– A la orden, camarada presidente. Las instrucciones han quedado implantadas en el agente de Madrid.
– ¿Todavía cree que existe una fórmula secreta?
– A pies juntillas, camarada.
– ¡Cuánta astucia tengo, je, je! -rió sardónicamente don Pedrito.
Cuando el encéfalo-artillero abandonó el despacho, Fonseca descolgó el teléfono rojo de la línea directa con Pitis. -Misión cumplida. Espero nuevas órdenes. Más tarde, en plena soledad del poder, comenzó a tiritar.
– ¡Los muy idiotas! No seguiré mucho tiempo obedeciendo. Pitis saltará por los aires. ¡Ja, ja, ja! Entonces seré el dueño del mundo. Esclavizaré al género humano…, ¡por crédulos! Los convertiré en extras y yo viviré en close-up permanente…, ¡ja, ja, ja! -reía, frotándose las manos, con los globos oculares saliéndose de sus órbitas -. Por fin… voy a ser… ¡¡el Amo del Universo!!
Queda, pues, comprobado: el poder acaba por hacer perder la razón incluso a los más cabales.
Era lo que le estaba sucediendo a don Pedrito.
A solas, embebido en sus maquinaciones infernales, se retorcía de risa con carcajadas que hacían temblar las paredes.
Capítulo 19 El último metro
Por la bóveda de la estación se difundía una engañosa claridad de arcos voltaicos y neones, pero todavía era de noche en la superficie. Claudio Carranza llevaba hora y media haciendo transbordos bajo tierra.
– Bip-bip…, bip-bip… -canturreaba con la vista fija en el suelo, para no introducir el pie entre coche y andén.
En uno de los carteles de las puertas, tachando y retocando determinadas letras, alguien había conseguido que se leyera: «El pene de todos entre y salga rápidamente. No uyan las putas». El texto original decía: «En beneficio de todos entre y salga rápidamente. No obstruyan las puertas».
Los dos andenes estaban vacíos y Carranza ocupó un asiento a la altura del último vagón.
Sintió una repentina rigidez en el cuello y escuchó, agarrotado, la voz nasal de Bobby Fischer que se dirigía a él en inglés, desde el interior de su cabeza.
– El tiempo ha sido venido ahora todavía -tradujo literalmente.
Oyó pasos.
Era una mujer de mediana edad que andaba arrastrando los pies, como los ungulados. Llevaba un abrigo de falso astracán y, en la mano derecha, una bolsa de plástico de unas mantequerías en la que se transparentaba un bulto de paquetes de yogures, aceite de oliva y pan de molde.
Claudio Carranza no se creía capaz de resistir el tono imperativo de aquella voz con acento de Brooklyn. Por sexta vez, el ex campeón del mundo le enviaba instrucciones que él recibía en el punto doloroso localizado tres dedos por encima del cuello de su camisa. El repetidor biológico era muy semejante al de Navacerrada, aunque con forma esférica y de sólo sesenta y cinco milímetros de diámetro. Un acelerador de partículas miniaturizado disparaba las ondas sonoras hacia el interior del cráneo, donde rebotaban en la pared de huesos, ganando velocidad con cada impacto, hasta que la presión se volvía insoportable.
Entonces Carranza no tenía más remedio que actuar.
En determinadas acciones de Carranza (los homicidios, por ejemplo), no intervenía su voluntad. Más bien al revés: se veía obligado a llevarlas a cabo en contra de sus propios deseos.
Se trataba de una experiencia mística: la anulación de sí mismo, que Claudio aceptaba para que, en el lugar que dejaba vacío, pudiera manifestarse San Bobby Fischer.
A su primera víctima no la conocía de nada. Era una dependienta de El Corte Inglés a la que estranguló, pero luego resultó ser Moña García-Vaquero, la ci-devant Emperatriz del Teatro Televisado. Con las cinco siguientes le sucedió lo mismo. Perfectos desconocidos para él, pero más tarde se enteraba por los periódicos de que en realidad se trataba de nobles venezolandeses en el exilio.
La primera vez que obedeció a aquella voz a sus espaldas, se había sentido horrorizado de sí mismo. Ahora comprendía que él no era un asesino, sino el instrumento a la disposición del Ángel Custodio. Por eso precisamente le habían ordenado que actuara solo y en secreto, en lugar de utilizar el Comando Suicida de Antonio Maroto.
Su único deber era la transparencia.
– Tengo que ser más puro -se repetía en alemán, su intraducible lengua materna.
Recordaba a algunas de sus víctimas y cómo había sentido verdaderas ganas de ejecutarlas. Por consiguiente, no había conseguido desaparecer por completo para que Bobby ocupara su lugar. Debía actuar en contra de su voluntad, para que a través de sí se manifestara un Ser Superior.
Costaba mucho esfuerzo. En el metro, le resultaba tan fácil odiar a aquellos hombres y mujeres solitarios. Eran tan espontáneamente detestables en sí mismos considerados, con sus mejillas mal afeitadas, sus ojeras, sus zapatos deformados y esas novelas de Marcial Lafuente Estefanía y Antonio Gala, forradas con papel, que siempre estaban leyendo apoyados contra las puertas automáticas. ¡Eran tan abominables a simple vista! ¡Daban tantas ganas de hacerlos desaparecer de un manotazo, como a mosquitos espachurrados contra el cristal!
Sin embargo…, un instante de vacilación, una diminuta partícula, un sólo glóbulo de sí mismo, por pequeño que fuera, bastaría para echarlo todo a perder.
La mujer solitaria se acercó hacia él con su paquete a cuestas, como si llevara una pesada alcuza.
– ¿Voy bien para O'Donnell? -preguntó Claudio.
Lo que Bobby reclamaba era la obra de humildad más inconcebible. ¡Matar a esa mujer sin desearlo!
Ella le explicó que debía hacer varios transbordos y, tal y como esperaba Carranza, permaneció a su lado, intentando entablar conversación.
La luz del tren apareció al fondo del túnel.
La estación seguía vacía.
Claudio miraba con afecto los tobillos hinchados, el pelo teñido del color de un mueble, la alianza, la cruz y la cadena, y esas orejas de soplillo que no conseguía esconder. Contemplaba emocionado su vida difícil, hasta que un nudo de humanidad compartida le apretó la garganta con la fuerza de una mano. Estrangulado de misericordia, sintió que su existencia se enlazaba con la de la desconocida. Lo estaba con siguiendo. La quería. Sus desdichas, sin duda numerosas, también las padecía él, Claudio Carranza von Thurns, y sus escasas alegrías le ayudaban a soportar su tristeza de hombre solo; triste, cansado, pensativo y viejo.