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El tercer día que Arthur pasó en el campus, Runyon y Bee nos llevaron en coche hasta la ferretería del pueblo, donde conseguimos un puñado de Krylon y Red Devil. Los cuatro nos pasamos la madrugada pintarrajeando las paredes de Oswald y luego el bar del campus y el complejo de bellas artes. Arthur y yo decoramos los edificios con auténticos graffiti de Brooklyn, reproduciendo los tags de los miembros de FMD y DMD, las bandas que habían acabado con nuestras pintadas de toyacos. Aquellas runas no significaban nada en Camden, a pesar de que si nos las hubiéramos apropiado en las paredes de Brooklyn al poco tiempo habríamos acabado en la sala de urgencias del hospital universitario de Long Island. Runyon y Bee escribieron «KING FELIX» en erráticas mayúsculas varias veces -el nombre era una broma privada entre los dos-, pero después de ver nuestra destreza con las latas de aerosol lo dejaron estar.

Arthur debió de sentirse como en un número satírico del Saturday Night Live: «Camello samurái» o tal vez «Cocainómanos en Vermont». Yo me concentré en actuar como si siempre hubiese encajado en esa atmósfera, como si no me pareciera destacable, necesitaba asegurarme de que Arthur captaba el mensaje: Dylan Ebdus había sido una especie de príncipe vestido de mendigo en la calle Dean a la espera de asumir el lugar que le correspondía por derecho. Desde luego no quería discutir lo que había ocurrido entre Mingus, Barry y Senior. Me negaba a rememorar o ni siquiera a reconocer cuánto tiempo hacía que conocía a Arthur. Dudo que mencionara a Abraham, a menos que fuera para mofarme de lo poco que mi padre sabía de la vida en esa universidad. Abraham, por supuesto, pagaba las facturas, pero eso era solo un detalle incómodo.

El viernes por la mañana descubrimos que habíamos escrito las firmas de nuestros enemigos por todos los edificios de la universidad. La verdad es que impresionaba ver tanta pintura roja sobre el fondo de madera blanca a la luz de la mañana, como si Arthur y yo hubiéramos importado nuestras pesadillas urbanas en una compulsión sonámbula. Por el comedor corrían todo tipo de teorías acerca de la autoría, pero Runyon y Bee, entre susurros, me convencieron de que no había sido para tanto. Habíamos cambiado la decoración del parque, nada más. Camden era nuestro y podíamos pintarrajearlo.

De acuerdo con la normativa, ese día deberíamos haber metido a Arthur en un autobús de vuelta a Nueva York, pero no estábamos para normas. Quería que Arthur viera la fiesta del viernes noche -esa noche se celebraba en Crumbly House-, y aunque había corrido la voz entre los drogatas del campus de que en los apartamentos Oswald estábamos de liquidación total y Arthur ya tenía el dinero para pagar a Robert Woolfolk, necesitábamos otra gran noche, una noche de fiesta, para vender el resto del alijo.

Teníamos el apartamento casi para nosotros solos. Matthew últimamente dormía con una estudiante de segundo en una casa de fuera del campus, en North Camden, y Arthur había ocupado el lugar de Matthew en el dormitorio del fondo del apartamento. Mi cama estaba en el salón comunitario, junto a la chimenea y el sofá. Esa tarde Arthur y yo holgazaneamos aletargados en el salón tratando de recuperarnos de la noche anterior y esperando a la siguiente noche. A Arthur no le gustaban los discos de Devo, Wire ni Residents que Matthew y yo poníamos en rotación constante por esa época y había rebuscado a fondo en la colección de Matthew hasta encontrar algo que le gustara: The Lamb Lies Down on Broadway de Genesis. Nos tumbamos a oscuras, yo en mi cama y Arthur en el sofá, y el histérico glamour sinfónico de la música parecía hablarnos tan bien de lo absurdo de nuestras circunstancias que daba la impresión de que no necesitaríamos hablar nunca más.

La primera llamada a la puerta no fue la de un cliente de Arthur, sino la de un miembro del servicio de limpieza, una mujer a la que había visto docenas de veces pero de quien no sabía el nombre. Pálida, gruesa y encorvada, me parecía una especie de bruja vieja a pesar de que no debía de tener más de cuarenta años. Se ocupaba de fregar los baños de Oswald, la mayoría de ellos servicios comunitarios que daban a pasillos comunes. Pero una vez a la semana limpiaba el baño privado de nuestro apartamento, y por tanto la dejábamos entrar. Tras un leve gesto de saludo a Arthur, se metió en el cuarto de Matthew, al fondo del apartamento. Le di la vuelta al disco y volví a desplomarme en la cama.

La mujer era una representante típica del ejército de anodinos habitantes locales que se encargaban del mantenimiento de los edificios y terrenos de Camden. Carecían del colorido y el descaro del resto de los locales, pero eran verdaderos sirvientes que perfeccionaban el arte de la deferencia hasta resultar invisibles. Conocíamos los nombres de algunos de los ancianos, los que llevaban veinticinco o treinta años de servicio y al haber sido testigos del paso de generaciones de estudiantes y profesores habían adquirido cierto estatus de talismán. Siempre sonreían, respondían a nombres como Scrumpy o Red y todo el mundo los saludaba cuando pasaban por el lado con el cortacésped o la máquina quitanieves. Pero las morlockianas mujeres que fregaban los baños nunca hablaban. A Runyon le gustaba llamarlas «gente pequeña» y una vez le vi alzar una cerveza y decir: «Querría agradecer a toda la gente pequeña su trabajo, especialmente a la que fregó el vómito del rellano el sábado por la mañana mientras por fortuna yo seguía inconsciente».

Antes de que acabara la cara del disco tuve que levantarme a contestar a otra llamada a la puerta. Esa vez eran Karen Rothenberg y Euclid Barnes. Karen y Euclid eran amigos de Moira de Worthell House y supongo que también míos. Ahora eran, además, clientes: lo habían sido de hecho durante los tres días de juerga que habían seguido a la llegada de Arthur. Euclid era alto, un estudiante de tercero con bolsas negras bajo los ojos. Era un gay resignado y alicaído que nunca encontraba a nadie con quien practicar el sexo y que se quejaba amargamente de lo solo que estaba en Vermont. Karen era su protectora e intermediaria, una morena gruesa maquillada al estilo gótico y con una afectada actitud de hastío. A mí me daba la impresión de que buscándole sin descanso chicos a Euclid lo que en realidad hacía Karen era protegerse del terror que le despertaban sus propios deseos. Una aburrida madrugada de la semana anterior -lo cual, en Camden, equivalía a eones de tiempo- yo mismo había rechazado una aproximación doble por parte de Karen y Euclid. Ahora los dos estaban obsesionados con Arthur, el chico salvaje de Brooklyn.

Euclid se sacó el chaquetón de marinero y lo lanzó sobre una silla, e inmediatamente se puso a juguetear con los cigarrillos.

– ¿Qué estáis escuchando? -preguntó.

– Genesis -contesté.

– Tonterías, esto no suena a Genesis. Quítalo.

– ¿Dónde está Moira? -dijo Karen.

– No lo sé -respondí.

– Habíamos quedado aquí con ella.

– Vale, pero yo no tengo ni idea.

Karen se sentó en el sofá, a los pies de Arthur, despertándolo de su letargo. Por lo visto, tanta juerga le cansaba más de lo que yo pensaba.

– Estoy pelado -murmuró Euclid con el cigarrillo en los labios. Dejó cuatro billetes de veinte sobre la cómoda-. Es culpa de mis padres, que se han retrasado con un cheque. Esto tendrá que ser lo último.