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– Vuestro hermano será un gran rey -dijo el de Castilla-. Ha llegado al trono en el momento adecuado, y cuenta con los apoyos precisos. Sed mi anfitriona, doña Cristina, sentaos a mi lado y deleitadme, que nos vemos poco y por nuestras obligaciones sospecho que aún menos nos veremos.

Hice que los esclavos moros tocaran los instrumentos que eran propios de su tierra, y así, con buena comida y algo de refinamiento, atendí lo mejor que supe a mi señor y a su séquito. Les serví frutas, en primer lugar, higos de mis árboles, manzanas verdes y naranjas dulces y amargas. Carnero y torcaz, un besugo que había despertado la admiración en la cocina y, después de las viandas acostumbradas, nueces con miel.

– Recordáis bien mis gustos, pese al breve tiempo que vivisteis con nosotros.

– ¿Cómo olvidar nada referente a quien tan grande honor me hizo?

– ¿No teníais vos una gineta, señora?

– Sí, Majestad.

– ¿Ya no la tenéis?

– No, Majestad.

– Lástima. Se les coge cariño a esos animalillos.

En la conversación, le escuché con atención, como hacían todos, o fingían hacer, cuando el rey hablaba, y sólo una cosa le dije. Indagué si permanecía en su mente el Fecho del Imperio y si continuaba con la ambición de ceñir la corona de emperador.

– Así es, doña Cristina -contestó-, y si es vuestra intención afeármelo, ahorraos el esfuerzo, porque ya sabemos que han sido muchos empeños vanos los que llevamos; pero este año se verá completado mi deseo. Este año tengo una corazonada. Los astros son claros en ese aspecto, y he aprendido una manera nueva de leerlos. Y decidme quién os envía con esa pregunta, porque no creo que sea don Felipe, mi hermano, que bastante tiene con intrigar con esos Castro y esos Lara.

Lo dijo en voz suficientemente alta como para que mi marido, sentado a cierta distancia, lo escuchara; pero don Felipe hablaba con don Manuel y aparentó no haber sido aludido.

– También yo me sentaré en el trono del Imperio en buen momento -continuó-. Conquistamos Cádiz, que significa obtener dominio sobre Jerez, San Lucas de Barrameda, El Puerto, Palos, Moguer y Lepe. Los moros quedan acorralados en los altos y en el reino de Granada.

– Pero -dije yo- en tanto que eso ocurre, la gente huye, y nadie cultiva los campos.

Mientras movía a los moros, los mataba y los expulsaba, la tierra se quedaba muerta. Y don Alfonso no organizaba, a la par que la guerra, llamadas a la gente de otros lugares para que fueran allí a instalarse y así dar vida a lo que antes habían sido vegas y valles populosos.

– Acudirán poco a poco. No quiero despoblar Castilla para que se llene de gente el sur. Mientras cuente con el apoyo de Portugal y de Aragón, continuaré conquistando tierras. Antes de morir, mi padre el rey Santo me dijo que si mantenía el reino como lo había heredado, sería tan buen rey como él. Bien, pues yo lo convertiré en un imperio.

– El apoyo del rey de Portugal nos cuesta mucho -me atreví a decir-. A Sevilla llegaron muchos súbditos de Niebla, hambrientos y desesperados.

– Niebla, Niebla…, harto estoy de oír hablar de Niebla. Nos costó nueve meses de asedio, nuestros buenos dineros y las quejas de todos. Es cierto que Niebla nunca nos atacó y que pagaba sus impuestos, pero se reunían allí moros y mudéjares de toda la morería. Cambiaban mensajes con los africanos y eran cabeza de rebelión. ¿Qué se me achaca? Como rey, mi obligación es la conquista, y, como cristiano, la conversión de los infieles. Aguantamos el cerco mes tras mes, soportamos una plaga de moscas como no se ha visto nada igual. Los condenados moros nos arrojaban desde las murallas ingenios que ardían y estallaban como truenos, que dicen que es invento oriental, la pólvora. Los rendimos por hambre, pero sufrimos mucho. Vencí el reino de Niebla en buena lid, le di buena casa y buen retiro a Ibn Mahfuz, su rey. Aquí lo tenéis, viviendo en Sevilla con sus sirvientes.

