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No era fácil explicarles el diamante estrecho y llano que formaba la calle Dean, con los picaportes de los coches a cada lado haciendo de primera y segunda base y una distante alcantarilla a modo de tercera. Los DJ eran de California y nunca habían jugado en la calle. Resultó que la forma irregular del campo de la Escuela de Sordos se hundía por el lado izquierdo mientras que un puñado de árboles en el centro hacía de mi tic una ventaja: los bateadores más fuertes de la liga lanzaban outs de noventa metros hacia la izquierda mientras que mis tiros desaparecían en el bosque. Mientras el bateador del centro del campo trataba de encontrar la pelota entre los eucaliptos, yo corría de base en base hasta conseguir un home run sin problemas. Una vez que había una chica a la que quería impresionar, marqué tres home runs seguidos ayudado por los árboles en una sola tarde. Podría haber sido el día más feliz de mi vida. Desde luego, lo habría sido de haber estado Mingus Rude para verlo.

Mis hazañas en la Liga del Pueblo las logré sin la ayuda del anillo de Aaron Doily. Lo tenía archivado. Había olvidado mi identidad como el superhéroe más patético del mundo y me había transformado en californiano. Tenías novias californianas, un apartamento californiano y, después de dejar las clases por pura falta de interés, una carrera de periodista californiano como crítico musical en el Alameda Harbinger, un trabajo en cierto modo extensión de lo que había hecho tratando de modernizar la moribunda gaceta de KALX. Transcurrieron tres años sin que tocara el anillo y desempolvara a Aeroman. Lo que pasó es que me hicieron una llave en un autobús.

Había llevado a Lucinda Hoekke a un concierto de Jonathan Richman en Floyd’s, un pequeño escenario del centro de Oakland. Lucinda era una estudiante de segundo transferida desde Saint John’s, en Annapolis, y una seguidora de KALX; aquella ventosa noche de marzo era nuestra tercera cita. Después del concierto nos subimos a un autobús vacío en Broadway de vuelta a Berkeley y nos sentamos demasiado cerca del final. Tal vez estuviera tratando de demostrarle a Lucinda Hoekke o a mí mismo que no me asustaba el único pasajero que nos acompañaba, un negro alto repantigado en un rincón con un abrigo hinchado bajo los brazos como si llevara flotadores. Así que elegimos un asiento doble de espaldas al chico. Entre el sombrero de lana y la bufanda de rayas, yo lucía unas gruesas gafas de pasta negra a lo Buddy Holly o Elvis Costello, un complemento esencial si querías ser un moderno del rock. Al menos eso significaban para mí. Al chaval seguro que le parecí la caricatura de una víctima: Woody Allen se había subido a su autobús. Me hizo la llave por principios, estrangulándome con el codo solo el tiempo justo para demostrar que podía hacerlo.

– Es broma, tú. ¿Es tu novia?

Lucinda parpadeó. Para lo que servían, las ventanillas podían haber estado pintadas de negro. El autobús siguió avenida adelante, con el conductor encerrado en su cabina, impasible. Enrojecí.

– ¿No tendrás un dólar para prestarme?

El guión era idéntico de costa a costa. Quizá lo llevara escrito en la frente. Cogí a Lucinda de la mano y la acerqué a la parte de delante del autobús. Nos sentamos junto al conductor, que apenas nos echó un vistazo.

– ¿Se lo vas a decir? -susurró Lucinda.

La hice callar.

– Oye, tío, no tienes por qué ser así -chilló el chico desde el fondo-. ¿Es que ni siquiera puedes hablar conmigo, tío?

Pidió parada y se bajó por la escalera de atrás, despidiéndose con un fuerte golpe en el lateral del autobús. Arrancamos en silencio, el conductor y yo avergonzados y Lucinda acobardada. Vi en sus ojos que no entendía nada: ¿nos habían atracado?, ¿yo estaba enfadado?, ¿por qué parecía que estuviera enfadado con ella? El acertijo no había cambiado desde la última vez que me lo había topado en alguna acera de los alrededores de la ES 293. Una llave era un koan. Su enseñanza no tenía nombre. Nunca volví a llamar a Lucinda Hoekke. Tampoco volví a ponerme aquellas gafas.

