Levanté los billetes arrugados.
– Es solo un préstamo, confía en mí. Sabes que solo es una broma, ¿verdad?
Moira se me acercó corriendo y de un empujón me tiró al suelo. Noté la ira acumulada en su cuerpo por el modo en que la había tratado, una ira que conocía con precisión, había estado en su lugar. Pero Moira también estaba borracha y excitada y nuestras caderas se tocaban. Al estrangular a Moira también la había elegido. El ambiente estaba cargado de sexo, como lo había estado en la pista de baile de Fish House. Como lo estaba en todo Camden, esperando solo a que alguien se sirviera una porción, que era lo que Moira y yo acabábamos de hacer. Durante todo el instituto no había besado a una chica sin largas conversaciones preliminares, sin embargo en Camden era fácil. Cuando me quitó los billetes de la mano, le agarré la suya y devolvimos juntos el dinero a sus pantalones, rodando sobre el césped mojado, besándonos apasionadamente, sin acertarnos en la cara, besándonos orejas y pelo. Más allá, Matthew y Aimée se habían alejado por el Fin del Mundo y habían desaparecido en la oscuridad.
Lo que nunca habría podido explicarle a Moira era que el componente sexual de una llave estaba presente antes de ponerlo en práctica, que formaba parte de su uso tal como yo lo conocía, que estaba enterrado en sus mismas raíces.
Moira Hogarth y yo pasamos la noche en la habitación que compartía con Aimée en Worthell House, y Aimée y Matthew ocuparon la nuestra en Oswald. Moira y yo fuimos pareja durante dos semanas más: una eternidad en Camden, donde los ensayos de madurez quedaban reducidos a la más mínima expresión por la compresión del tiempo y el espacio. Una relación completa podía durar una semana, las heridas sanaban antes del siguiente viernes por la noche. En nuestro caso, para Halloween Moira y yo habíamos dejado de hablarnos. Después, en Acción de Gracias, volvíamos a ser confidentes y susurrábamos y reíamos mientras paseábamos por el campus y pasábamos noches juntos en la cama de manera que todo el mundo estaba seguro de que éramos pareja a pesar de que en realidad nos acostábamos con otros. Entonces, antes del final del trimestre, habíamos vuelto a romper. Y así siempre: en aquella universidad no había nada destacable en el hecho de reciclar a los pocos desgraciados que te hacían caso. Eran demasiado escasos para desperdiciarlos.
La llave que le hice a Moira en el Fin del Mundo se convirtió en el origen de un plan: lanzaría Brooklyn como un desafío. Necesitaba algo. Todo estaba pensado para que me sintiera como un soso en Camden, con mi pelo corto y mi estilo chaqueta de punto y mocasines, muy David Byrne o mod de Quadrophenia en Stuyvesant, pero a los ojos de quienes de verdad habían estudiado en colegios privados solo parecía un estudiante más. En cambio, nadie cuestionaría mi credibilidad callejera, porque en Camden nadie la tenía. Me gané mis galones interpretando a un robot del gueto. Fingía no saber qué era Baja o Aspen, o por qué mis compañeros de estudios apellidados Trudeau o Westinghouse resultaban particularmente altivos. Fumaba Kool, llevaba una gorra Kangol y llamaba a mis amigos con un «Eh, tú»; y esto, mucho antes de que los Beastie Boys popularizaran la expresión, fue lo bastante divertido para que una pareja de veteranos de Oswald House, un par de camellos de cocaína llamados Runyon Kent y Bee Prudhomme, lo convirtieran en un mote para mí: me llamaban Tutú. En esencia, me convertí en una caricatura de Mingus. El truco me proporcionaba un contenedor perfecto para el desdén que sentía hacia mi persona y la hostilidad que me despertaban mis compañeros de clase. Y me hizo popular.
Me habitué a engatusar y burlarme de los ricos justo hasta su límite de tolerancia. Gorroneaba, les avergonzaba para que me pagaran comidas, cortes de pelo y cajetillas de Kool, los halagaba y conmovía mencionando los temas que llevaban toda la vida preparándose para no tratar: su dinero, los fondos de inversiones que les pagaban los BMW, la ropa de diseño, los almuerzos y cenas en Le Cheval cuando no les apetecía acudir al comedor universitario, los cheques que seguían recibiendo aunque en realidad en el Vermont rural no hubiera nada que comprar en absoluto. Salvo drogas. Y las drogas fueron el otro medio por el que adquirí mis galones.