Sus sirvientas. Mi cuñado olvidaba que había pasado a cuchillo a todos los varones del pacífico y diminuto reino, y que tan sólo había respetado la vida del rey. Y luego, en un gesto de generosidad, había entregado Niebla al rey portugués.

Comían los infantes y sus deudos a mi mesa, y yo pensaba en que la guerra ya no era rentable. Si de otras anteriores extraíamos bienes y metales de los sarracenos, las últimas nos habían empobrecido lamentablemente. ¿Cuántos señores no se enriquecieron con las expediciones a tierras de moros? Varios nobles con un vínculo común lograban el beneficio de las muertes y las expediciones.

Con los nuevos tiempos, todo cambiaba. La nobleza menor no se aplacaba con sangre ni oro. Ansiaba el poder. Harían falta enormes sacrificios para mantenerla callada, que no satisfecha. En un tiempo anterior, saqueábamos a los otros. A los moros. A los judíos. En breve nos veríamos abocados a robarnos entre nosotros.

Mientras entraban el besugo, que se había asado en el segundo patio, para que apreciaran su impresionante tamaño, y aplaudían su sabor por adelantado los mejores de Castilla, la gente moría de hambre. Los niños no nacían. El hambre enfriaba las matrices de las mujeres, que no alcanzaban el suficiente calor para cocinar nuevos siervos. En esta tierra yerma y estragada de Castilla se nos morían los viejos y los jóvenes, los que vivirían para nosotros y los que por nosotros morirían.

Se hacía necesario el reparto de comidas mientras se recuperaban del rocío y la granizada las cosechas. Y, más urgente aún, convenía informar a los campesinos de las ventajas de plantar, con el tiempo por delante, viñedos y olivos, y con los días amarrados a la garganta, garbanzos y lentejas. Era preciso, con urgencia, que se acometieran los cambios que en mis humildes posesiones se habían llevado a cabo. Abrí la boca, y la cerré luego.

Si ni siquiera mi esposo, cuya fortuna había multiplicado, había gastado un momento en preguntarme de qué manera lo hacía; si el rey ni siquiera escuchaba a sus consejeros, muchos de los cuales eran de mi idea, y poseían sobre él más influencia y ascendiente; si a cualquier plan que yo sugiriera la reina iba a encontrarle mil peros, mil defectos y una necedad risible, ¿a qué iba a hablar?

Y así, el rey Sabio, la mente más brillante de su siglo, perdía la tierra bajo sus pies, mientras intentaba tocar el cielo sobre su cabeza.

Cuando finalizó su estancia en mi casa, porque eran muchas las que debía honrar y en las que le debían vasallaje, me besó, como había hecho cuando me conoció, en la frente, en los ojos y en la boca.

– Quedo en deuda con vos, doña Cristina, y que la Madre Santísima os bendiga con sus favores. Mi suegro os alaba por discreta, y veo ahora que esa fama es cierta.

– Dios quiera que regreséis pronto y honréis de nuevo esta finca.

Don Alfonso pareció vacilar.

– No sé cuándo volveremos a vernos. Sé que no estáis buena: tampoco yo tengo la salud de antaño. Un dolor persistente me nace de esta muela, y se extiende por mi mandíbula, y por mucho que ahonde el cirujano, no le encuentra la raíz. Venimos a sufrir a este valle de lágrimas, pero tened ánimo, que sois joven y gozáis del amor de vuestro esposo y de todos los que os conocen. Con la primavera y la sangre nueva volveréis a ser la flor del Norte.

Sonreí, a mi pesar. Él también sonrió.

– Y que no os ocupen la cabeza los asuntos de Estado ni de política, que son cosas de varones, y sin duda parte de vuestras dolencias provienen de ahí. Que la inteligencia no tenga tratos con vuestra hermosura, y así se mantendrán cada una en su lugar.

Marcharon todos y la casa quedó en un silencio lúgubre. Acostumbrada como estaba a la soledad, no había reparado en cuánto se había parecido por aquellos días mi casa sevillana al palacio de Bergen, los niños, los escuderos, el trajín en las cocinas, los ruidos a deshora que perturbaban los nervios, sí, pero cómo consolaban el corazón.