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Había apagado la música.

– ¿Quieres oír la mía?

– Claro -dije, sin escapatoria.

– Vale, un momento, tengo que prepararme.

– Vale.

Me senté apoyado en la pared cerca del radiocedé. En el silencio reinante se oía la respiración de Deirdre, los suspiros que arrancaban los masajes de Rolando en sus omóplatos. El posible Marty juntó las muñecas y ladeó la cabeza, luego adelantó un pie y bajó una rodilla como Elvis en el escenario. Pronunció las palabras de corrido con una voz aguda que arrastraba las sílabas, cargando todo el énfasis en las pes y las ges.

Míralo así y míralo asá

Con gangsta M-Dog suavecito rapearás…

– Espera, espera, tengo que volver a empezar.

Separó las manos pidiendo una tregua, como si le hubieran retado. Cuando reanudó el tema siguió haciendo posturitas, pero esta vez con los ojos cerrados en tímida concentración.

Míralo así y míralo asá

Con gangsta M-Dog suavecito rapearás

Sabrás que va así, sabrás que va asá

No fallo cuando pillo la onda, verás

Estoy en la calle con mi colega Raf

Si te cruzas con nosotros la palmarás

No te rías, soy de Emeryville, chaval

Donde en carne o leyenda sobrevivirás.

– ¿Qué te ha parecido? -preguntó, desafiante.

– A ver, repítemelo.

Rebobinó hasta su postura inicial, absolutamente dispuesto a empezar de nuevo. El segundo intento le quedó más seguro y preciso, más fiero o más parodia de fiereza. El posible Marty me parecía más joven a cada minuto que pasaba; por muchos gangstas y muchos raps que cantara, en mi cabeza tendría unos doce o trece años.

Yo me había pasado quince o veinte años enfadado con los raperos, negros y blancos por igual, por sus pretensiones, por reclamar el derecho de lucir las experiencias de la calle, reales o inventadas, como insignias, cuando yo me callaba las mías. Me había pasado quince o veinte años enfadado sin ninguna razón con todos y cada uno de ellos por no ser DJ Stone y los Flamboyan en el patio de la EP 38, por ser ahistóricos y una mentira, por no conocer a Staggerlee y los Five Royales, por no saber lo que yo sabía. M-Dog, con su cara de mexicano tímido y sus rimas totalmente derivativas, no podía ofenderme. Quizá Katha habría dicho que era por la droga, pero adoré a aquel chaval. M-Dog no encajaba rimas porque fuera pretencioso, y ahora me sentía fatal por haberlo juzgado con dureza. Su búsqueda de un lenguaje propio era una necesidad tan elemental como la de desear ser capaz de colar una Spaldeen en un tejado.

En algún momento Katha había vuelto a la habitación, y cuando M-Dog terminó de rapear, le dijo:

– Qué maravilla, ¿lo has escrito tú?

– Yo y un colega, sí.

– Es bonito.

– Pero no apunto nada -dijo, necesitado de que lo entendieran-. Lo tengo todo en la cabeza.

Katha me cogió de la mano. Algo había cambiado. Yo había hecho algo bien, pedirle a M-Dog que cantara algo o al menos admirar su actuación. Fue como si la representación del posible Marty fuera lo que estábamos esperando toda la noche, como si hubiera superado un punto muerto y liberado a Katha permitiéndole acercarse a mí. Quizá el cambio estaba en mí. Ahora, en lugar de sentir ese punto de irritabilidad que produce la cocaína, era como si me estuviera bañando en un río de amor: como si hubiera tomado éxtasis, una droga cuyos efectos solo imaginaba, a menudo con el mismo resentimiento, la misma reticencia que me habían inspirado las rimas de M-Dog.

Katha y yo regresamos a nuestra ventana sin la guitarra. El posible Marty puso otro disco. El espectáculo había terminado.

– ¿Qué le pasa a Peter? -susurré.

– Está enamorado -dijo Katha. Su tono sugería que el enamoramiento era una condición pasajera y poco frecuente que había que encarar con una mezcla de escepticismo y comprensión-. Dunja lo está arropando.

– Buena idea -dije, sorprendido de mí mismo. La verdad es que parecía buena idea.

