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– Éste, señora, es uno de los puntos que más me ha desconcertado.

– ¿Quiere que aumente su desconcierto? He dicho una mujer de mala vida, pero quisiera aclarar que no me refería ni a una prostituta ni a una mujer a la que hubiera que pagar. No he sabido explicarme bien. Le voy a decir una cosa: recién casados, Silvio me confesó que él jamás había estado con una prostituta y que tampoco había visitado una casa de tolerancia, cuando todavía estaban abiertas. Había algo que se lo impedía. Por eso me pregunto qué clase de mujer era la que lo convenció para que mantuviera una relación con ella en semejante lugar.

Montalbano tampoco había estado jamás con una puta, y confiaba en que las nuevas revelaciones sobre Luparello no pusieran de manifiesto otros parecidos entre él y un hombre con quien por nada del mundo hubiera querido compartir el pan.

– Mire, mi marido disfrutaba de sus vicios, pero jamás tuvo tentaciones de aniquilación, de éxtasis hacia abajo, como decía un escritor francés. Sus amores los consumía discretamente en una casita que había mandado construir, no a su nombre, en el mismo borde de Capo Massaria. Lo supe a través de la consabida amiga caritativa.

Se levantó, fue al escritorio, buscó en un cajón y volvió a sentarse sosteniendo en la mano un sobre grande de color amarillo, un llavero de metal con dos llaves y una lupa. Le ofreció las llaves al comisario.

– Por cierto. Con las llaves era un maniático. De todas tenía dos copias; una la guardaba en aquel cajón y la otra la llevaba siempre encima. Pues bien, este último juego de llaves no se encontró.

– ¿No estaba en los bolsillos del ingeniero?

– No. Ni en su estudio. Tampoco se encontraron en el otro despacho, en el, ¿cómo diríamos?, despacho político. Desaparecieron, se volatilizaron.

– Pudo perderlas por la calle. No se ha dicho que se las sustrajeran.

– No es posible. Mire, mi marido tenía seis manojos de llaves. Uno para esta casa, otro para la casa del campo, otro para la casa de la playa, otro para el despacho, otro para el estudio y otro para la casita. Los guardaba todos en la guantera del coche. Y cada vez, sacaba el manojo que necesitaba.

– ¿Y no se encontraron en el coche?

– No. He ordenado cambiar todas las cerraduras. Exceptuando las de la casita, cuya existencia yo ignoro oficialmente. Si le apetece, dese una vuelta por allí; estoy segura de que encontrará alguna huella reveladora acerca de sus amores.

Había repetido varias veces «sus amores», y Montalbano quería consolarla de alguna manera.

– Aparte de que los amores del ingeniero no entran en mis investigaciones, he obtenido alguna información haciendo preguntas, y le diré con toda sinceridad que las respuestas que me han dado han sido muy genéricas y válidas para cualquier persona.

La señora miró al comisario con una leve sonrisa en los labios.

– Yo jamás se lo he echado en cara, ¿sabe? Prácticamente a los dos años del nacimiento de nuestro hijo, mi marido y yo dejamos de ser una pareja. Así que he tenido ocasión de observarlo tranquila y sosegadamente durante treinta años sin que mi mirada haya estado empañada por la turbación de los sentidos. Perdóneme, pero no me ha entendido: cuando hablaba de sus amores, yo pretendía no especificar el sexo.

Montalbano encorvó los hombros y se hundió todavía más en el sillón. Era como si le acabaran de golpear la cabeza con una barra de hierro.

– Yo, en cambio -añadió la señora-, volviendo al tema que más me interesa, estoy convencida de que se trata de un acto criminal; déjeme terminar, no de un asesinato, de una eliminación física, sino de un crimen político. Hubo una violencia máxima, que fue la que lo llevó a la muerte.

– Explíquese mejor, señora.

