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– Buenas noches, doña Cristina.

– Buenas noches, esposo.

Pero otras veces, cuando por las mañanas me despertaba y tras un instante de inquietud recordaba quién era, dónde estaba, qué me había llevado allí, me asaltaba una furia ciega, el deseo de hacer daño sin mirar a quién, por el propio placer de que alguien sufriera como yo sufría.

Uno de esos días me desperté antes de lo habitual. Mi marido dormía fuera: había ido a correr los toros a algún lugar que no recuerdo y se ausentaba durante unas jornadas. Escuché unas risas ahogadas y unos jadeos. Intrigada, me levanté (aún podía caminar sin la ayuda de nadie) y seguí el sonido. Josefa, una de mis dueñas, había dejado la puerta de su cuarto abierta, porque mediaba julio y el calor agobiaba, y sólo con el ventanuco y la entrada franca se entablaba un poco de corriente que lo aliviara.

Se había subido al cuarto a mi esclavo más joven, al que adiestraba para ser mi preferido, y le estaba enseñando el juego del hombre y la mujer. Sin pudor, sin reparos. Los atrapé como dos perros, y tan absortos estaban en su pecado que hasta que agarré una vara y comencé a golpearlos ni siquiera repararon en mi presencia.

– ¡Cerdos! ¡Animales!

Di voces, convoqué a la casa. Mariquilla y doña Inés, y doña Juana, que aún habitaba conmigo, intentaron calmarme, pero fue en vano. Juré en noruego, repetí las palabras sucias que se les dedicaba a las caballerías y a las furcias, y luego, con una idea en la mente, me calmé.

– Castrad al muchacho -ordené-, cortadle la lengua a la dueña.

Comenzaron a gritar todos ellos.

– No lo repetiré. Si no lo hacéis de inmediato, los mataré, y os mandaré azotar a todos.

Algo en mi voz los convenció de que no exageraba el castigo. Callaron. Doña Inés, muy pálida, empujó al esclavo que tenía a su lado.

– ¿No habéis oído a la infanta? ¡Vamos! ¡Proceded!

Pese a los alaridos de los pecadores, no se atrevieron a desobedecerme.

Esa tarde, cuando aún no se había disipado en el patio el olor a carne quemada de los cuchillos cauterizadores, me sobrevinieron los remordimientos. Recordaba mi acceso de cólera como si lo hubiera experimentado otra persona, como si mi madre hubiera tomado mi cuerpo prestado y lo hubiera empleado para gritar en la manera en la que ella lo hacía. Entre lágrimas le confesé a Baruch que temía que mi marido se contrariara y me riñera.

– Qué vergüenza, Baruch…, así sigo los buenos consejos que me dio nuestro señor don Jaime…

– Vamos, vamos, no os disgustéis por una tontería. Don Felipe no se cuida de las dueñas, y al muchacho había que castrarlo antes o después. Vos no digáis nada, que me encargaré yo de amedrentar a los otros.

Le miré esperanzada. Él asintió.

– No castiguéis vuestros preciosos ojos con ese llanto por algo tan baladí. Recobrad la compostura, yo me ocupo.

Así fue. Alguna vez le he mencionado a mi marido que se acercaba el momento de castrar al chiquillo de Berbería, pero su respuesta es siempre compasiva:

– Pobrecillo, es tierno aún. Aguardemos un poco más.

Yo finjo entonces sentir pena, también, y así pasan los días. Con cierta frecuencia, los dos, el chico capado y Josefa la Muda, comparten lecho, aunque ya nada pueden hacer, y yo hago la vista gorda. Nos aferramos a los hábitos, por más que no tengan sentido ya en el presente. También yo, con más frecuencia de la que desearía, me chupo el pulgar cuando me siento sola.

La vida de los hombres transcurre, por lo habitual, de la manera más monótona. Los hijos suceden a sus padres en sus oficios y puestos, y los días, los meses y los años giran y se repiten, siempre en hilera, la noche y la luz. Nada cambia, y al final, llega la muerte. A mí me destinó Dios a una existencia llena de saltos y a un largo viaje. Pero también así me llega la muerte, siguiendo los mismos oficios y cayendo en las mismas trampas que mis antepasados. Porque late en nosotros su sangre, somos sus hijos, y nada puede apartarnos de nuestro destino, ni las oraciones, ni los amuletos, ni las promesas a los santos, ni la más decidida de las voluntades humanas.

