Выбрать главу

– ¿Qué quieres que te diga?

Necesitaba zumo de naranja, cepillarme los dientes, una transfusión de sangre, un bloody mary, a Abigale Ponders, a Leslie Cunningham, algo bueno, a alguien que me cuidara, un milagro diario… Cualquier cosa menos un momento de sinceridad con Zelmo Swift. Necesitaba un botón que ajustara el volumen de Zelmo Swift.

– Nada. Esto lo hago por respeto a tu padre y Francesca. -Se sacó un sobre de la americana y lo dejó junto a mi mano.

– ¿Qué es?

– Un accidente. Lo entenderás cuando lo leas. Lo hago todo por mis invitados, Dylan. Puedes pensar lo que quieras de ForbiddenCon, pero para ellos es un momento importante, y yo intento que resulte inolvidable. Normalmente, en el banquete del sábado, organizamos una especie de «Esta es su vida: Abraham Ebdus». Con amigos del pasado que aparecen por sorpresa, es todo muy emotivo.

Abrí el sobre. Solo había una página con dos párrafos escritos a máquina. Unos apuntes de una secretaria, sin firmar. Nada oficial, pero escrito en el árido lenguaje seudolegal que aspira a ser legal con indiferencia de la materia que trata.

Ebdus, Rachel Abramovitz: condena por falsificación y conspiración, Owensville, Virginia, 18/10/78, sentencia condicional. Subsiguiente arresto y acusación, Lexington, Kentucky, 9/5/79, cómplice en robo a mano armada; huida en libertad bajo fianza, paradero desconocido; orden de búsqueda expedida 22/7/79.

Y:

Ebdus, Rachel A., última dirección verificada, 2/75: carretera rural 8, n.º 1, Bloomington, Indiana, 44605.

– Espero que no me consideres indiscreto -dijo Zelmo-. En el bufete tenemos un equipo de investigación excelente. Lo que descubran, eso ya escapa de mis manos.

– ¿Por qué me lo enseñas? -Lo que quería decir en realidad era: «¿Por qué me entero de esto por tu boca? ¿Por qué en tu limusina, Zelmo?».

Me entendió.

– Abraham quería que destruyera la información. No le interesaba. Francesca habló conmigo en privado.

– De modo que los deseos de Francesca se imponen a los de mi padre.

– Tiene buena intención, Dylan. Consideró que tenías derecho a saberlo. -Alzó la voz hasta el nivel adecuado para la declamación final ante el tribunal-. No deberías enfadarte con ella. Es muy difícil integrarse en una familia ya establecida, saber qué es lo que hay que hacer.

Volví a mirar la página y noté la mirada de Zelmo. Quería descargar en él toda mi rabia, pero me contuve. Quería preguntarle: «¿Qué coño estás mirando?» y agarrarle por el cuello.

Pero me quedé sentado, como un chico blanco calladito.

– Si quieres, olvídalo -dijo Zelmo-. Borraré todas las huellas.

– Me da igual lo que hagas. Pero no vuelvas a molestar a Abraham con esto.

– Por supuesto.

Metí la hoja en el sobre y el sobre en mi bolsa. Nos callamos, por una vez incluso Zelmo agradeció el silencio. Me pregunté si alguien alguna vez le habría agradecido tan poco lo que él consideraba su generosidad.

Con todo, no era culpa suya que un investigador de su bufete supiera más de mi vida que yo.

«Borrar las huellas.» Yo nunca lo había intentado. Todo lo contrario: había vivido entre ellas treinta años, ajeno, un ciego que se imagina que es invisible.

5

Quizá todo animal macho tiene una idea de lo que hará la noche del día en que regrese a una casa recién abandonada donde las habitaciones muestran signos, como ocurría en la mía, de una apresurada partida definitiva. Quizá todo hombre alberga una fantasía de consuelo, de abnegación, a la espera de semejante momento, una madriguera donde esconderse. En cualquier caso, yo sí. Solo tenía que tumbarme unas horas a dormitar en la cama plegable mientras la luz de los árboles de la calle oscurecía y el caos de estuches producto de la rabieta de Abby seguía decorando el suelo a mis pies para disfrutar de mi oportunidad. Al caer la noche me bastó con cambiarme de camisa, lavarme la cara y recorrer unas manzanas en dirección sur para poner en marcha mi plan. Así de a mano tenía mi plan para la ruina personal, hasta tal punto lo había llevado siempre conmigo.

