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¿Qué posibilidades había de que el pintor abstracto más entregado de Estados Unidos dejara el lienzo en 1972? ¿O de que expusiera su obra por última vez en 1967, en una colectiva figurativa que apenas tuvo repercusión? Tantas como de que el cineasta de vanguardia más profundo de nuestro tiempo nunca sea proyectado en su ciudad natal, Nueva York, o de que el último artefacto modernista monumental tenga que fabricarse en secreto, en un medio sin nombre, durante el largo declive del modernismo. Cada una de estas improbabilidades nos conduce al mismo lugar: un estudio en un desván de Boerum Hill, en Brooklyn, donde…

– Léelo luego -me rogó-. Quédate la fotocopia, tengo más.

De modo que el hombre olvidado, el don nadie, no se contentaba con serlo. No era ninguna novedad que Abraham siguiera teniendo aspiraciones, pero el recorte de prensa sí fue una sorpresa. Me lo guardé en el bolsillo.

– Bueno, ¿y qué tal le va a Abby?

– Está bien.

– Es una pena que no haya podido venir.

De pronto vi nuestra mesa con otros ojos: dos parejas y un soltero. No tenía ni idea de dónde estaba Abby esa noche.

– Tiene clases -dije, consciente de sonar a la defensiva pero sin poder evitarlo.

Francesca oyó el comentario y anunció:

– Ojalá hubiese venido, Dylan. ¡Es un encanto de chica! -Cosa que atrajo la atención de Zelmo y Leslie-. Es afroamericana -explicó Francesca con los ojos como platos con total sinceridad. Francesca y Abby solo habían coincidido una vez, cuando Abby y yo pasamos por Nueva York de camino a una conferencia musical en Montreal-. Tendrías que verla -le recomendó a Leslie-. ¡Tiene una piel preciosa!

Las buenas intenciones de Francesca acabaron con la conversación. Nos limitamos a comer pasta y ternera como soldados obedientes.

– ¿Todavía está estudiando? -preguntó por fin Zelmo, apiadándose de mí: sí, mi novia negra y ausente también era menor de edad. Las rubias adultas en edad de trabajar pertenecían a la misma categoría que las pajaritas, las lentillas y los mocasines de borla: lujos accesorios que Dylan Ebdus no era todavía lo bastante maduro para lucir.

– Un posgrado -dije-. Está terminando la tesina.

– Estupendo -contestó Zelmo, convirtiéndolo en una felicitación a la raza de Abby.

Era imposible escapar del paternalismo de Zelmo. Los artistas eran su grey defectuosa y herida y acogería cuantos pudiera bajo sus cuidados (un plato de albóndigas y una entrada a ForbiddenCon). Y los negros venían a ser como los artistas.

– Cariño -dijo Francesca a Abraham-. Cuéntale lo del padre de su amigo.

– ¿Eh?

– Aquel pobre hombre de nuestra calle, Abe. Dijiste que Dylan querría saberlo.

Abraham asintió.

– Tu viejo amigo Mingus… ¿Recuerdas a su padre, a Barry? ¿El vecino?

«Barrett Rude Junior», corregí en silencio. La lógica de Francesca era transparente: «A Dylan le gustan los afroamericanos» conducía directamente a «Aquel pobre hombre de nuestra calle». Me prometí a mí mismo que sería paciente, aunque ver a Abraham tan lento de reflejos me daba ganas de gritar. ¡El vecino! El señor Rogers tiene vecinos: nostros teníamos una manzana. Yo prácticamente crecí en aquella casa. Solo me he limitado a escribir la biografía de ese hombre para el libreto que acompaña el recopilatorio de los Distinctions. Pero lo primero no lo mencionaría porque Abraham se lo tomaría como una queja. Y lo segundo, mi padre no podía saberlo porque ni se lo había mencionado ni le había enviado los compactos.

Barrett Rude Junior no podía haber muerto, de eso estaba seguro. Me habría enterado. Rolling Stone me habría pedido que escribiera la necrológica (sospechaba que unas cuatrocientas palabras).

– Se le pararon los riñones -dijo sencillamente Abraham-. Espantoso. Vino una ambulancia. Se mantenía con vida conectado a una máquina.