¿Cómo llegará a oídos de mi madre, la reina, la noticia de que únicamente le queda un hijo? Mi madre nunca me tuvo gran afecto. Se desilusionó cuando supo que era una niña, porque además los meses de mi espera habían sido molestos para ella, y el parto difícil. Me entregó al aya lo antes posible, y buscó un nuevo hijo, que fue el malogrado Olaf, en cuanto le fue posible.

En mis primeros años aprendí rápidamente a comportarme como ella deseaba, porque se le acababa pronto la paciencia y me apartaba de sí si lloraba o la importunaba.

– Quita. Aparta. No haces sino avergonzarme. No puedo llevarte a ningún sitio.

No toleraba que considerara nada mío, y hasta me arrebató a la gata nodriza que me protegía en la cuna cuando era muy pequeña.

Cuando crecí, supe que de poco me valían las lágrimas, y si Cecilia fingía no escuchar las exigencias de mi madre, y acuñaba con ello la reputación de mantener la cabeza en las nubes, yo comencé a enfrentarme a ella y a su tiranía de gritos y de obligaciones.

– Aunque sea a palos -me decía, con los ojos entrecerrados por la ciega cólera que le provocaba- aprenderás a ser una buena hija. Así tenga que costarme a mí la salud y a ti la vida, me obedecerás.

Si me pedía que cosiera, yo me negaba. Me encerraba entonces y me encontraba dos horas más tarde, con los brazos cruzados y ni una sola puntada en el tejido. Si me llevaba a la cocina para que aprendiera, de la manera convencional, a aprovechar los arándanos del verano, yo miraba hacia otro lado y fingía no escuchar ni una sola palabra, hasta que me golpeaba.

– Nadie te querrá -gritaba, exasperada-. No sabes hacer nada, no tienes nada que no te dé yo o no te regale tu padre. ¿Quién te va a querer, presuntuosa, flaca, fea como eres?

Vomitaba si me forzaba a curtir las pieles, y soportaba bien el que me castigara sin alimentos. A veces mi abuela Inga intercedía, y me hacía llegar una manzana verde, mis preferidas, sin que nadie se enterara. Así era la vida de las doncellas en la corte, esclavas de las mujeres mayores que intentaban domar nuestro carácter para que nos sometiéramos, para que ocurriera lo que nos ocurriera en las casas o los reinos a los que estábamos destinadas nuestra voluntad estuviera preparada y no nos rindiéramos o nos plegáramos a las normas; según la fuerza de nuestros enemigos.

– He visto cómo ejecutaban a mi padre ante mis propios ojos, y no creas que lloraré si tengo que matarte a ti a golpes para que me obedezcas -decía mi madre, y a mí me aterraba, porque la sabía capaz de ello, y recordaba muy vagamente los detalles de la muerte del abuelo, el traidor contra mi padre y los nuestros.

Creo que, con los años, mi madre me tomó algún afecto. No lo suficiente como para mimarme, pero sí como para relajar su vigilancia sobre mí. Se hacía mayor y prefería dedicar su atención a temas más importantes que yo.

– Ha de ver que eres como ella -me aconsejó Cecilia-. Te pareces en exceso a la familia de nuestro padre, y no sabe cómo tratarte. Muéstrate dura, pero no frente a sus deseos: imítala.

– No lo lograré -le decía.

– Sí que lo harás. Si yo he podido, tú también.

Durante algún tiempo me pregunté qué lograría que mi madre me mirara con amor. Entonces, en una de las ejecuciones del invierno a las que, por compromiso, debíamos asistir, se presentó mi oportunidad. El condenado me vio pasar a su lado y se arrojó sobre el barro helado. Intentó tocar el borde de mi túnica.

– ¡Princesa, tened piedad! ¡Piedad, señora! ¡Nunca me alcé contra el rey ni albergué ninguna traición! ¡Han sido malos enemigos los que me han delatado, y por ellos encuentro mi ruina! ¡Salvadme, señora, que mis padres no tienen más hijo que yo!