Ahora Katha quería entender en mi comentario una implicación obscena, una que no había sido mi intención sugerir.

– Pronto los echaré a todos de aquí.

Señalé la habitación vacía con la cabeza, insinuando el lugar donde estaba el colchón.

– Podríamos desaparecer. Déjales que sigan con la fiesta.

– No, esa cama no es… No es para eso.

– ¿No es para qué?

– Es solo para mi hermana pequeña.

– ¿Qué hermana? -pregunté, como un idiota.

– Todavía está con nuestros padrastros, en Washington. A veces viene a pasar el fin de semana conmigo. Estoy intentando que la trasladen a una escuela de aquí, pero solo tiene catorce años.

– Si tiene catorce años, ¿no debería quedarse con tus padres?

– Es mejor para ella estar aquí.

Esta sentencia dio por terminada la cuestión. Me bebí la cerveza mientras Katha enviaba al posible Marty a su casa y echaba a Deirdre y Rolando del futón en el que seguían con el prolongado masaje, con Deirdre cobijándose la cabeza entre las rodillas como si Rolando se hubiera comprometido a suavizar con la palma de sus manos la larga noche de temblores cocaínicos. Cuando se marcharon de la habitación, Katha, sin amilanarse ante las obviedades, puso Astral Weeks de Van Morrison. Me sentí agradecido, pero también temeroso de la capacidad diseccionadora de ese disco. Ya casi me sentía desnudo tal como estaba.

Ahora estábamos solos. Katha encendió un porro con la punta del cigarrillo y me lo pasó. Cerró la puerta y se dirigió al futón.

– Bueno, Dylan, ¿y qué estás haciendo aquí?

«¿Estoy aquí para correrme una juerga contigo?», pensé. No dije nada.

– ¿Y esa chica con la que estás?

– ¿Te refieres a Abby?

– Si Abby es tu guapa novia negra, sí. La vi en la avenida Telegraph, ¿sabes?

– ¿Ah, sí?

– De librerías, o algo así. Ella no me conoce.

– Siempre va con prisas -dije, imaginándome a Abby avanzando por la calle atestada, dejando atrás vagabundos adolescentes con sus botas de cien dólares: si lo hubiese imaginado en plan videoclip, la banda sonora sería «Walking into Sunshine» de Central Line o algún otro tema disco en absoluto deprimente. Mientras, en Emeryville se acercaba el amanecer y Van Morrison y los humos sagrados del sexo y la marihuana me llamaban para que los siguiera.

– Parece enfadada conmigo -dijo Katha, sorprendiéndome y alegrándome-. Pero no es asunto mío.

– No pasa nada -dije, maravillado de lo que acababa de decirme-. Tal vez lo esté. A veces cuesta entender a alguien cuando lo tienes demasiado cerca.

– No sé qué quieres decir con eso.

– Es como tu canción. -Yo no sentía ninguna vergüenza-. A veces lo entiendes todo de golpe, en un flash.

Le agradecía muchísimo a Katha que hubiera dicho que Abby estaba enfadada. Quería recompensarla, acariciarla, inundarla con orgasmos por perdonar mi desatinada vida con aquel comentario de pasada.

Hacía años había leído un libro, una novela de suspense en la que gente glamourosa se destruía por culpa de las intrigas sexuales. Un personaje era el peligro de otro, era lo único que recordaba del libro, eso y que el personaje que había destrozado al otro explicaba que era infinitamente peligrosa porque estaba herida. El libro parecía querer decir que la herida de este personaje la convertía en criminal involuntaria. Su dolor -orfandad, malos tratos, no recordaba lo que era- le impedía mezclarse con quienes habían tenido mejor suerte, quienes habían conseguido pasar por la vida sin tener que saber esas cosas. La historia era una bobada fascinante, era imposible no acabarse el libro incluso aunque detestaras el mensaje implícito de que los que no habían sufrido deberían cerrarles las puertas a los heridos, que les perjudicarían siempre que pudieran, que no podían evitar desear hacerles daño. Cuando leí el libro no había conocido a nadie que no hubiera sufrido ninguna herida. Creo que sigo sin haberlo conocido.