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Daba la casualidad de que además yo estaba bastante seguro de que el segmento de veintiún minutos incluía mi única contribución a la película, un fotograma que había falsificado un día después de clase en mi último curso. Cuando llegué a casa, Abraham no estaba, quizá estuviera de compras. No recordaba las circunstancias exactas, solo la compulsión que se había apoderado de mí de colarme en su estudio para pintar un fotograma. Los pinceles de Abraham estaban húmedos: había estado trabajando hacía muy poco. El fotograma vacío estaba centrado en el tambor y solo tendría que adelantarlo una posición para ocultar mi añadido. Se me ofrecía una oportunidad en bandeja, pero no me atrevía. Acerqué tembloroso un pincel con la punta mojada en pintura sin tocar el celuloide con el pigmento: sería un acto irreversible. Me aterraba la autoridad, no la de Abraham, sino la mía.

Lo pinté: capa de negro, capa de gris. Luego huí del escenario del crimen sudando de miedo. Durante una semana esperé la acusación, pero no llegó. Nunca supe si me había descubierto. Mi padre era muy capaz de detectar el fotograma falsificado y optar por no decir nada. Dejándolo o no, pero sin decir nada. Aunque ahora yo me permitía imaginar que Abraham lo había dejado. Una veinticuatroava parte de un segundo en veinticinco años era mía.

Le gorroneé un analgésico a Francesca e intenté obviar la presión que ejercía mi cerebro deshidratado contra los globos oculares. En el salón reinaba el silencio, roto solo por el arrastre de la película y el zumbido del ventilador del proyector. Entre la resaca y la sensación de notar a Abraham detrás del proyector, vigilándonos a varios asientos vacíos de distancia, costaba darle a la película lo que merecía (fuera lo que fuese). Costaba no notar en la nuca la decepción de los asistentes. Esperé el extraño destello rojo y amarillo: por fin. Habían pasado veintiún minutos.

– Así es como tu padre tortura a toda esta gente que le adora -susurró Francesca-. Torturándolos con oscuridad.

No repliqué. En ese instante no me habría venido mal un poco más de oscuridad.

El segundo fragmento era una sorpresa. Un despacho enviado desde la frontera: mi padre había descubierto un triángulo verde de puntas romas que trataba de caer, sin conseguirlo, sobre el fantasmagórico horizonte borroso.

El triángulo ocupaba más o menos un cuarto del fotograma. Temblaba, se inclinaba un grado, casi tocaba el suelo, retrocedía. El progreso era una ilusión: dos pasos adelante, dos pasos atrás. Aunque era imposible no alentarlo. Notarlo tantear como un pie en busca de apoyo. Atreviéndose, dudando, fracasando.

Inesperadamente, me emocioné, me olvidé de la sala y del dolor de cabeza, atraído de pronto por los esfuerzos del triángulo, por aquella tragedia sin actos. Francesca me dio un pañuelo de papel de su bolso. Prisioneros, triángulos, esos días yo era presa fácil. Entonces terminó y se encendieron las luces. Nadie aplaudió: habían olvidado cómo aplaudir o tal vez la película les había convencido de que si intentaban juntar las manos no lo conseguirían.

Zelmo Swift apareció al frente de la sala y nos enseñó a ser valientes: era factible producir el sonido de un aplauso. Nos mostró el camino. Aplaudimos y mi padre se adelantó y se sentó ante un micrófono aunque no lo necesitara en aquella sala vacía. Las pocas preguntas que se plantearon fueron tímidas o estúpidas. Abraham reaccionó con buena educación.

– ¿Ha pensando alguna vez en añadirle una banda sonora?

– ¿Se refiere a conversaciones o a música?

– Eh… música. Para escuchar algo mientras la ves.

– Sí, serviría para eso. Y sí, nos dedicaríamos a escuchar la música. -Hizo una pausa-. Tendré que pensarlo.

Otro preguntó por la continuación de la película después del segundo fragmento. ¿Cómo era ahora?

– No encuentro la paráfrasis. Ha avanzado. Creo que a nivel superficial se parece a la segunda secuencia.

– ¿El triángulo es…? -Por fin lo que en realidad había querido preguntar antes-. ¿El triángulo está más abajo? ¿Ha terminado de caer?

– Ah -dijo Abraham. Hizo una pequeña pausa-. El verde, sí. Sigue luchando. Más o menos como acaban de ver.

Se extendió un murmullo.

– ¿Alguna vez llegará…? -se atrevió a preguntar alguien. La pregunta que todos tenían en mente. Aquella caída inacabada había roto muchos corazones, no solo el mío.

– Prefiero no hacer conjeturas -contestó Abraham-. Desde mi punto de vista, es una tarea diaria. No hay que conjeturar, solo encontrar. Comprender.

Zelmo, que esperaba a un lado, no pudo soportarlo más. Levantó el micrófono.

– En otras palabras, amigos, manteneos en contacto. Abraham Ebdus todavía no ha terminado. Sorprendente.

Sí, la película se había alargado demasiado, pero Zelmo el Presidente, Zelmo el Entendido, no era uno de esos ignorantes que salen antes de tiempo hacia el aparcamiento, no señor.

Se rompió el hechizo. Los admiradores de mi padre abandonaron el salón mientras comprobaban los horarios de bolsillo. Tal vez, con un poco de suerte, R. Fred Vundane participara en alguna otra mesa redonda. Abraham se apresuró a evitar que el empleado del hotel rebobinara de modo incorrecto la película y Zelmo y Francesca me rodearon.

– Tienes que coger un avión -dijo Zelmo, contento.

– Tengo tiempo de sobra.

– Por supuesto, pero tengo el coche esperando fuera. Así que…

– Será mejor que vayas, cariño -dijo Francesca.

Estaba demasiado confuso para discutir. Zelmo era un pelmazo por carácter y Francesca una pelmaza por amor, y los dos juntos, unidos por la conveniencia y un irritante secreto, me privarían de la media hora que me quedaba en compañía de mi padre. Abraham volvería a Brooklyn y pasaría otro año u otra década. Pero de momento no había aprovechado la visita y media hora en el Marriott no daba para mucho, al menos no con Zelmo y Francesca y la resaca exigiendo mi atención. Me colgué la bolsa del hombro.

– Hijo.

– Papá.

– Me alegro de haberte visto. Esto… -Señaló la película-. Imposible.

– El fragmento nuevo es muy bonito.

Cerró los ojos.

– Gracias.

Nos abrazamos, dos hombres-pájaro tocándose fugazmente sobre una rama. Me había duchado, pero volvía a apestar al licor que se abría camino a través de mis poros. Me pregunté si mi padre pensaría que había ido a Los Ángeles en mitad de una ruptura, de una crisis. Me pregunté si tendría razón al pensarlo.

Luego besé a Francesca y fui escoltado escaleras abajo, a través del vestíbulo y hasta el asiento trasero de la limusina con chófer y cristales tintados de Zelmo Swift.

Disneylandia se veía a lo lejos desde la autopista suburbana: un puñado de edificios que recordaban a un barco hundiéndose en un mar industrial.

– No te gusto -anunció Zelmo sin preocuparse de que el chófer pudiera oírle.

Había espacio de sobra en el mullido asiento de cuero entre el abogado y yo. Supongo que yo daba la impresión de querer escaparme por la ventanilla.