Выбрать главу

Queda pendiente la cantidad que destino a mi capilla. La cuestión se presenta dificultosa, porque mi marido no ha mostrado interés en gastar parte de lo poco que tiene en cumplirme el capricho, y no creo que esa inclinación cambie cuando herede mi dinero. Tampoco puedo entregarle un legado a Baruch, porque sería imposible que alguien de su raza administrara la dote para una iglesia.

– Ay, Baruch. ¿Qué puede hacerse?

– Hay muchas tretas que pueden sacaros de ese trance.

– Para cuando se nos ocurran, yo ya habré muerto.

– Prometo ingeniar algo -me dice, y pienso en que bien podría fiarme de él, si no fuera por su amor a los dados-. El abad Quintín, señora, aguardaba por mí en vuestro portón. Me informó de que le sería asignada una cantidad, como merced vuestra.

La imagen del confesor de moda en Sevilla, al acecho del judío a las puertas de mi casa, me devuelve mi humor perverso.

– Decidle que, como le prometí, le asignaré la misma cantidad que a mi capilla. Y que se dirija luego a mi marido, y que éste le explique cuánto ha reservado para erigirla.

El abad no me guiará con sus oraciones hacia la luz, pero, en definitiva, fue él quien me convenció de que no las necesitaba, nuera y cuñada de quien soy. Id con Dios, abad. Ya me encargo yo de quedarme con Él.

– Falta que me indiquéis qué le destináis a doña Inés, por sus servicios y su compañía.

– Nada.

– ¿Nada, tampoco? -repite Baruch, que, de las cosas que podía decirle, no esperaba ésta.

– Ni un dinero. Mis razones tengo. Le reservo un buen regalo; pero no se lo reveléis. No le digáis nada.

Hace cinco días, apenas recuperada del desmayo que sufrí en el patio, Baruch me indicó que uno de los de su raza quería verme.

– No me encuentro de humor ni en disposición de ver a nadie.

– Insisto en ello, señora.

– ¿Por qué me importunáis?

– Es médico, y de gran fama.

– Nada va a aliviar mi mal, amigo mío. Me han visto cirujanos y charlatanes, todos han prometido curarme, y el único que me ha aliviado un tanto fue el último.

Me habían visitado curanderos, brujas y una rezadora que una y otra vez repetía una oración a san Miguel Arcángeclass="underline"

– Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi

Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum peruagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Sancte Michael Archangele…

Hasta que tuve la certeza de que mi cabeza estallaría si la escuchaba invocar al ángel una vez más, y la despaché.

– Sospecho que no tiene que ver con eso, doña Cristina. Dice que conoció a vuestro hermano y que desea presentaros sus respetos.

Con un dolor casi olvidado, enterrado entre mis padecimientos físicos, apareció ante mí el rostro y el nombre de mi hermano Haakon. Durante los últimos cuatro años, poco había pensado en él. Las magras cartas enviadas a mi madre no lo mencionaban, ni hablaba ella de otros hijos que no fuéramos Magnus y yo. Y, de vez en cuando, del leopardo.

– Que le hagan pasar, entonces.

Nunca había visto a aquel hombre, al que le faltaba un ojo y que al arrodillarse ante mí me pidió la mano, como si fuera yo la reina.

– Señora doña Cristina, mucho os agradezco la merced que me hacéis, y bendigo este día en el que puedo ver de nuevo vuestro dulce rostro -me dijo, en francés-. He pensado en vos de continuo desde hace cinco años, aunque nunca soñé con teneros así, ante mí, y no he sido…

– Habladme en castellano -le interrumpí-, que bien lo entiendo y gusto de ello.

El hombre asintió.

– ¿Por qué decís que os alegráis de verme de nuevo? ¿Nos conocemos?/

– Nos conocemos de otros tiempos y de otra vida. Pero los años me han maltratado mucho, y no resulta extraño que no lo recordéis.

Sonreí con amargura.

– No puede decirse que hayan sido clementes conmigo, precisamente. ¿Cuándo me tratasteis?

