Una de esas tardes, después de aterrizar, me encontré con Junie Alteck en el camino de regreso, entre los árboles. Junie era una hippy de Oswald con aspecto de sílfide, una fiestera impenitente que a menudo seguía en la habitación de Bee cuando los demás habían plegado ya las velas. Sospechábamos que se acostaba con Bee, pero él nunca lo había admitido. A Runyon le gustaba llamarla «Aspect». La chica había estado paseando sola por el bosque. Adiviné por su cara que me había descubierto.
– ¿Qué estabas haciendo? -dijo, aturdida.
– Un proyecto de performance para la clase de arte.
– Oh.
– No está mal, ¿eh?
– ¡Y que lo digas!
La cocaína, la jerga negra, las fintas y volar: todo lo que durante mi vida entera había sido peligroso, de pronto, en Camden, era seguro, y ¿por qué no? Camden estaba pensado para sentirse a salvo. Fue en ese estado mental en el que una noche de principios de diciembre, bastante tarde, recibí una llamada de Arthur Lomb en la cabina de Oswald.
7
Arthur me contó su historia a toda prisa. La extraña asociación empresarial forjada entre Lomb, Woolfolk y Rude en el mes previo al tiroteo había sobrevivido a la condena de Mingus por homicidio voluntario sin premeditación y su sentencia, dictada en octubre, a diez años en Elmira, la prisión del norte del estado. El resultado fue una asociación todavía más extraña: Arthur y Robert. Habían cogido el dinero que yo había pagado por los cómics y el anillo y lo que habían conseguido juntar entre los dos y habían comprado el cuarto de kilo. Luego lo habían vendido con éxito. Barry era su principal cliente. Y Arthur y Robert se habían abstenido de consumir los beneficios, habían ahorrado suficiente para pillar otro cuarto y volver a empezar. Solo que la sociedad se había roto. Robert se había presentado en casa de Arthur con un par de compinches de las casas Gowanus exigiendo dinero y la madre de Arthur se había asustado y había llamado a la policía. Robert le había prometido a Arthur que lo mataría si no le entregaba cierta cantidad de dinero en una fecha determinada, pero Arthur no podía ir solo a Gowanus a vender la mercancía porque los amigos de Robert conocían su cara paliducha y el alijo que llevaría encima; mientras, Barry había aprovechado Acción de Gracias para ir a visitar a un médico en Filadelfia y todavía no había vuelto…
Le interrumpí, no necesitaba escuchar más. De hecho, me importaba parecer desinteresado por los detalles de aquella ciénaga lejana.
– No tienes a Mingus para protegerte -dije con satisfacción.
La única respuesta que me llegó fue la respiración de Arthur y detecté un pequeño fantasma de falso ataque asmático en su pánico sincero.
– Compra un billete de autobús -dije-. Nos desharemos de la mercancía en un par de días, sin problema. Volverás con el dinero.
No me costó mucho persuadir a Arthur. Al día siguiente, martes, cayó la primera nevada de la temporada mientras esperaba en la estación de autobuses de Camden Town. El autobús giró en el amplio aparcamiento, marcando con las ruedas la acumulación de nieve nueva. Se detuvo con un suspiro y el conductor bajó a abrir el maletero, pero Arthur no había dejado equipaje. Arthur se acercó de puntillas por la nieve con una bolsa Adidas colgada al hombro de su poco adecuada cazadora, soplándose las manos y con aspecto consternado.
– ¿Estudias aquí?
– Esto es el pueblo. La universidad está a unos cinco kilómetros.
Me miró sin entender.
– Se puede ir en autostop -alardeé.
Era otro extra de la universidad: alguien del campus, un estudiante veterano o licenciado con coche, a veces incluso algún profesor, reconocía el estilo de ropa que te distinguía de los del pueblo y te recogía en el arcén de la Ruta 9A para alejarte del fúnebre centro industrial de Camden por los centros comerciales que habían vampirizado la vida de la ciudad hacia los bosques, por la carretera que entraba en el campus por detrás. Quería intimidar a Arthur con todas mis armas. Le cogí la bolsa Adidas y cruzamos el aparcamiento de Dunkin’ Donuts en dirección a la carretera cubierta de aguanieve gris.
Resultó que el coche que nos recogió fue el del rector Richard Brodeur. Tal vez hubiera bajado al pueblo a por una porción de pizza. Cuando nos subimos al coche, le presenté a Arthur como a un amigo de Nueva York que había venido de visita. Brodeur lo saludó incómodo y me recordó la política de registrar en la oficina a los invitados que pernoctaban en el campus. Y del límite de tres días de tales visitas. Le aseguré que cumpliríamos los requisitos. Brodeur parecía haber envejecido desde el día del discurso sobre las pizzas, me pregunté si sus tres primeros meses en Camden habrían sido tan intensos como los míos. La verdad es que me dio pena. Recogernos en mitad de la carretera me pareció una prueba evidente de un triste deseo de agradar, de encontrar su lugar en aquella atmósfera casual, un lugar que aún no tenía.
La nieve se amontonaba en los bordes del parabrisas, aplastada en pilares desmigajados por los limpiaparabrisas, y los copos salpicaban el cristal.
– ¿Vas a la universidad, Arthur?
– No. Eh… voy a ir a Brooklyn. Quiero decir a la Brooklyn City. Pero… eh… necesito todavía un par de créditos. Así que me he tomado un año de descanso.
La explicación contradictoria de Arthur no dejaba pie para una réplica. Brodeur sonrió y dijo:
– No vas muy preparado para el clima de Vermont, ¿verdad?
– Qué va, estoy bien. Señor.
Brodeur nos acercó hasta la puerta de los apartamentos Oswald cuando cualquier otro nos habría dejado justo después de la caseta del guarda. Sentí el impulso ridículo de invitarle. Me preguntaba si alguna vez habría entrado en una habitación de alguna residencia de estudiantes desde que estaba en Camden: probablemente no. E impresionaría a Matthew. Habría sido un acto muy devo. No era probable que hubiera propiedades robadas del campus ni material relacionado con drogas a la vista, pero supuse que no podía arriesgarme y dejarle pasar.
– Que disfrutes de tu estancia aquí, Arthur. Tal vez quieras cambiar de universidad.
– Eh… sí, mola. Gracias.
Arthur Lomb se hizo famoso en el espacio de dos días. Si yo era el Gato de Theodore Geisel, acababa de revelar el otro gato aún más increíble que escondía bajo el sombrero. Con sus vaqueros holgados, sus cordones anchos y su jerga incomprensible, sus constantes referencias al rap y los graffiti y su sobrecogimiento indisimulado por el lugar al que había ido a parar, Arthur sorprendió a mis amigos de Camden como la confirmación de que aquello a lo que yo aludía con mi pose del gueto no era broma. Irónicamente, Arthur les pareció auténtico. Cuando insistía en contar el dinero antes de entregarles la droga -Arthur, Matthew y yo nos habíamos pasado las últimas horas de esa primera tarde dividiendo el suministro de Arthur en papelas de proporciones Camden-, se emocionaban ante semejante muestra de sinceridad callejera. Por fin tenían un camello de verdad en el campus. Y aunque Arthur era la comidilla de todas las bromas, también se reía lo suyo y forzaba las cosas. Nadie habría podido decir quién se reía más de quién.