– Estoy convencida de que a mi marido por medio de la fuerza o del chantaje lo obligaron a ir al lugar donde posteriormente fue encontrado, a aquel lugar tan infame. Tenían un plan, pero no tuvieron tiempo de llevarlo enteramente a la práctica porque su corazón no resistió, debido a la tensión o, ¿por qué no?, al miedo. Estaba muy enfermo, ¿sabe? Se había sometido a una operación difícil.

– Pero ¿qué pudieron hacer para obligarlo?

– No lo sé. Tal vez usted podría ayudarme en eso. Probablemente le tendieron una emboscada. No pudo oponer resistencia. Quizá en aquel horrible lugar le hubieran sacado, qué se yo, unas fotografías, o se las hubieran arreglado para que alguien lo reconociera. A partir de aquel momento, habrían tenido a mi marido en sus manos, lo habrían convertido en una marioneta.

– ¿A quién se refiere usted?

– A sus adversarios políticos, supongo, o a algún socio suyo en los negocios.

– Mire, señora, su razonamiento, mejor dicho, su suposición, adolece de un grave defecto: no se puede demostrar con pruebas.

La mujer abrió el sobre amarillo que sostenía en la mano y extrajo de él unas fotografías. Eran las que la Policía Científica le había hecho al cadáver en el aprisco.

– Oh, Dios mío -musitó Montalbano, estremeciéndose.

La mujer, en cambio, las estaba contemplando sin la menor turbación.

– ¿Cómo las ha conseguido?

– Tengo buenos amigos. ¿Usted las ha visto?

– No.

– Pues ha hecho muy mal. -La mujer eligió una foto y se la entregó a Montalbano junto con la lupa-. Fíjese en ésta, mírela bien. Los pantalones están bajados y se entrevé el blanco de los calzoncillos.

– Yo aquí no veo nada extraño.

– Ah, ¿no? ¿Y la marca de los calzoncillos?

– Sí, ya la veo. ¿Y qué?

– No debería verla. Este tipo de calzoncillos -si usted me acompaña a la habitación de mi marido le mostraré otros iguales- lleva la marca detrás y por dentro. Si usted la ve como la está viendo, significa que los calzoncillos están puestos del revés. Y no me venga a decir que Silvio se los había puesto así por la mañana al vestirse sin darse cuenta. Tomaba un diurético y se veía obligado a ir al lavabo varias veces al día; hubiera podido volver a ponerse los calzoncillos del derecho en cualquier momento del día. Y eso sólo significa una cosa.

– ¿Qué? -preguntó el comisario, impresionado por aquel frío y despiadado análisis llevado a cabo sin derramar ni una sola lágrima, como si el muerto fuera un personaje vagamente conocido.

– Que estaba desnudo cuando lo sorprendieron y que lo obligaron a vestirse a toda prisa. Y sólo podía estar desnudo en la casita de Capo Massaria. Por eso le he entregado las llaves. Se lo repito: ha sido un acto criminal contra la imagen de mi marido, pero logrado sólo a medias. Querían convertirlo en un cerdo para ofrecérselo como alimento a los cerdos. Hubiera sido mejor que no muriera, pues, manteniendo los hechos en secreto, habrían podido hacer con él lo que quisieran. Pero el plan ha sido en parte un éxito: todos los hombres de mi marido han sido excluidos del nuevo directorio. Sólo Rizzo se ha salvado; es más, ha salido ganando.

– ¿Y eso cómo es posible?

– A usted le corresponde averiguado, si le apetece. O bien puede dar por buena la forma que le han dado al agua.

– No entiendo, perdone.

– Yo no soy siciliana, nací en Grosseto y me trasladé a vivir a Montelusa cuando nombraron gobernador a mi padre. Poseíamos un trozo de tierra y una casa en la ladera del Amiata, y allí pasábamos las vacaciones. Tenía un amigo más pequeño que yo, hijo de campesinos. Yo debía de tener unos diez años. Un día vi que mi amigo había colocado en el borde del pozo un cuenco, una taza, una tetera y una caja cuadrada de hojalata, todos llenos de agua, y los estaba observando atentamente.