adquirí al negro que tanto envidiaba mi cuñada, y a varios moros de gran mérito. Uno de ellos logró comprar su precio, no quise saber cómo, y se quedó en la casa, como liberto, cumpliendo con las mismas tareas que de esclavo, y creo que esa acción, poco frecuente, da medida de mi comportamiento hacia ellos.

El problema, como ocurre con las caballerizas grandes, no radicaba en comprar esclavos, sino en mantenerlos luego, porque comen, y visten, y hay que procurarles lo que necesitan. Decidí entonces que en los huertos que habíamos comprado y que pertenecían a mi finca se roturara la tierra de la manera adecuada, y, mientras tanto, me aseguré de abastecerlos con pan y con vino, con sardinas, tocino y queso.

Si puedo hoy presumir de que no ha muerto nadie encomendado a mí, como me aconsejó el rey don Jaime, se debe a que durante todo el invierno, mientras la tierra era roma, les daba un pan entero a cada uno, y un jarro de vino, y cada semana dos sardinas y un queso, coles y cebollas y, si los había, un huevo y un puñado de nueces y aceitunas. Nadie podrá decir que he matado de hambre a mis sirvientes. Han comido mejor de lo que como yo ahora, que sólo me dan sopas de vino, y aún éste, aguado.

Me cuidé de que su pan fuera bueno y erradiqué la costumbre de mezclar la harina a medias con polvo de teja, para que el coste resultara menor. No lo hice sin dudas, y sin recelos, porque era preciso comer todos los días y el pan encarecía el presupuesto mensual. Aun así, me mantuve firme y les di buen pan. Y como resultado, me alaban los esclavos, y mi orgullo es que mantienen los dientes y el pelo, que les brilla la piel, mientras que en otras casas tienen todos los ojos cercados de sombras negras y la nariz colorada.

Le di oficio a cada uno, y además de cultivar la tierra, sabían las mujeres hilar y los hombres herrar y trabajar el cuero, porque un esclavo que sólo sirve para una cosa, no sirve para ninguna cuando cambia de amo, y aunque nadie los quiere viejos, si conocen algún trabajo delicado, se paga aún buen precio por ellos, aunque tengan años. Y salvo que muy merecido lo tuvieran, no los maltraté ni pegué. El Cielo me lo tendrá en cuenta.

Nací en una tierra muy distinta, y allí fui noble y considerada, y de esta que me verá morir me marcho con pena, porque aunque suficiente he vivido, aún me quedan negocios por completar e historias cuyo final desearía ver.

Mientras escucho a Baruch, que ultima ya sus explicaciones, pienso en los últimos barcos enviados, en el Mediterráneo y sus naufragios, y en que en medio del torbellino llegamos y nos vamos en mitad del torbellino.

– He de dejarte, Baruch, un dinero para ti.

El judío me mira, sorprendido, como si hubiera olvidado que lo mandé llamar para mis últimas disposiciones.

– ¿Para mí?

– Y es mi voluntad que lo gastes en lo que te plazca, mientras no sea en lo que más deseas.

Baruch baja la cabeza. Sólo un defecto le he encontrado a este hombre, y, al parecer, lo arrastra desde que era un muchacho. Prohibido está que cristiano, judío o moro, en toda tierra castellana, juegue a dados o a naipes. Y si se le hallara en primera vez, que pagara sesenta maravedíes, y si fuera segunda, ciento veinte, más pena de cárcel, y por tercera, seiscientos maravedíes y cincuenta azotes.

Sin embargo, nada ha acabado con esa lacra. ¿Qué vi cuando llegué a Sevilla? Espaldas rasgadas y mentes enteras, ávidas por escaparse de nuevo a contar naipes, los puntos de los dados o el dinero perdido en ello. Bastaba con curiosear entre las celosías de las callejas, tan estrechas que podía hacerse sin esfuerzo, para escuchar las apuestas en los patíos y el golpe de los nudillos al contar los puntos.

Únicamente en una ocasión fui incapaz de librar a mi Baruch de la pena. Cincuenta latigazos por una falta menor que al rey no causa molestia, y que recibió un esclavo en su lugar. Recuerdo su incertidumbre y su humillación cuando pagué los seiscientos maravedíes.

– Señora, es mi falta: he de pagarla yo.

– Tu dinero no te duele. Pero el mío sí. Aprende de esto, y no peques más.

Nunca más le encontraron en falta, pero sé, porque lo noto en su ansia, avivada cuando no juega, casi imperceptible cuando lo ha hecho, que continúa desobedeciendo la ley. Sé qué uso dará a mi dinero, y ahora mismo me importa poco, si he de ser sincera. Si es capaz de apasionarse tanto por algo, justo es que lo disfrute. Mi corazón nunca ha deseado con tanto ardor nada, y por eso no lo entiendo, y lo envidio. Qué satisfactorio, qué deleite tan puro ha de ser el que algo domine por completo el entendimiento y que, por amor a ello, se afronten males, castigos y culpas. Algo así debía ser el amor de la abuela Inga por mi padre, algo así el deseo de los caballeros por las damas en las voces de los poetas.

Me duele morir ahora, cuando Sevilla crece más hermosa y yo conozco algo el gobierno de las cosas del mundo. Ahora los atardeceres son cada vez más tardíos y bellos, e invitan a pasear cuando el calor ha aflojado. En la puerta del Sol se dan cita los jóvenes, para rondar luego las casas de sus amadas, y entreverlas asomadas a una ventana cuando se ha oscurecido lo suficiente como para mostrar ese valor, pero no tanto como para que no se pueda verlas. Las amas y las dueñas intrigantes andan con mensajes entre unos y otras, y el deseo convierte el aire en aceite.

En días como éste yo me sentaba en el centro del patio, protegida por un parasol y ataviada con alguno de mis trajes recién cortados. Preparaba la bebida de rosas y nieve que le placía al infante y le aguardaba, para saber si cuando anocheciera nos esperaban en algún lugar o, por el contrario, cenaríamos en casa. O esperaba la llegada de Baruch, o calculaba, con avaricia, mi siguiente movimiento para asegurarnos el invierno.

Cada primavera Castilla enviaba sus tesoros a Flandes. Lana, hierro. Almendra, cueros, vino, aceite. Cera. Mercurio. Comino, pimienta, azafrán, cochinilla. Todo ello sujeto a impuestos, a largos viajes y a salteadores. Por hábitos aprendidos pero inútiles, debido a las actuales leyes, el reino pide sedas de Florencia, paños de Flandes e hilos de Brujas.

En los barcos que financio salen para lugares extraños la sal, la cera, el cuero, el aceite, las salazones de este país. Mercancías baratas y sin impuestos, que devuelven al poco tiempo las ganancias multiplicadas. Frente a los poderosos, que por inercia venden lo de siempre y compran lo de siempre, marco otro camino: este reino regido por caballeros no entiende que ha llegado el tiempo de los burgueses.

Cuando llegué, Sevilla necesitaba víveres. Me necesitaba. Centrada en ese puerto que, hasta que este año se conquistó Cádiz, ha sido el camino hacia el mar, Sevilla crecía y exigía una flota de barcos más hábil que la mediocre que hasta entonces tenía, y marineros más diestros. Y yo vengo de una tierra de mar. Paso a paso, mientras el mundo me veía rematar los pañales para los hijos de Violante y no sospechaban en mí otra habilidad que la de bordar, he conseguido hacer mi voluntad y completar mi fortuna. Y ahora que he conseguido todo esto, ahora que lo poseo, moriré…