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Zelmo frunció el ceño para dar a entender que no se le había ocurrido la posibilidad, pero que ahora la consideraría.

– ¿A qué hora sale tu avión?

– Justo después.

– ¿Sales del LAX?

– No, de Disneylandia. Con Goofy Air. -La broma se cortó en mi boca; era una cita de una broma que Abby me había hecho ese mismo día interminable.

– Ja, ja. Te llevaré en coche; si quieres, claro.

Tal vez había bebido más de lo que creía, pero la oferta me desconcertó.

– Cogeré un taxi -dije, de mal humor.

– Permíteme que te ahorre el gasto. Y así hablamos.

Entonces Francesca apareció a mi lado, susurrando.

– Ve con él, Dylan.

– ¿Para hablar de qué?

– Chisss… -dijo Francesca.

Me tumbé en una de las dos camas de mi habitación del Marriott en calzoncillos y me entretuve cambiando de canal de televisión: vi cocodrilos copulando y a Lenny Kravitz. En dos ocasiones me acerqué al teléfono y marqué el número de mi casa, en Berkeley; en dos ocasiones colgué cuando oí mi voz en el contestador. Intenté enfocar la vista en la fotocopia de Artforum:

… Ebdus abjura de la comparación con el protagonista wittgensteiniano de Corrección de Thomas Bernhard, que trabaja durante años en el bosque en la construcción de un misterioso «cono» que nadie ha visto, del mismo modo que rechaza cualquier tipo de reducción conceptual o filosófica de la naturaleza -en esencia material y «pictórica»- de su exploración. Todo en la obra de Ebdus procede de la naturaleza puramente física del pigmento sobre el celuloide y de la luz que atraviesa un proyector. Más fructífera sería tal vez la comparación con el viaje meditativo (por no decir obsesivo) de varias décadas del compositor modernista Conlon Nancarrow, quien durante el exilio mexicano impuesto por la caza de brujas exploró las peculiares posibilidades compositivas de la pianola, desarrollando un método único y minucioso de perforar los rollos que controlan el teclado mecánico. Nancarrow necesitaba dos o tres años para componer una pieza de cinco o diez minutos, un ritmo no mucho más lento que el de Ebdus pintando su película…

Me alegré por mi padre, pero no conseguía centrarme. Las distracciones ahogaban mi triste corazón. Cuando cerraba los ojos sentía que Mingus Rude estaba en la habitación, tal vez en la otra cama o en la bañera. Tomé prestada de alguna leyenda urbana la imagen de un hombre metido en hielo en la bañera al que una banda de traficantes de órganos le había robado un riñón. Si no, y pese a que mi propio padre se hospedaba cinco plantas más arriba, me convencía de que el hotel pendía en el vacío, era un sarcófago de felpa con televisión con cable a la deriva por el espacio. Esta segunda alucinación me despertó de golpe de la modorra que me había vencido sobre la colcha y me empujó a buscar la llave del minibar.

Vacié los bolsillos sobre la cómoda. Me quedé contemplando el resultado. Además de la llave del minibar, la tarjeta de entrada a la habitación y algunos dólares arrugados, estaba también el anillo de Aaron X. Doily. Me lo había metido en el bolsillo esa misma mañana para rescatarlo del interrogatorio de Abby.

Me preguntaba si el anillo todavía funcionaba y, en caso de que funcionara, si sus poderes habrían cambiado. Sin parar de preguntarme cosas me puse los pantalones, guardé la llave de la habitación en el bolsillo y me puse el anillo en el dedo. Crucé descalzo la habitación hacia la puerta y salí al corredor, donde me quedé parpadeando cegado por la luz.

No me veía las manos ni los pies, pero claro, estaba borracho. No fue hasta que se abrió la puerta del ascensor y subí en el interior forrado de espejos cuando me convencí. Estaba solo y el ascensor parecía vacío. Apoyé las manos en los espejos y solté aliento alrededor: el vapor dibujó unos dedos invisibles. Daba igual que no hubiera usado el anillo desde hacía años: mantenía el mismo poder. Mi poder, cuando decidía utilizarlo.

Había pasado lo que me parecían horas hundido en la miseria, tumbado en la cama. Así que esperaba que el vestíbulo estuviera vacío. En cambio, estaba a rebosar de forbiddenoides. Igual que el bar. Me colé, esquivando las habituales colisiones. Diez años antes me había convertido en un hombre invisible de gran habilidad y mantenía la pericia.

