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– Bueno, estoy consternado -dijo Euclid, rompiendo el largo silencio-. La idea de tener a una mujer de la limpieza encerrada en el baño como a un juguete sexual me parece atroz. No sé cómo has conseguido salirte con la tuya.

– Euclid, te aseguro que no es mi juguete sexual -dije.

– Por supuesto que lo es -insistió Euclid-. Tú y Arthur sois un par de animales. Suerte que os hemos distraído y así ha podido escapar. ¿Teníais intención de darle alguna vez de comer? ¿Pensabais drogarla?

– Oye, tío -dijo Arthur, entendiendo por fin la broma-. Que aquí todo el mundo paga.

– No podría ser de otro modo -convino Euclid.

– Bueno, pues yo me alegro de que se haya marchado -terció Karen-. Porque tengo que hacer pis.

– Eso sí que habría sido una sorpresa -dijo Moira.

– Ve a ver si ha encendido una hoguera -le ordenó Euclid-. Es probable que intentara comunicarse mediante señales de humo con el resto de su especie.

– Quizá se haya comido el jabón -sugirió Arthur.

Olvidamos el escándalo y seguimos adelante con el guión para esa noche. Cuando apareció Matthew le contamos lo sucedido, compitiendo por exagerar en los detalles: el correteo demente de la mujer, cómo Karen había estado a punto de mearse encima, que Arthur estaba seguro de que eran los de antinarcóticos y había estado al borde de tragarse toda la mercancía. Los cinco todavía seguíamos riéndonos del incidente cuando a las diez fuimos a cenar en Le Cheval por cortesía de la Mastercard de la madre de Karen Rothenberg. Al día siguiente le describí lo ocurrido a Runyon que, tal como había imaginado, le quitó importancia. Así que lo olvidamos.

Al cabo de dos semanas la visita de Arthur no era más que un recuerdo lejano, escondido detrás de otro montón de dramas. Moira y yo habíamos tenido nuestra tercera aventura que había reventado a fuerza de malentendidos; dolidos los dos por razones que no llegamos a pronunciar, buscamos el consuelo de nuevos amigos. Y mientras el campus, envuelto en frío y oscuridad, se preparaba para el largo cierre de las vacaciones invernales, el trimestre había ido pasando hasta quedar reducido a una minúscula irrelevancia. La pregunta del momento era dónde ibas a pasar el mes de enero. ¿En Mustique? ¿En Steamboat? Bueno, yo iba a ir a la calle Dean, pero daba igual. El futuro se nos acercaba a toda velocidad: ¿quiénes serían nuestros nuevos amantes en febrero, cuando regresáramos? Habíamos puesto los ojos en algunas perspectivas atractivas que, por alguna razón, habíamos pasado por alto hasta entonces. El pasado trimestre había enmudecido, como nuestras glorias y errores.

Esa era la impresión reinante la tarde de mi entrevista con mi asesor universitario, Tom Sweden, el último día de clase. Sweden era también mi profesor de escultura y el típico escultor de Camden, un brusco fumador compulsivo con dificultades de expresión que se vestía permanentemente como un proletario, con botas de trabajo y vaqueros manchados de yeso, un poco a lo hombre Marlboro. No nos gustábamos: a mí me interesaba tanto su poética de la falsa pobreza y del analfabetismo fingido como a él mis falsos privilegios y mi sofisticación fingida. Sin embargo, de algún modo me había imaginado que mi vigor e ingenio habían puesto a Sweden de mi lado en esa la línea que dividía a los estudiantes y los profesores enrollados de la estricta administración. No sé por qué lo pensaba, tal vez solo por el efecto de la universidad.

Sweden estaba sentado en su ruinoso despacho del sótano del edificio de bellas artes, rodeado de un caos de chatarra, ceniceros llenos y papeles desordenados. Cuando llegué, diez minutos tarde, el hombre ya estaba inspeccionando con cara de pocos amigos un fajo de formularios rosas, evaluaciones finales de las cuatro asignaturas que había cursado ese trimestre. De modo que Sweden, como yo, sabía que había suspendido Sociología y no había terminado el curso de Lengua.

– No está demasiado bien -dijo, arrugando los papeles.

– Me ocuparé del parcial de inglés -dije, enfocando la reunión como una negociación-. Tengo el trabajo a medias. -No lo había empezado.

