Dos días más tarde me anunciaron la visita de mi cuñado don Fadrique. Esperaba a caballo, tal y como era su privilegio por sangre, y a sus espaldas le seguía un carro con una silla mora. Le recibí en mis habitaciones, mientras los esclavos daban vueltas en torno al regalo que me traía y comentaban entre ellos en algarabía. Don Fadrique había engordado desde mi mañana de elección en Valladolid, y parecía también más joven.
– ¿Cómo os encontráis? -me preguntó.
– Tal mal como aparento.
– Yo nunca he estado enfermo -dijo, mientras sorbía con una paja de centeno el jugo de naranja que le había ofrecido-, pero sé que es una cosa triste. Un pajarillo del norte como vos se ahoga en Sevilla. Id a vuestras posesiones de Covarrubias. El frío de allí os devolverá la salud.
– Mi lugar es ahora esta casa, y don Felipe no quiere regresar a Burgos. Sus intereses están aquí, y los míos nacen parejos a los suyos.
– Los intereses de don Felipe son sólo suyos, os lo aseguro…
Doña Inés se aseguró de que no necesitáramos nada más y abandonó el cuarto, silenciosa. Era la hora en la que se acercaba a escuchar misa a una iglesia cercana, que antes había sido mezquita y se coronaba con una torrecilla retorcida y puntiaguda.
– No debimos traeros aquí -dijo, con su voz entre dientes y labios cerrados, mi cuñado.
– Era mi destino.
– Si me hubierais elegido a mí, yo os hubiera dado mejor trato que Felipe.
– Si hubierais sido amigo de mujeres, yo os hubiera elegido.
El se rió.
– Pero… ¿cómo osáis?
– ¿Se castigan ahora las verdades en Castilla?
– Las verdades siempre han sido castigadas, en Castilla y en cualquier otro lugar. -Dio otro sorbo-. Hicimos mal en traeros. Valíais más que el oro y el trigo.
– Sé lo que valía en plata quemada.
– Al menos, los noruegos comen pan gracias a vos.
En un primer momento, no le entendí. Luego intenté mantener la réplica ágil, como hasta entonces.
– Los noruegos siempre comieron buen pan, don Fadrique.
– Puede. Pero convendréis conmigo, doña Cristina, en que nuestro vino es infinitamente mejor.
La abuela Inga me había despreciado cuando yo, con la insensatez de la juventud, había asegurado no tener enemigos. Ella nunca dejó de mirar bajo la cama, entre los tapices, ni prescindió nunca de la esclava sueca catadora, que probaba antes que ella cada bocado y cada sorbo.
Para nosotros, sus nietos, el peligro procedía de nombres concretos y de acciones fijas. No creíamos, como ella, que la vida fuera una lucha contra todo y contra todos, un pulso desesperado contra la muerte en el que se perdía siempre, aunque convenía mantenerse en la batalla durante el mayor tiempo posible.
Si ella debía lo que tenía al juicio de Dios, a su mano imbatible y su fuerza de voluntad, yo vivía en un reino en el que la única ordalía de los últimos años había tenido lugar para elegir qué rito debiera imperar en la Iglesia, si el romano o el toledano. Se libró en Burgos, un Domingo de Ramos.
Mientras los caballeros defensores batallaban entre ellos, se prendió una hoguera de leña en la plaza principal, y a ella se arrojaron dos misales, el que contenía el oficio romano, y otro, bien guarnecido, que llevaba escrito, palabra por palabra, el toledano. Si uno de los misales no se quemaba, era ése el que triunfaría en las iglesias. Por caprichos del fuego, el toledano saltó fuera del suelo. Y el rey (algunos dicen que no fue él, sino un emisario real), de una patada, sin respeto por el santo texto, lo devolvió al fuego, donde se consumió. De lo que se deduce lo que siempre hemos sabido de los juicios de Dios, que donde impera voluntad real, obedecen las leyes del Cielo.
¿Quién se beneficiaba de la muerte de Haakon? Sólo una persona: el pequeño Magnus. Quiero decir, Su Majestad, el rey Magnus de Noruega.