Hacía mucho tiempo que el traje de Aeroman había desaparecido, estaría apolillándose en algún cajón de pruebas de la policía o destruido. Esta vez opté por algo menos extravagante, muy alejado del modelo con capa a lo Superman u Omega el Desconocido, y más similar a esos vengadores urbanos enmascarados y elegantes como Spirit o el Avispón Verde. El cambio incorporó mi reciente afición por el cine negro de los años cuarenta y cincuenta, en concordancia con la vergüenza que me producían los trajes rayados de la Marvel que ahora iban unidos a la hortera moda setentera de grupos como Kiss y T. Rex y los uniformes de los Houston Astros. De todos modos, nuestras capas -la de Mingus, la de Aaron Doily y la mía- nunca nos habían ayudado a volar. De modo que empecé a recorrer las tiendas de segunda mano de Berkeley en busca de un buen traje antiguo de dos piezas y solapas estrechas, algo apuesto, memorable y digno de las elevadas intenciones de Aeroman: tal vez en zapa marrón o verde bosque. Entonces descubrí que no necesitaba buscar: Aeroman ya no tenía un aspecto concreto, ya no era capaz de vestirse, ni de desvestirse. El anillo había cambiado desde que surqué los bosques de Camden.

Lo descubrí en pleno vuelo al anochecer, sin espejos cerca. Había remontado las colinas de Berkeley hasta un risco desde donde veía los tejados de lujosas casas construidas en pendiente sobre pilotes, las verdes estepas por encima del campus, entre ellas el campo de la Escuela de Sordos y las laderas de las planicies que se extendían hasta el puerto deportivo. Había ido al bosque a reunir coraje recordándome a mí mismo el único vuelo digno de ser recordado, no entre las calles de la ciudad donde estaba la acción, sino entre árboles y estanques. Pensé en empezar descendiendo la colina por el campo de la Escuela de Sordos. Esa noche no perseguiría la injusticia. No tenía ni traje ni plan de ataque. Solo estaba practicando.

Me bastó ponerme el anillo para notar la diferencia al instante. El anillo no se sentía atraído por el aire, esa parte de él había muerto. Ya no permitía volar, pero tenía otro poder. Mi mano era invisible. Como el resto del cuerpo que alcanzaba a verme. Me tropecé en el sendero pedregoso al enredarme los pies invisibles mientras giraba y me retorcía tratando de verme. En cuanto me ponía el anillo, no había nada que ver. Podía dejar marcas en el suelo con los zapatos, toser o chillar y que me oyeran, notarme la respiración contra la palma de la mano, lamerme un dedo y notar cómo el viento de la bahía secaba la saliva. Solo que no se me veía.

No sé por qué cambió el anillo. Me preguntaba si sería el efecto de California, si la naturaleza del anillo iría ligada a fuerzas geofísicas y se había alterado con el traslado. O quizá tuviese que ver con el cambio de edad, no el mío, sino el del anillo, puesto que Aaron Doily, aunque de forma poco convincente, había volado con cincuenta y pico años. Al final lo entendí en términos personales. Cuando me dieron el anillo por primera vez, a los doce años, yo creía que volar era el denominador común, la esencia de la condición de superhéroe: todos los superhéroes volaban, incluso aunque alguno tuviese que hacer trampas saltando o flotando en burbujas de fuerza o en un hovercraft. Por tanto, era un anillo volador. Cuando volví a ponérmelo en la colina de Berkeley pensaba de forma diferente. Sabía que la invisibilidad era el rasgo que en realidad compartían todos los superhéroes. Al fin y al cabo, ¿quién había visto a alguno?

Lo cierto es que si todavía hubiera sido un anillo volador tal vez nunca me habría perdido por Oakland, tal vez solo habría volado por las montañas y habría vuelto a guardar el anillo. Mi cobardía se había convertido en costumbre. Tal vez un paseo por el aire, un refresco de mi irrelevante poder secreto expiara un poco la rabia de que me estrangularan en el autobús delante de Lucinda Hoekke. Pero el cambio del anillo parecía enviar el mensaje de que Aeroman había madurado. La invisibilidad era una característica astuta y urbana y tal vez me sirviera lo mismo. Me preparé.