Camden nos proveía gratuitamente de cerveza, películas, anticonceptivos y psicoterapia. Eran asuntos que se debatían con total libertad, entre bromas. Pero la universidad suministraba otras cosas que no se nombraban pero que también eran gratis, como la clase de música heterodoxa, dirigida por un benevolente catedrático de pelo blanco llamado doctor Shakti que era conocido por dar aprobados seguros por muy poco que acudieras a sus clases, o los libros y las cintas que podían robarse a manos llenas de la tienda del campus porque alguien había decretado que no debía mancillarse el expediente de nadie con tales acusaciones (presumiblemente, la administración compensaba en silencio las pérdidas del tendero). Por supuesto, nuestros padres habrían respondido con una sonrisa amarga de haber oído a alguien considerar estas cosas «gratis»: los costes se incluían en la absurda y famosa matrícula. Los privilegios de Camden eran tan exuberantes que no costaba olvidar el hecho de que un puñado de nosotros no era rico. Todos viajábamos en el compartimiento de primera clase, incluso aunque alguno de nosotros tuviese también que fregar la cubierta.
En cuanto a las drogas, la universidad no las suministraba directamente, pero considerábamos otro privilegio más que hiciera la vista gorda. Camellos como Runyon y Bee operaban sin freno. En el césped se fumaban porros sin disimulo y las fiestas de Pelt House eran famosas por el ponche de ácido que preparaban en el laboratorio del mismo edificio. William S. Burroughs vino a inaugurar el curso y durante los pases de Cabeza borradora y El hombre que cayó a la Tierra una nube de humo atravesaba el rayo del proyector del minúsculo auditorio del campus. Aunque se consideraba de buena educación cerrar la puerta mientras te metías una raya de coca o metadona, pocos se molestaban en volver a colgar los espejos después, y había quien los mantenía a modo de mesillas de café permanentes, más o menos en la línea de Barrett Rude Junior.
Yo era una esponja para la coca. Formaba parte de mi actuación. Las tardes que deberíamos haber pasado en clase o en la biblioteca, Matthew y yo las dedicábamos a jugar al baloncesto con Runyon y Bee en la inmensa cancha, muy poco utilizada, construida en el bosque del límite del campus, por detrás del desaprovechado campo de fútbol (Camden no era un lugar muy atlético). Runyon y Bee disfrutaban con mis intentos de fintas y amagos, todos los movimientos que había absorbido y nunca me había atrevido a probar en los gimnasios de mi juventud. Runyon y Bee nos adoptaron a los dos, nos convertimos en sus mascotas. Como ellos, usábamos gafas de sol Wayfarer en la cancha, defendíamos sin ganas o nada en absoluto y, entre partidillo y partidillo, esnifábamos y fumábamos a la sombra sembrada de agujas de pino que había en el perímetro asfaltado. A los camellos, que no pudiera pagar mi parte les irritaba o enternecía, dependiendo de su estado de ánimo, pero no le daban demasiada importancia. Por las noches subía a las habitaciones de Runyon y Bee y cuando otro estudiante se pasaba a comprar un cuarto de gramo se me incluía en la obligada prueba de calidad. Una vez me gané mi manutención mecanografiando un trabajo de Runyon sobre Mientras agonizo impresionantemente plagado de errores gramaticales. Lo reescribí, tal como sospechaba que Runyon esperaba de mí, y conseguimos un sobresaliente.
Tres o cuatro tardes ese otoño, colocado de algo a una hora excepcionalmente temprana y cortadas las ataduras con quienquiera que estuviera de juerga, Moira o Matthew o los camellos del piso de arriba, incapaz de contenerme, fui al bosque y volé. Ya no tenía el traje, en realidad ya no era Aeroman, solo un chico de ciudad liberado en los bosques que quemaba energía surcando los aires entre las ramas. Que ya no fuera Aeroman era probablemente la razón de que, después de tanto tiempo, todavía pudiera volar. En Brooklyn nunca había volado, excepto durante una recepción de pelota. Me había acobardado físicamente, pero también me habían pesado demasiado los objetivos que Aeroman debía cumplir, sus ideas sobre heroísmos y rescates. En Camden no había nadie a quien rescatar de nada, a menos que nos rescataran a todos de nosotros mismos, algo que un chico volador de dieciocho años no podría ni plantearse. Así que me paseaba entre los árboles del este del Fin del Mundo, por debajo del campo de fútbol y la cancha de baloncesto, me ponía el anillo de Aaron Doily en el dedo, encontraba una roca alta desde la que saltar y volaba. Levantarme un poco por encima del campus, ver el reloj parado de la torre de la universidad desde lejos era un intento de creer en mi suerte, en mi improbable y embriagadora huida de la calle Dean. Intentaba que las colinas me parecieran reales enfrentándome a ellas en soledad y de frente, intentaba hacer mías las ramas arañándolas con la punta de los dedos. No sé si funcionó. Nunca he estado seguro de ser capaz de saborear la libertad, no más que durante el fugaz colocón de una raya de cocaína o la duración de una canción en particular. Y una canción, cuando la vuelves a poner, suena igual. Sin embargo, el polvo blanco, el vapor de mentol, la brisa de los pinos: esas tardes de vuelo mi nariz parecía funcionar al revés y solo olía el interior de mi cerebro mentolado.