El tema resultaba demasiado lejano o tal vez demasiado vívido para Zelmo Swift. De modo que probó otra táctica para entablar conversación con Leslie y Francesca y a mi padre y a mí nos dejaron tranquilos.

– Llevaba semanas solo en casa, muriéndose. Ninguno de los vecinos teníamos ni idea. Hacía mucho que le conocíamos, pero desde el tiroteo apenas salía de casa.

Abraham y yo nunca habíamos abordado lo que él daba en llamar «el tiroteo», ni en las dos últimas semanas de verano antes de irme a estudiar a Vermont, ni después. Mingus y Barrett no habían mencionado mi nombre en las conversaciones con la policía. Mi presencia aquel día en la casa quedó como un secreto que solo nosotros conocíamos, al menos que yo supiera.

Recordé por enésima vez los montoncitos de polvo blanco: pues claro que se le habían parado los riñones. ¿A qué habían estado esperando? Empecé a redactar mentalmente las cuatrocientas palabras.

– Entonces ocurrió un milagro. Encontraron a tu amigo Mingus. En una prisión al norte del estado. Dictaron una orden judicial y lo dejaron salir al hospital para que donara un riñón.

– ¿Qué?

– Aprobaron una disposición especial porque Mingus era el único donante posible. Le salvó la vida a su padre al operarse. Y después volvió a prisión.

Alcé la copa de vino en un brindis fantasma y me bebí lo que quedaba. La cabeza me iba a mil por hora y tenía la garganta cada vez más tensa, así que casi me atraganto con la boca llena de Borgoña.

– Entonces, ¿Mingus está otra vez en la cárcel? -dije.

– ¿Pensabas otra cosa?

– Lo último que supe fue que Arthur me dijo que lo habían soltado. Pero de eso hará diez años o más. La verdad, no sé qué pensaba.

– Barry es un hombre muy dulce -dijo Francesca, eligiendo el momento para intervenir-. Muy callado. Y creo que muy triste.

– ¿Le conoces? -conseguí preguntar. ¿Por qué no iba a conocerle? Ahora todo parecía posible. Se me empañaron las gafas.

Asintió mirando a Abraham.

– Tu padre y yo le llevamos comida de vez en cuando. Sopa, pollo, lo que nos sobre. No come. A veces se limita a quedarse sentado en la escalinata de entrada. Incluso bajo la lluvia. La gente del barrio no le conoce. Nadie le habla. Solo tu padre.

– Perdonadme -dije, y dejé la servilleta sobre la silla.

Conseguí llegar al lavabo de caballeros antes de romper a llorar o vomitar las albóndigas. No me apetecía exponer mis miserias delante del abogado aficionado al whisky de malta y Planeta prohibido. Ocultaría mis lágrimas, no las mostraría y así no estarían disponibles para el Museo de lo Patético de Zelmo y no las expondrían junto a R. Fred Vundane.

«Le salvó la vida a su padre al operarse.» De vez en cuando, una vez por década o así, me veía obligado a reconocer que la calle Dean todavía existía. Que Mingus no era una persona producto de mi imaginación. Me permití un minuto de recuerdo y luego empujé a Mingus de vuelta a donde estaba antes, a donde siempre estaba me molestara yo en saberlo o no, entre los millones de hombres destruidos que no eran mis hermanos.

Luego sequé las gafas, me soné y regresé a la mesa, donde me dediqué a no hacer caso de mi padre y Francesca a pesar de que eran el único motivo de mi presencia allí. En su defecto, hice cuanto pude por emborracharme con coñac caro e impresionar a Leslie Cunningham con mi ingenio y encanto, mis pícaras insinuaciones. Creo que podría haberle causado cierto efecto, pero Zelmo Swift lo malbarataba todo. Tendría que haberla tumbado sobre la mesa para socavar la imperturbabilidad de aquel hombre.

Zelmo me habló en un aparte cuando nos levantamos de la mesa. Mi padre había ido al servicio.

– ¿Vas a quedarte al pase de la película de mañana?

– Por supuesto.

– Para tu padre significa mucho.

Debe de ser difícil estrangular a un hombre con una pajarita. Tal vez por eso las inventaran.

– Intentaré no dejar a nadie en ridículo -dije.