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Tres desfilaron el primer año. Tres doctores, cada uno de fama mayor que el anterior. Me cambiaron la dieta, me obligaron a comer sólo carne de buey casi cruda y su jugo, y el siguiente achacó a ese régimen el que se me hubieran hinchado las articulaciones y casi me hubiera desaparecido la orina, y me prescribió verduras y legumbres y pan sin fermento que me debilitaron y me convirtieron en el esqueleto amarillo que soy ahora.

A partir de ese momento, ya no experimenté más cambios, sólo la tristeza, la debilidad y una melancolía creciente. Recordaba la mirada apagada de mi hermano Sigurd cuando rogaba que le dejáramos solo y movía la cabeza, con amargura y resignación. El cabello se me volvió lanoso y se me caía con frecuencia, y un cerco negro apareció en mis encías, afeando mis dientes, que antes eran lindos, blancos y parejos, y ahora sentía flojos.

– Yo le di forma de ungüento, para que pudiera abrirse paso hacia la sangre a través de la piel, y moderé sus efectos para que fueran lentos y pudieran confundirse con otras dolencias.

– No hay cura, ¿verdad? -pregunté, como si hablara de otra persona.

El médico movió la cabeza de un lado a otro.

– En un principio, puede atajarse si se toman levaduras y pasta de nueces, y algunos otros remedios, pero causa siempre daños, y no hay antídoto para ello. Destroza los riñones y el cerebro, y muchos mueren locos, con la memoria perdidas

Yo ya hablaba sola. «Trébol», recordé, de pronto. «Kl0ver» significaba «trébol»… «Kl0ver» significaba «trébol»… «Trébol.»

– Pero mi relicario…, mi salero y mi pimienta nunca variaron su color.

Eran tan hermosos, tan rojos y vivos como el primer día. Oscilaban cuando me movía, el salero en la bolsa, el medallón nervioso y saltarín sobre mi pecho. Por suerte, mi madre los reservó para mí y no acabaron en el fondo del mar, con los huesos y las joyas de Cecilia, y el ajuar que ella tuvo y que no encontré dispuesto yo.

– Son supersticiones, señora. Ni la vajilla de barro ni el polvo de unicornio ni las reliquias protegen del veneno cuando la familia real ha fijado en alguien su odio. Si queréis saber quién os traiciona, buscad alguna herida en vuestra piel y el modo de que el veneno se haya podido aplicar en ella.

Baruch dejó escapar un gemido.

– Perdón, doña Cristina. Creía que parte de mi trabajo consistía en obedecer sin que la moral entrara en mis cálculos, y me aguarda un duro castigo por ello. Como vuestro hermano, me perseguiréis hasta que muera, y más allí, quizás.

Continuaba de rodillas ante mí, y era evidente que sufría.

– Creía que entre los vuestros no se estilaban la confesión ni la contrición.

– Mi Dios distingue claramente el bien del mal, premia y castiga con justicia.

– Id en paz -dije-. Vos no tenéis culpa en esto. Sería acusar al filo de la espada por cortar, y que escapara sin culpa quien la empuña. Os perdono de todo corazón. No ahora, porque soy incapaz de ello, pero os prometo que cuando estos primeros momentos hayan pasado, elevaré una oración por vos.

Hace de esto cinco días: algo de verdad debe de haber en que el mercurio vacía el cerebro, porque soy una nuez hueca, que piensa con pausas entre las frases, que regresa una y otra vez a la misma idea. Nunca fui muy lista, pero no creo haber sido siempre tan tonta como soy ahora.

Castilla me envenenaba, pero ¿quién? ¿Quién de ellos podría odiarme tanto, quién podría ambicionar lo poco que tenía, una gota de agua frente a sus mares, yo, que ni siquiera tenía hijos y no era, por lo tanto, un peligro, que nunca había intrigado, ni hecho ningún mal?

¿Qué error había cometido para que alguien, lentamente, me viera apagarme y dolerme, y dispusiera que aún había de sufrir más antes de mi muerte?

¿Y quién había envenenado a mi hermano? ¿Quién se había beneficiado de ello, si todos salimos perdiendo?

