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Una plácida tarde de esa primera semana en Vermont, desconcertados todavía por haber sido catapultados fuera de nuestras vidas de instituto y sin conocer a nadie, Matthew y yo acudimos a una charla en el césped a cargo de Richard Brodeur, el nuevo rector de Camden. A Brodeur parecía aterrarle tanto aquel lugar como a nosotros. Al igual que el padre de Matthew, Brodeur había lanzado por la borda una carrera empresarial a cambio de algo más «real», y su explicación de por qué quería ser rector de Camden sonaba un poco a la defensiva. De hecho, Brodeur era un experto en eficiencia contratado para reparar los daños causados por un tipo carismático y tolerante de los años setenta. Solo un grupo de crédulos estudiantes de primero se molestó en acudir a la charla.

– Me gustaría contaros una historia -dijo Brodeur-. De niño me encantaba la pizza, y siempre que mi padre me llevaba a la pizzería pedía dos porciones. Mi padre me observaba mientras yo devoraba la primera sin apartar la vista de la segunda. Ni siquiera saboreaba la primera porción. Un día, mi padre me dijo: «Hijo, tienes que aprender que cuando te estás comiendo la primera porción, te estás comiendo la primera porción. Porque ahora mismo te estás comiendo la segunda antes de haber terminado con la primera». Y hace un año comprendí que necesitaba volver a aprender esa lección. Eché un vistazo a mi vida y comprendí que tenía la vista fija en la segunda porción de pizza.

En mi caso, la parábola no cayó del todo en saco roto, aunque no pude evitar pensar en el día en que Robert Woolfolk y su secuaz habían intentado robarme la pizza en la calle Smith. Me pregunté si Richard Brodeur sabría cómo enfocar el problema de la primera porción. Sospechaba que no.

Después, Matthew y yo volvimos al parque central de la universidad, donde, pasadas las hileras más exteriores de residencias estudiantiles, el césped cortado se perdía más allá de la vista: el lugar era conocido como el Fin del Mundo. Allí, un grupo de chicos de nuestra casa estaban destapando un barril. Nos pusimos a la cola para conseguir un vaso de plástico de cerveza espumosa sobre un fondo de colinas verdes rizadas por las sombras del crepúsculo.

– ¿Tú qué has entendido? -preguntó Matthew-. ¿Que cuando te estás comiendo la primera porción podrías en realidad estar comiéndote la segunda?

– Algo así. En cualquier caso, me ha abierto el apetito.

Lo cual se convertiría en una broma recurrente: cuando Matthew y yo empezamos a trasnochar y a saltarnos clases lo llamábamos «comerse la primera porción». Tal como salieron las cosas, mi carrera en Camden no incluiría una segunda porción.

Esa semana acudimos a nuestra primera fiesta de los viernes. Las residencias estudiantiles contaban con un retumbante sistema de sonido y el servicio de comidas las proveía de vasos de plástico y barriles de cerveza: los fines de semana, la administración se esforzaba en mantener a sus tiernos pupilos lejos de los bares de Vermont. En honor a la verdad, Camden no era un invernadero casual, sino deliberado, un experimento como la biosfera. De modo que a las once de la noche doscientos o trescientos estudiantes bailábamos en masa al ritmo de «Super Freak» de Rick James sobre el suelo pegajoso del salón de Fish House, otra residencia con solo un poco menos de mala fama que Oswald. Aquella apropiación del funk bailable fue una primera degustación de algo que yo quería entender con todas mis fuerzas: la ignorancia por parte de esos chicos blancos de clase media de las intrincadas fronteras de la raza y la música que eran mi herencia y mi obsesión. Allí a nadie le importaban: solo era una canción bailable. A Rick James le siguió David Bowie; a Bowie, Orchestral Maneuvers in the Dark; y a OMD, Aretha Franklin. Me lancé a la pista de baile, liberado por un momento.