– Recordaréis, señora, aquellos días en los que erais aún princesa de Noruega. Yo gozaba del favor del rey Alfonso, entonces, y me mandaron en una expedición a vuestro país, con la intención de cerrar tratados y de pediros en matrimonio.

Aquel verano cumplí veintidós años…

– Viajé con mi señor, don Fernando de Lara, que encabezaba nuestra comitiva porque, aunque era un caballero de valía, en otras ocasiones se había sentido enfermo cuando navegaba en alta mar, y se me solicitó que aliviara yo sus males. Cuidé de él como mejor supo mi conocimiento, y lo cierto es que gracias a mis tisanas, salvo el primer día, pudo hacer vida en la mar como la hacía en tierra.

Ay, su estómago débil…

– El rey, vuestro padre, nos recibió en Radasund, pero la entrevista fue breve, porque se acercaba el invierno, y tenía él por costumbre retirarse al oeste, a Bergen. Nos dejó sin respuesta sobre nuestra misión y sin objetivo, solos en una tierra extraña de la que nada sabíamos, salvo que no había luz durante los días, ni calor durante los meses de oscuridad.

Bergen, con sus casas de colores, sus nuevas construcciones de piedra, su viento suave y siempre cargado de lluvia, los huertos primorosamente roturados, Bergen, con su olor a puerto y a tripas de pescado, que, a primera hora del alba, invadía las calles y subía hasta las siete colinas. Sentí de pronto un deseo irrefrenable de chuparme el pulgar.

– Entonces, pasadas unas semanas, me despertó con toda urgencia don Fernando en mitad de la noche. Debía viajar al monasterio de Munklif, al este, donde el joven don Haakon padecía de un mal extraño. Como me contaron que había estado de cacería, imaginé una pierna rota o unas costillas hendidas; en lugar de eso encontré un hombre joven al que la vida se le iba por cada poro de la piel. Cada uno de sus miembros sangraba, y él, con alaridos, suplicaba un remedio. Los monjes le retiraban las sábanas, empapadas en sudor y en sangre muy roja, y no podían rozarle, porque enloquecía de dolor.

Haakon, mi Haakon, sus cabellos rizados y claros en los que mi madre hundía su mano, incluso cuando él tenía ya edad de avergonzarse por ello. «Son mi orgullo», decía ella.

– Yo había estudiado con un alumno predilecto de Moshé ben Maimón, a quienes los cristianos llamáis Maimónides, y había copiado palabra por palabra el tratado sobre los venenos y sus antídotos que le dedicó al sultán Saladino, y nunca había visto nada similar, aunque había leído sobre ello. Le habían suministrado un veneno que se llamaAcqua Nefanda, que se compone de cantárida, nuez moscada, cimbalaria y mandràgora. Esa ponzoña abre primero las venas, y luego los otros órganos, y luego la piel, hasta que el pobre Enfermo se desangra por el sudor.

(No lo envenenaron -nos dijeron-, su cuerpo se mantenía flexible, y su rostro, sonrosado.)

– Hice todo lo que supe. Le obligué a beber resina y rusco, y si hubiera sido mi hijo (porque era de la misma edad de mi hijo), no hubiera seguido otro tratamiento. Cuando se hizo evidente que nada podría salvarle, le di mirra y acónito, y sus gritos cesaron para dar paso a un sopor dulce. Al cabo de dos días murió; no me había separado de él, pero ni mi ciencia ni mis años de estudio habían servido para nada.

– ¿Por qué no se nos informó de la verdad? -pregunté, sin ni siquiera tener claro el que hubiera sido así. ¿No sabría mi padre esta historia? ¿No nos la habría ocultado a las mujeres, para mejor gobierno de nuestra pena?

– Cuando don Haakon murió, me hicieron regresar donde mi señor aguardaba a toda prisa. Me interrogó, y le conté la verdad. Pareció desolado. Toda la comitiva española lo estaba. Un reino sin rey es un animal sin gobierno, y nos encontrábamos allí, en aquel momento, y sin un tratado de protección. Don Fernando me llevó aparte y me preguntó de nuevo por los efectos y el veneno.