Los moradores de la convención rodeaban las mesas redondas del bar sentados en grupos de diez o quince. Sus conversaciones transmitían cierto aire de discusión, de enfrentamiento, como debates regurgitados. Pero eran humanos: bebían, rompían a reír. Era probable que algunos se emparejaran esa noche, como los cocodrilos. Me alegré de ser invisible. La barra del bar, una isla central, estaba casi vacía. Volqué un vaso con hielo derretido para entretenerme, y luego, mientras el camarero lo limpiaba entre refunfuños, me colé detrás de él y cogí una botella terciada de Maker’s Mark. Al pegármela al pecho se contagió de mi transparencia. Volví al vestíbulo de puntillas. Paul Pflug estaba allí, sentado en un sofá entre dos mujeres vestidas con corpiños de cuero idénticos y unas botas altas de tacón no muy distintas de las de Abby. Brindé por él con la botella invisible y subí el whisky a la habitación para volverlo invisible por otros métodos.

Las diez era demasiado temprano, pero al menos la sala estaba a oscuras. Mi padre estaba nervioso y malhumorado, ensartando la película en el proyector, insistiendo en hacerlo él mientras un par de trabajadores del hotel que habían traído el proyector a la sala esperaban a un lado. Me senté con Francesca en primera fila, incapaz de pasar totalmente por alto el hecho de que detrás de nosotros solo había quince o veinte asientos ocupados en una sala que pedía al menos cien. El público esperaba pacientemente, más pacientemente que yo. Algunos bebían zumo de naranja de tetrabriks pequeños con pajita, otros comían galletas. No se veía a Zelmo por ningún lado, de momento.

Bajo mis párpados acartonados ya discurría una película de la resaca. A duras penas me había duchado y había llegado a tiempo para encontrar el salón Wyoming B. Confiaba en el café y el bagel del avión y, de momento, me conformaba con la pastilla de Advil del bolso de Francesca. Mi bolsa estaba preparada y esperando debajo de la silla y tenía el anillo de Aaron Doily en el bolsillo. A fuerza de empujar, había escondido en el minibar la botella vacía de Maker’s Mark.

– Les mostraré dos secuencias -explicó mi padre, empezando sin previo aviso-. La primera va de mil novecientos setenta y nueve a mil novecientos ochenta y uno y dura veintiún minutos. La segunda es más reciente, de mil novecientos noventa y ocho. Creo que dura unos diez minutos. Si les parece bien, dejaremos para el final los comentarios y las preguntas.

No hubo objeciones. Nadie a excepción de Francesca o yo mismo habría tenido motivos. La pequeña representación de fans de la línea dura de mi padre se removieron en sus sillas con la excitación que precede siempre al inicio de cualquier película, incluso una proyectada a las diez de la mañana en el salón Wyoming del Marriott de Anaheim. No tenían ni idea.

Aquella película me importaba. Tampoco tenía opción. Había convivido con su presencia más que ninguna otra persona a excepción de mi padre. En mi infancia la película era una especie de dios mudo y lisiado que cuidábamos arriba como a un pariente demente. Conocía bien la sección de veintiún minutos de 1979 a 1981: había acudido a su anterior proyección pública, realizada hacía cuatro años en el Pacific Film Archive de Berkeley y había presenciado las proyecciones de prueba esa misma semana. Era una secuencia que Abraham consideraba particularmente acabada. Un paisaje iluminado por una luna invisible con el horizonte partiendo en dos la pantalla y la tierra más brillante que el cielo (aunque Abraham habría rechazado los términos «paisaje», «horizonte» y «tierra»). Con todo: un cielo negro y gris y una tierra gris y gris. El efecto venía a ser más o menos el de mil Rothkos de la última época puestos en sucesión temporal y proyectados con luz temblorosa. Los años entre 1979 y 1981 no eran más que dos de los seis años que Abraham había dedicado a pintar esa única imagen: el negro y el blanco enzarzados en una feroz pelea. A veces el suelo estaba más alto o curvado, como si hubiera crecido un océano y se mecieran las olas. A veces el negro goteaba desde el cielo y rodaba brevemente por la zona inferior: cuando esto ocurría tenía el efecto de una acción muy impactante porque el resto era quietud hipnotizadora. Solo una vez, un punto rojo y amarillo se movía como un sol tapado por las nubes detrás del fondo negro, pero acababa disolviéndose en fragmentos. ¿Había mojado Abraham secretamente esa semana en particular, desde hacía tanto tiempo? Nunca me atrevería a preguntarlo.