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Fue la reina quien me la recomendó, quien la colocó en mi séquito desde los primeros días. Violante, la Yolanda de los poetas, contra la que su propio padre me había prevenido.

– ¿No es ella la que os recompensa? -balbuceo, confusa.

– Con vuestra muerte recibo yo mi recompensa -dice ella, su boquita fruncida-. Ya os dije hace tiempo que a su debido momento me proporcionaríais el marido que merecía.

Da vueltas a su anillo, que lleva una cruz pintada en laca. Mil veces antes había visto esa cruz en los pechos de cien hombres. Eran las tropas castellanas esclavas de las voluntades de sus señores. Y entre ellos se encontraban las Órdenes Militares del Temple y de Santiago, de Calatrava y el Hospital, y los caballeros de las milicias de Toledo, Medina, Segovia, Ávila, Cuenca, de Burgos y del resto de las ciudades de las que mi esposo don Felipe recibía impuestos, dádivas y compromisos. Le conocí yo ya sin cruz. Le vi con un jubón de paño zafio, un manto de terciopelo negro y una cadena gruesa que finalizaba en su cintura.

Como los eslabones de esa cadena, se anclan los rumores y cobra sentido lo que hasta entonces estaba disperso. Ha querido el Cielo que me entere así de las verdades, mientras a otros les son reveladas con suavidad y avisos.

– ¿Creéis, loca, que se casará con vos? ¿Un infante de Castilla, con fortuna propia y apostura? ¿Con una dama de compañía, la hija de un secretario?

– Se casará conmigo porque así me lo prometió, y porque no piensa en otra cosa desde que me conoció.

Rompo a reír.

– Las promesas de los hombres se las lleva el primer viento que pase. Aunque enviude, elegirá a una mujer de apellido. Una Lara o una Rodríguez de Castro.

Ella se acerca más a mí de nuevo, con cuidado, como si yo, como las ginetas sin amaestrar, pudiera aún morderla o arañarla con los peinecillos.

– Nos conocimos en Burgos, hace seis años. Acudió a la casa de mi padre, para tratar del asunto de una bula que habíamos solicitado, y al mirarnos, se nos perdió el corazón por los ojos. Enloquecí. Cuando me supe correspondida, me sentí dispuesta a saltar por encima del fuego, a cualquier sacrificio que me cupiera. Don Felipe pidió entonces al rey que le liberara de sus votos, porque deseaba regresar al mundo. El rey se lo negó. Seis veces elevó sus peticiones, y seis veces le fueron rechazadas, cada vez más iracundo el rey, porque deseaba a alguien de su confianza en la Iglesia, y más en Sevilla, y don Sancho, que Dios guarde, no era hombre de palabra.

El carácter del arzobispo de Sevilla no es apropiado para su santo ministerio, me dijeron, mientras me lo colocaban ante los ojos, el último, el más hermoso. La única opción posible.

– Entonces, el rey cambió de idea y le mandó llamar, conciliador. Con el temor en el cuerpo, pero esperanzados, vimos una esperanza para nuestra unión. Acudió don Felipe a Toledo y regresó con el permiso de ahorcar los hábitos, pero sólo bajo la condición de que matrimoniara con vos, porque al rey le hacían falta los votos de los noruegos en el Fecho del Imperio y mataba, creía así, dos pájaros de un golpe, las quejas del hermano y el halago al rey noruego.

Hizo una pausa.

– Creí morir. Los sufrimientos de los que os preciáis vos ahora -me señaló- no son nada comparados con las fiebres que me arrasaron. Dejé de comer, y me era imposible dormir. Pedí entonces a la Santísima Virgen que me iluminara, y ella así lo hizo. Ella no abandona nunca a los desesperados.

Robin the Hood, desangrado por una abadesa impía. El rey don Alfonso, con una infección en la mandíbula, solo y engañado por todos. Oh, sí. No desampara a sus fieles.

– Fingí voto de castidad por el favor de haberme recuperado y pedí a mis padres que me presentaran ante la reina. A la reina yo le estorbaba, y como no me quería a su alrededor, tal y como era de esperar, fue rápida en entregarme a vos.

Nunca he sido afortunada en mis amistades con las mujeres. Astrid, primero, y esta víbora, ahora. Sólo Cecilia me quiso, y quizás únicamente por ser mi hermana.