Cuando se convocaron las Cortes en Sevilla y aquí vinieron los infantes, sus acompañantes y, finalmente, los reyes, doña Violante se alegró tanto de encontrarme enferma como el resto de la comitiva se horrorizó. Acostumbrada a verme cada día un poco más débil, y a un espejo sincero, no fue agradable que me compadecieran y desviaran la mirada.

– Os dije que comierais bien -me dijo mi cuñada, mientras repasaba la labor de aguja que yo le entregaba, para que sus cada vez más numerosos niños tuvieran prendas cosidas por manos reales-, y, como en todo, no me habéis hecho caso. Estáis tan flaca y amarilla como mi hermana doña Constanza. Es una lástima, erais hermosa… ¿Tan malos os parecen nuestros alimentos, que no queréis probarlos? Os traía a vuestra ahijada, doña Leonor, para que os conociera, pero es una niña impresionable, y no deseo que os recuerde así. Prefiero que mantenga la idea de que erais una mujer alta y bien formada. Aunque no lo sé…, quizás sea desalmado por mi parte el privaros de la compañía de la niña, ya que vos os habéis probado incapaz de concebir una. Seré generosa. Ya os la mandaré otro día.

Estaba tan acostumbrada a su lengua que ya nada me importaba. Durante las pocas ocasiones en las que me vio en Sevilla, mientras se hospedaban con frugalidad en el alcázar, se esmeró en buscar ofensas nuevas, pero yo ya me encontraba fuera de su alcance. Me concentraba en otra cosa, en el aroma de azahar, en las mariposas que se perseguían por los patios. Ella intrigaba, pobre mujer, mientras yo decidía sobre mi pequeño imperio. Pobre, cruel, estúpida Violante, que hubiera sido un buen general para mandar sobre los ejércitos, y se ha visto obligada a tragar su propia bilis y a macerarse en su propio odio.

Don Alfonso me felicitó por mi buen manejo del castellano, que no esperaba de mí, y se mostró distraído con mi esposo y cortés conmigo.

– ¿Sois feliz aquí?

– Todo cuanto una mujer puede serlo.

– ¿Mi hermano, el infante, os trata con consideración?

– Con absoluta consideración y gracia… cuando sus obligaciones no le imponen abandonar la casa.

– Ya veo.

De sobra conocía que las relaciones entre los dos hermanos no habían mejorado desde nuestra boda y que las amistades de don Felipe no placían al rey. El monarca, además, estaba disgustado por el proceder ostentoso de su hermano don Sancho, que había ofendido con su orgullo al obispo de Sevilla, y se le oía quejarse de que sus hermanos sólo le causaban penas.

– Una familia extensa era, en tiempos antiguos, una bendición de Dios. A mí se me ha dado como prueba, para que aprecie la soledad y el estudio, y como enseñanza para que no desespere cuando la muerte se lleve a alguno de ellos.

Le cedimos nuestro cuarto cuando nos hizo el honor de mudarse por unos días a nuestra casa de las afueras, y, apoyada en el hombro de la Muda, le mostré las despensas y el patio, las caballerizas y toda mi labor.

– Sabréis disculpar nuestra humildad…

– Sin melindres, doña Cristina, sin melindres.

Tuve el orgullo de acompañarle a nuestra biblioteca, que, como correspondía a un infante que había sido hombre de la Iglesia, era numerosa. Contaba con cuarenta y un ejemplares, y no creo que hubiera en toda Sevilla otra que se le comparara.

– Tenéis el Dialogas contra iudaeos de Pedro Alonso -se admiró-. Antes de convertirse a la fe se había llamado Moshé Sefardí, y lo leo con frecuencia y con mucho agrado, por haber sido muy buen astrólogo y aritmético.

Por sugerencia de Baruch, nos habíamos hecho con una copia de los Fundamentos de la inteligencia y la torre de la fe, de Abraham Bar Hiyya, que yo nunca supe descifrar, pero que le arrancó otra sonrisa a don Alfonso.

– Sabéis, sin duda, que vuestro hermano don Magnus ha desposado a una princesa danesa -me dijo, mientras nos sentábamos en el patio interior y el negro, un morito y una esclava rubia nos atendían.

– Así es.

Magnus se había casado en septiembre con Ingeborg Eriksdatter, hija de reyes, de la que se contaba que era muy dulce y muy instruida, y que amaba la poesía. Claro que también de mí se dijo que dominaba el latín.