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La Universidad de California en Berkeley todavía me aceptaba. Estaba lo bastante lejos para mi gusto, a una distancia desde la que Vermont desaparecía en esa masa nudosa de viejos estados que nadie en la costa soleada se molestaría siquiera en distinguir unos de otros. Los créditos de Camden no me sirvieron de nada, de modo que volví a empezar de cero con un historial limpio, por decirlo así. Berkeley era lo contrario a Camden: un mar de estudiantes asiáticos, mexicanos, negros y blancos, una ciudad costera en lugar del invernadero siempre verde de Camden. En las clases de Camden éramos diez o doce personas sentadas alrededor de una larga mesa de roble, bromeando y discutiendo, pavoneándonos todos y siendo escuchados individualmente. En California el profesor hablaba a un micrófono en la lejana tarima mientras un estadio de estudiantes de primero tomaba notas con los brazos sincronizados como robots en una cadena de montaje. Por primera vez en mi vida aprendí a estudiar.
Lo mejor en kilómetros a la redonda era la emisora de radio del campus: KALX. El formato abierto de la emisora daba libertad a la pandilla de pinchadiscos para obsesionarse con lo que quisieran y el resultado era de una variedad espléndida. Muchos locutores mantenían sus programas años después de licenciarse, y era esta excepción a la regla habitual la que daba a KALX su especial hondura, la hondura de una familia anárquica cuyos miembros tenían todos motes para distinguir sus programas: Aviso de Temporal, Comandante Chris y Sexo para Adolescentes eran algunos de mis preferidos. Sus voces carismáticas, cáusticas y cercanas puntuaban los días y las noches sin estaciones de Berkeley. En mi cuarto, en la planta doce de un feo edificio alto, por encima de la silueta de palmeras que salpicaba el sendero de la bahía, sus voces me hacían compañía con regularidad.
La emisora estaba en un minúsculo edificio de la calle Bowditch, un bloque blanco con el nombre de la emisora pintado en una tira azul. KALX parecía un iceberg, la mayor parte de la emisora estaba sumergida: las cabinas y las colecciones de discos estaban en el sótano, arriba solo había un despacho, mesas con teléfonos y una sala de espera llena de sofás de segunda mano que perdían espuma por las quemaduras de cigarrillos. Fui de visita en cuanto tuve oportunidad y me presenté voluntario para atender el teléfono durante una maratón benéfica. Me tocó el turno de primera hora de la mañana y el locutor me miró con cara de considerarme un perdedor por haberlo aceptado. Me explicó las normas: por entregar más de veinticinco dólares, el donante podía visitar la emisora y reclamar una camiseta; por más de cincuenta, podía regalarle uno de los discos asquerosos que colapsaban la emisora. A lo largo de mi turno atendí entre quince y veinte llamadas. Me llegaba la voz del locutor desde abajo encajando de mala gana la colecta en su formato habitual, pero no me dejaron entrar en la capilla del sótano.
Después pregunté qué tenía que hacer para convertirme en locutor, pero no me animaron demasiado. Acepté cien horas de aburrido trabajo de voluntario para que me pusieran en la lista de becarios. Por entonces la lista de espera, incluso para la franja más mínima del amanecer, solía ser de un año. Me enseñarían otros locutores que preferirían que no les hiciera perder el tiempo: o iba en serio o mejor no molestar. KALX era, de acuerdo con los ideales de Berkeley, un colectivo de voluntarios pero dirigido sin una pizca del misticismo y la mojigatería de Berkeley, sino con un estoico agotamiento punk. Era marzo de 1983. A finales de año había conseguido un programa, las madrugadas de los jueves de dos a seis. Lo conservé durante tres años. Lo cual, para los estándares de KALX, era una insignificancia pero representaba el compromiso más largo de mi recién estrenada vida de adulto.