– Don Felipe no os ama. Quizás lo hizo, tiempo atrás, cuando era clérigo, pero ni siquiera os mira ahora. Ha cuidado de mí desde entonces. Ni una sola noche ha dejado de yacer conmigo.

Doña Inés comienza a reír.

– ¿Yacer? ¿A quién le contáis eso? ¿Olvidáis mi puesto? ¿Y quién os dice que para el amor hace falta la noche? ¿Y quién os dice lo que ocurre en las horas entre las que cerráis los ojos y los abrís de nuevo? Sois doncella, y lo sé bien, porque en las noches en las que nos podía el deseo, os suministraba una droga con el vino de la cena, y holgábamos, y nos reíamos de vos, y aguardábamos con paciencia lo inevitable. Tres veces os he pedido permiso para irme en estos cuatro años a la casa de mi padre, y en las tres nunca llegué allá. Me escapaba a la casa de una mujer en Erija, que sabe de estas cosas y que me daba las hierbas necesarias para desembarazarme, y cuando me había recuperado, regresaba a Sevilla, sin que nadie notara nada. ¿Cuántas veces os habéis preñado vos?

Dice la verdad, porque así lo siento y porque de nuevo la cadena se alarga con nuevos eslabones que encajan. Y, sin embargo, cuántas noches, entregado al sueño, me ha despertado don Felipe porque me abrazaba con fuerza y no me dejaba moverme, ni siquiera respirar. Y cuántas otras noches no ha podido dormir si no me cogía de la mano, como un niño pequeño que buscara la protección, el perdón, el descanso.

– Vuestra noche de bodas -continúa contando la arpía- fue mi noche de bodas. Fue el regalo que me hizo, despreciar el lecho de una hija de reyes para venirme a gozar al mío. Y desde entonces, así ha sido en todas las ocasiones posibles.

Intento recuperar la entereza. Mi mente no puede ordenar las frases a tanta velocidad. La miro, atravesada por el asco.

– Aun así, sois una envenenadora. Una asesina. Mi marido no os perdonará eso, por muy hechizado que le tengáis.

Ríe aún más. Más fuerte.

– ¿De quién creéis que fue la idea? ¿Quién pensáis que me dio fuerzas, en los momentos en los que flaqueaba, en los que vi que pasaban los meses y no os moríais, maldita, no os moríais? ¿Quién creéis que me dio el unto para las peinetas, que sólo está al alcance de los infantes de Castilla? ¿A quién se lo vais a contar que no esté de mi parte, o que os crea? Si quisiera, podría mataros ahora mismo. Mirad el regalo de oro que nos traían del norte, ved en qué se ha quedado. Confesaos de vuestros pecados, que os ha llegado la hora, y yo los míos los aguanto muy bien sobre mi conciencia.

Escoge al mejor de ellos.

Entrega tu plata.

Ahora qué más da todo eso.

Mi abuelo, Haakon III, murió así, como yo muero.

Pero ahora que lo pienso con detenimiento, yo ya sabía parte de esto que me han contado. Por mucho que me mintiera a mí misma, por muchas explicaciones que pergeñara en mi cabeza, sabía que el infante don Felipe no era impotente, ni débil, ni estaba mal formado.

Durante los primeros meses, en los que aún intentaba seducirle y me acercaba a él y le acariciaba, su olor se mezclaba con otros extraños, ecos de piel humana y no de perfume, y yo adivinaba otra rival cerca. En dos ocasiones le entreví con una de las esclavas, pero comoquiera que ninguna se me presentó con un hijo suyo, no tenía ninguna protesta que hacerle. Además, sin heredades que legar ni títulos que quedaran detrás, mi obligación de darle un hijo continuaba, pero atenuada, como un deber eternamente pospuesto.

La mayor parte del tiempo me resignaba a esta vida. Había visto a demasiadas mujeres morir o quedar inútiles tras un parto como para echar de menos la experiencia, mujeres que perdían los dientes con el primer embarazo o no sobrevivían a las fiebres puerperales. Yo había vivido veinticuatro, veinticinco años sobre esta tierra, y me sentía afortunada. Además, todos los santos elogiaban la castidad y la pureza, aun dentro del matrimonio.