Al cabo de un par de horas, Matthew y yo nos llevamos dos chicas al Fin del Mundo. Ahora el límite del césped se hundía en una oscuridad mística, explicando así el porqué de su sobrenombre. Aimée Dunst y Moira Hogarth eran, como nosotros, compañeras de cuarto y estudiantes de primero y, muy convenientemente, seguidoras de la moda punk, con sombra de ojos negra y pelo engominado. Matthew las había conocido en la clase sobre Milton y Blake. Los cuatro habíamos charlado o lo habíamos intentado en la locura alcohólica de la fiesta, aquella penumbra de cuerpos contorsionados y vomitando, pero luego habíamos sacado nuestras copas de vodka con mosto afuera, a la gorjeante oscuridad.

Aimée era de Lyme, Connecticut, y Moira era de Palatine, en los alrededores de Chicago. Yo ya había descubierto que casi nadie era de ciudad. Si decían Los Ángeles o Chicago o Nueva York se referían a Burbank o Palatine o Mount Kisko.

Me había dedicado a alardear de mis conocimientos del centro de la ciudad para ligar, dándole la vuelta a mi malestar.

– ¿Alguna vez te han atracado? -preguntó Aimée.

Aimée, como todos los que antes o después me han hecho la misma pregunta, estaba pensando en un robo en un callejón, una transacción adulta, una transacción entre desconocidos. Aimée pensaba en El justiciero anónimo y en Kojak. Lo más cerca que yo había estado de una situación semejante fue cuando Robert Woolfolk atracó al camello, un acontecimiento que no podía explicar.

– Me estrangulaban -dije-. ¿Te han hecho alguna vez una llave?

– ¿Qué es eso?

– Tendría que enseñártelo.

Las chicas soltaron unas risitas y Matthew se quedó mirándome sin entender más que ellas.

– No sé -dijo Aimée, retrocediendo con pasos torpes.

– Vale, olvídalo.

– Házmelo a mí -dijo Moira con audacia.

– ¿Estás segura?

– Ajá.

– En realidad no duele. Pero tendrás que dejar la bebida en el suelo.

Dejamos los vasos de plástico sobre la hierba húmeda. Me incorporé demasiado rápido y me mareé. El oxígeno de Vermont era como una bebida de esas de baja graduación que se toman después de las fuertes.

– ¿Qué coño estás mirando?

Los tres volvieron la cabeza, engañados por el volumen y la hostilidad repentinos de mi voz. Pero estábamos solos en el Fin del Mundo. Era el único lugar en el que podría haber representado mi número folclórico, mi espectáculo de trovador.

Clavé la vista en Moira. Los otros no importaban.

– Eso es, chica. No mires a otro lado, te estoy hablando. ¿Qué coño crees que estás mirando?

– Para -dijo Aimée.

Moira se limitaba a sostenerme la mirada, nerviosa pero desafiante.

– Si no pasa nada. No busco problemas. Ven aquí un momento. -Señalé el suelo a mis pies-. ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo? No te voy a hacer nada. Solo quiero hablar contigo un momento.

Mi yo borracho estaba asombrado de lo bien que me sabía el ejercicio. Aquellas palabras nunca habían salido de mi boca.

Moira se acercó, aceptando el reto, respondiendo como Bacall a mi papel de Bogart. A mí me habría encantado dejarlo correr, pero el guión exigía llegar al final. Había rabia en aquel guión, una necesidad que nunca había destapado.

– ¿Ves? Soy tu amigo, ¿verdad? Me gustas, ya lo sabes. -Pasé un brazo por encima del hombro de Moira y la acerqué a mí-. ¿No tendrás un dólar para prestarme?

– ¡No se lo des! -chilló Matthew, entendiendo por fin la broma. Solo que apenas era una broma.

– No -dijo Moira.

Atrapando a Moira con todo el cuidado posible en el triángulo que formaban mi puño, mi codo y mi hombro, la obligué a agacharse como me lo habían hecho a mí cientos de veces. Aunque no mucho. Hasta mi pecho.

– ¿Seguro? Déjame que te mire un momento los bolsillos.

Le registré los bolsillos delanteros de los pantalones de pana, encontré los billetes y los saqué. Entonces Moira se retorció, me dio pena y la solté. Salió disparada hacia los otros, enfadada.