Me hice llamar Cangrejo Huidizo. De haber tenido la más mínima sospecha de que al trasladarme a Berkeley había reproducido la huida de Rachel hacia el oeste, bromearía amargamente con la idea de que tal vez ella estuviera en el radio de emisión de mi programa. Tal vez se preguntara quién era aquel fantasma doble que le había salido. Al principio de cada programa pinchaba «Reasons to Be Cheerful, Part 3» de Ian Dury, un rap blanco a lo Monty Python, y lo convertí en mi himno. Pero mi amargura, como la lista de temas que pinchaba, pronto fue puesta en cuarentena. El programa era malo. Por muchas canciones favoritas que creyera tener, todas parecían trilladas al cabo de unas cuantas repeticiones. Estaba intentando dejar huella, marcar personalidad, tal como Matthew Schrafft y yo habíamos hecho al lucir a Devo en las carpetas.
Era imposible ocultar lo evidente: aquellas horas solitarias antes del amanecer eran un vacío o un espejo. O no hablaba para nadie o hablaba para mí. Así que volví a empezar con ánimo de experimentar y descubrir. Antes de cada programa desenterraba discos olvidados de la mohosa biblioteca de la emisora y ya en el aire despertaba mi propia curiosidad, pinchaba temas que nunca había oído y siempre me habían llamado la atención. Lo que me gustaba, cuando me permitía admitirlo, era el doo-wop, el rhythm and blues y el soul. Stax y Motown, pero también las discográficas Hi y Excello y King y Kent. Otis Redding y Gladys Knight, pero también Maxine Brown y Syl Johnson. Y me encantaban los grupos de armonías vocales. Me encantaban los Subtle Distinctions.
Me convertí en un buitre del vinilo que recorría las tiendas de música en busca de álbumes descatalogados y los analizaba con intensidad talmúdica. En pocos años, la música que me gustaba sería desenterrada de los archivos de los estudios y reeditada en cedé, pero por entonces todavía era chirriante, mohosa y solo mía. Leía a Peter Guralnick, Charlie Gillett y Greg Shaw y olvidaba qué opiniones eran mías y cuáles prestadas, y luego las hacía todas mías pinchando los discos, pinchando los discos, pinchando los discos: aprendí a callarme la boca y pinchar los discos. Ya no intercalaba mis comentarios entre disco y disco, sino que leía las notas que acompañaban las fundas de los álbumes, como la de Richard Robinson para Get It While You Can de Howard Tate:
Sí, Howard es de origen negro, donde los blancos solo se admiten si entienden. Posee la verdadera emoción del soul que solo puedes pasar por alto si no escuchas con el corazón. De eso tratan Howard y su música: la tierra indiferente y el largo camino entre el amanecer y el anochecer.
¿Quién podía superar eso, quién querría intentarlo? Leía una nota y luego ponía una cara del disco. Porque en el sótano de KALX descubrí que tenía todo el tiempo del mundo. Allí aprendí que encontrar el arte de uno consiste en matar el tiempo de un solo disparo. Entendí a Abraham. Yo me abría un camino a través de la noche con canciones de dos o tres minutos del mismo modo que mi padre lo hacía embadurnando de pintura una ristra de fotogramas.
La emisora no era un centro de reunión social. Las reuniones de personal eran de una eficiencia áspera y, en el mejor de los casos, los locutores formaban una comunidad hermética. Podías juntarte con los que tenían programas antes y después del tuyo porque al menos coincidíais. Pero yo me hice amigo de un grupo de locutores y ex locutores que jugaban juntos al softball. Se llamaban la Liga del Pueblo. Nos reuníamos los domingos en un lugar llamado campo de la Escuela de Sordos para jugar un desastroso partido mixto sin strikes ni recuento de puntos pero mucha cerveza y barbacoa. Diez años de atacar Spaldeens con un palo de escoba me habían convertido en un bateador bastante bueno, aunque solo para los lanzamientos rectos. Los otros pinchadiscos se reían de mí por lo predecible que era: todo lo que tiraba pasaba por encima de la cabeza del segunda base.