Lo vimos crecer con la atención fijada en otras gracias, en otros avances. Nunca guardó demasiada relación con Sigurd ni con Cecilia, con quienes la diferencia de edad era dilatada. Tampoco se acercó demasiado a Haakon, cuyos deberes como heredero eran tantos y tan pesados que se le marcaban aparte. Olaf no le sirvió de apoyo, perdido en las tinieblas de su ceguera, encerrado, como yo ahora, en su triste cámara.
En cuanto a mí, Magnus fue mi juguete durante algunos años. Lo llevaba conmigo a todas partes, me enorgullecía su semblante serio y su precocidad de entendimiento. Luego, cuando me hice mujer, lo abandoné. No sé cómo. No recuerdo cómo. Otros juegos más fascinantes me ocuparon. Magnus, sencillamente, desapareció.
No lo veía cuando salíamos a recibir a Haakon las tres damas principales de la corte, cada una con su refresco. No obtenía demasiada atención en los pocos torneos en los que se le permitía participar, ni tampoco destacaba en los juegos de versos. Durante años pasó desapercibido, sentado en los lugares menores de la mesa, mientras estudiaba y se formaba, con toda probabilidad, para la Iglesia.
Llevaba sangre birkebeiner y bagler. Sangre de asesino, como todos nosotros. Sangre cainita; vio cómo mi madre le negaba a su hermano un tercio del reino, y cómo celebró su muerte. Nosotros le mostramos el ejemplo. Cuando despedazamos el cuerpo de Sigurd, cuando nos negamos a la piedad para los jóvenes poseedores de salinas que solicitaban merced, él observaba, y alimentaba con esa ponzoña su corazón.
Sólo teníamos ojos para Haakon, y nos arrancó los ojos.
Necesitaría cómplices. El se mantuvo a nuestro lado mientras Haakon cabalgaba hacia los cotos. No fueron muchos los caballeros que le acompañaron. Ivar se contaba entre ellos. ¿Podría Ivar haberle traicionado? La dama de alta alcurnia a la que estaba destinado, ¿se la había conseguido Haakon, poco dado a esas labores, o Magnus, que por el contrario destacaba, como mi padre, en la visión para los enlaces familiares?
Magnus hubiera tenido fácil acceso al Acqua Nefanda. A diferencia de los míos, de los de mi madre, de los de Haakon, sus movimientos no llamaban la atención. Y la Bruja, a la que mi madre había llevado a todos sus hijos, era una conocida envenenadora. Envenenadora, partera, remendadora de virgos, lectora de runas y de augurios.
¿Qué le profetizaría a Magnus? ¿Cuántas veces se reunirían ambos, para beber aquella tisana que aligeraba la cabeza y dilataba las pupilas? ¿Con qué planes, con qué futuro? Nada adivinó de mis dorados pronósticos.
Un puro engaño, como mi padre dijo. Pero ¿y del de Magnus?
Con cuánta rapidez se rehízo, admiramos. Mientras mi madre zanjaba sus cuentas pendientes con el fantasma de Kanja, y mi padre inclinaba su noble cabeza, abrumado de nuevo por el poder en solitario, él tomó la carga que no le estaba destinada y la asumió. Escuchó los llantos del pueblo, que invocaba el nombre de Haakon y prendía velas para guiar su alma. Y luego, con serenidad, con toda calma, se sentó en su silla, en el lugar principal de la mesa.
La abuela tuvo que haberlo sabido. Puede que incluso la idea partiera de ella. Todos la habíamos decepcionado. Cecilia, por obligarle, a ella y a mi padre, a buscarle otro marido cuando ya le habían destinado el bagler; Sigurd, de voluntad débil y espíritu torturado; Olaf, a quien ni siquiera dedicaba un instante; yo, que no parecía servir para ningún trato real, o provechoso, o adecuado; Haakon, irreflexivo e impulsivo, mucho más inteligente que mi padre y libre de sus inseguridades, y, por lo tanto, menos deseoso que él de dejarse guiar por los juicios de la abuela Inga.
Magnus, callado, silencioso, taimado, era como ella: un superviviente que no alardeaba, un escorpión agazapado en una esquina, tan inflexible como ella, e igual de ambicioso.
Mi abuela sí miraba a Magnus. Mi abuela, a la que no se le escapaba nada de lo que ocurriera a su alrededor, no se dejaba deslumbrar y se dirigía hacia lo que deseaba como una flecha que busca el blanco. Siempre había logrado lo que buscaba.