Shaman’s Brigadoon, en la avenida San Pablo, era una institución en Berkeley, un sucio club nocturno de blues y folk empapelado de pósters donde desde hacía treinta y pico años músicos negros con trajes oscuros, corbatas estrechas y sombreros de ala blanda se sentaban en un escenario minúsculo a tocar para un público compuesto por blancos con boinas, feces, ponchos y holgadas camisas multicolores. Como el encargado de programación sabía que era crítico musical, me dejaban entrar gratis. Siempre consumía el mínimo de dos copas que se exigía en las mesas decoradas con velas en botes de conserva, aunque valía la pena para estar más cerca del escenario, y últimamente también por el dulce y lento flirteo que había iniciado con una de sus típicas camareras curvilíneas, una rubia de ojos verdes, cara redonda y fumadora con aspecto de acabar de llegar de Surferville llamada Katha.

Katha había nacido a finales de la década de los setenta pero, lo supiera o no, su sonrisa displicente, sus bromas frívolas y el contoneo de sus robustas caderas cuando llevaba las bandejas, todo parecía sacado de una vieja película de cine negro. Aunque me la comía con la mirada, durante la primera docena de veces que sirvió mi mesa no fue más que un icono fácil e impersonal de alegría sexual. Me tomaba sus amistosas provocaciones como un elemento más de su arte que agradecía con las pertinentes propinas.

Como ya me había ocurrido otras veces, tuvo que ser una mujer la que me llamara la atención sobre la existencia de otra.

– Esa chica y tú os lo pasáis de miedo, ¿eh? -me dijo Abby una noche de mayo, mientras volvíamos a casa después de un concierto de Suzzy Roche.

– Tiene sonrisa de Drew Barrymore -bromeé, negando su insinuación sin acabar de negarla.

– Lo que tiene son curvas de Drew Barrymore -contestó Abby, dándome un puñetazo en el brazo.

Nos reímos como compinches, seguidores hastiados de mi autoengaño. Y fue la última noche que Abby y yo acudimos juntos a una atracción en el Shaman’s Brigadoon.

En la siguiente visita descubrí el apellido de Katha y unas cuantas cosas más. Katha Purly solo aparentaba diecinueve años: tenía veintiuno. Pese a las apariencias, no venía de ninguna ciudad costera, sino de Walla Walla, Washington. Asumiendo tópicos, era una aspirante a cantautora que trabajaba como camarera en un local en el que esperaba actuar alguna vez. Vivía en una comuna en Emeryville junto con las otras dos camareras del Shaman’s que se habían mudado al sur con Katha. No, las tres no formaban un grupo musical, solo eran amigas. No pude evitar preguntarlo, pero en cuanto obtuve las respuestas fingí que no las sabía. Mi sinceridad casi había estropeado nuestra conversación fluida y despreocupada, pero en la siguiente visita recuperé terreno. Y allí lo habíamos dejado hasta esta noche.

Ocupaba el escenario un trío de músicos africanos (organista, xilofonista y bongo) llamados los Kenya Orchestra Vandals. No estaban despertando demasiado entusiasmo y me pregunté si no sería que la mayor parte de la orquesta seguía retenida en el aeropuerto de Nairobi. Quedaban mesas vacías junto a la tarima, pero no me senté todo lo cerca que habría podido. Elegí el rincón más tranquilo de la zona que servía Katha.

– Hola, campeón -dijo, y me dejó un menú sobre la mesa.

– Katha, Katha, Katha.

– ¿Qué pasa?

– Nada. Digo tu nombre. Suena igual que si jadeara.

– Supongo, si fueses un perro. ¿Algo de beber?

Me trajo un whisky y fingí estar disfrutando de la banda. Cada vez que se acercaba le hacía bromas sobre Walla Walla e intentaba que se sentara a fumarse un cigarrillo conmigo a la mesa. Tuve éxito, y le pregunté:

– Bueno, ¿qué vas a hacer luego?

– ¿Quién, yo?

El tono de agradable sorpresa de Katha era todo lo que había deseado inspirarle, a ella o a cualquier otro ser humano alguna vez en la vida. Cuando dos cuerpos experimentan el salvaje instinto de unirse y antes de que se haya producido ningún intercambio de daños es muy fácil para uno hacer reír al otro.