Sweden se frotó el mentón con los dedos manchados. Como Brando, estaba por encima del papel que le tocaba interpretar y eso le atormentaba. No lograba que sus profundos pensamientos encajaran en el banal lenguaje disponible, así que se limitó a fruncir el ceño.

– Este trimestre me he centrado más en la escultura -dije, intentando halagarle.

– Sí, pero… -No terminó la frase, dejándonos a los dos preguntándonos por su final.

– Y he aprobado música heterodoxa -señalé.

Sweden alzó una ceja.

– ¿Con el doctor Shakti?

– Sí.

– Ya, pero eso no es una clase seria, ¿no?

Si Sweden no lo sabía seguro, era el único del campus. Me mantuve callado.

– ¿Hay algo…? -Sweden no apartaba la vista de la puerta-. ¿Has tenido alguna preocupación este trimestre, Dylan?

– No, creo que sencillamente ha sido un período de adaptación y que probablemente estaré más centrado a la vuelta. En las clases y todo lo demás. Pero no pasa nada malo.

Volvió a rascarse la barbilla. Quizá mi pequeño discurso bastara para librarnos a los dos de aquella conversación: Sweden parecía estar sopesando dicha posibilidad. Entonces llamaron a la puerta.

– Sí, adelante. -Sweden me pareció contrariado pero no sorprendido.

Era Richard Brodeur, el rector.

– He pensado en traerte esto yo mismo -dijo mostrándole a Sweden un puñado de carpetas. Sweden gruñó, señaló a su mesa. Brodeur sumó las carpetas al desorden de la mesa.

– Richard, eh… Dylan Ebdus -farfulló Sweden, a regañadientes-. Estábamos… hum… teniendo una charla.

Brodeur me tendió la mano y al tiempo que me la chocaba me miró intensamente a los ojos.

– Sí -dijo con amabilidad-. Nos conocemos.

– Claro, hola -contesté.

– Te recogí un día en la 9A, ¿verdad? Nevaba.

– Sí.

– ¿Qué tal está tu amigo?

– Bien, creo. Bien.

– Bueno, verás, no debería interrumpir -le dijo de pronto a Sweden-. Esos papeles no corren prisa. Ya los mirarás cuando tengas tiempo.

– Bien -dijo Sweden con una sonrisa forzada.

No había nada que interrumpir. Cuando Brodeur se marchó no quedaba gran cosa por decir. Sweden me deseó felices vacaciones y suerte con el trabajo pendiente. Tuvo que encender un cigarrillo para poder despedirse con un «Cuídate, hombre». Por lo visto era todo lo que tenía que comunicarme.

La carta llegó cuando aún no había pasado una semana, a Brooklyn. Iba dirigida a mi padre. Estábamos en la mesa del desayuno cuando Abraham me la entregó, vuelta a meter en el sobre abierto, con un escueto: «Creo que es para ti». Pero la carta había llegado el día anterior: Abraham la había subido al estudio y se había pasado una tarde y una noche mirándola antes de decidirse a decirme nada.

La carta estaba escrita en el papel crema grabado de Camden e iba firmada por Richard Brodeur. Explicaba a su pesar que debido a mi incumplimiento de la política universitaria sobre el alojamiento de las visitas y la posesión de narcóticos, se me expulsaba un trimestre y posteriormente se plantearía mi caso al consejo estudiantil. En realidad lo más importante era que me habían retirado la beca de estudios al no ser capaz de superar el nivel de exigencia académica exigida. Pasado cierto período, podía volver a solicitar una beca.

La leyenda del camello de Fish House al que habían advertido de que cerrara el tenderete no iba desencaminada. Sí, Camden College podía y solía protegerse de la patrulla de narcóticos de Vermont. También podía protegerse de mí y de Arthur Lomb. Me guardé la carta en los vaqueros con la mirada baja para eludir la de Abraham. Mi padre siguió entrechocando platos y raspando tostadas, y luego, presa de una ráfaga de emoción, me leyó el obituario de Louis Aragon, poeta francés de ochenta y cinco años. Yo podría haber salido en dirección a Nevins a coger la línea 4 con la mochila cargada de deberes sin hacer y fotocopias de publicidad de grupos musicales de Stuyvesant. La calle Dean estaba exactamente igual que la había dejado, la carta que llevaba en el bolsillo era la única prueba de que alguna vez me había marchado.