– Base -dije-. Estoy intentando pillar algo de roca.
– Cállate la puta boca. ¿Qué cojones te hace pensar que yo podría ayudarte a pillar roca?
– Perdona.
– ¿Andas buscando problemas?
Bueno, sí, ¿no? Esa era la cuestión. El tipo me había captado la intención.
– No -dije.
– No vendrías aquí si no anduvieras buscando problemas. -Pero sonrió-. Mira, tío, la base y la roca son dos cosas completamente distintas.
– Perdona -repetí.
Eché un vistazo para comprobar quién podría estar observando, y me ofreció chocar los cinco. Acepté.
– ¿Cómo te llamas?
– Dee -dije.
Volvió a mirar por la sala. Nadie podía oírnos, el camarero rehuía escucharnos y los jugadores iban a lo suyo.
– Puedes llamarme OJJJ.
Oh-Jay-Jay-Jay. Supuse que en la zona por donde se movía OJJJ, «OJ» y «OJJ» ya estaban cogidos.
– ¿Eres legal? -preguntó-. ¿Te enrollas?
– Claro. -Me preguntaba si me habría tomado por un poli y por qué no me lo preguntaba.
– ¿Te quieres colocar?
– Tengo dinero.
Dio un respingo, se acercó un poco más.
– Joder, tío, calla la boca. Si quieres que OJJJ te coloque no necesitas dinero. Basta con pedirlo.
– Vale.
– Vale.
Volvimos a chocar los cinco. OJJJ luchaba contra las ganas de mirar por encima del hombro a la ventana cada pocos segundos, unas veces perdía, otras ganaba, otras volvía a perder. Mientras, pillé al camarero vigilándonos, lanzándonos miraditas de desconfianza. En la imaginación escribí una voz en off: «¿Qué está haciendo OJJJ con ese blanco?». Estaba claro que era un bar con clientela fija. Y que todos me habían tomado por poli. En realidad, según el artículo que pronto leería en el Oakland Tribune, el dueño del bar no había visto a OJJJ en su vida y no se había preguntado ni por un segundo si yo era policía. Por lo visto, no di esa impresión a todos.
OJJJ me guió hasta los servicios, pasada la mesa de billar con los jugadores que seguían sin considerarnos dignos de atención. El lugar era práctico, con un urinario de acero en el suelo, que estaba inclinado en torno a un drenaje central para facilitar el desagüe. Los graffiti no cubrían del todo las paredes verde lima. Habían arrancado las puertas de los compartimientos, pero nos escondimos en uno de espaldas a un tabique divisorio cada uno. Apestaba a amoníaco, a nada peor. Entonces OJJJ se abrió el abrigo y sacó una pipa de cristal y sí olí algo peor: el olor acre de suéter moderno empapado en sudor. Me pregunté cuántos días llevaría OJJJ sin ducharse o sin ni siquiera pasar por casa, dondequiera que la tuviera. Después descubriría que era la química del miedo.
Entonces el olor acre de OJJJ se mezcló con el penetrante aroma del crack, chamuscado en una pipa de cristal alineada con una pequeña pantalla de cobre. Observé a OJJJ e intenté hacer lo mismo que él. Yo nunca había fumado cocaína, solo se la había visto fumar a Barrett Rude Junior. Creo que OJJJ sabía que me estaba enseñando y le gustaba. Creo que la situación le envalentonaba. Me mostró lo que era una roca, un cristal y una ramita. Él y yo nos fumamos un par y noté cómo la ráfaga de frío me recorría el cuerpo. Pero era un colocón de carácter elusivo, imposible de saborear, solo podías perseguirlo. Le observé fumar y luego me pidió el dinero. Le había ofrecido cuarenta dólares y me había dicho que me los guardara, que los necesitaríamos en el lugar al que me llevaría si quería acompañarlo. Él quería que lo acompañara. Me preguntaba cuándo me haría invisible.
Había varias mujeres en el bar cuando salimos, arregladas para la noche, y al pasar por su lado una de ellas le dijo a OJJJ:
– ¿Adónde vas, guapetón?
– Cállate la boca, zorra.
El camarero meneó su cabeza de morsa pero nosotros nos fuimos, daba igual lo que pensara. OJJJ me condujo a la vuelta de la esquina por una oscura manzana residencial. Las zonas más pobres de Oakland me parecían iguales que las ricas, típicas del extrarradio, con jardines, caminos de entrada para los coches y aceras vacías. Solo los coches te chivaban lo que había dentro de las casas. Los coches de la calle Sesenta tenían veinte años de antigüedad, eran Cadillacs con capós oxidados, Olds y Chryslers herrumbrados y con guardabarros de otros modelos.
OJJJ se había adelantado, azuzándome para que le siguiera. Parecía empeñado en mantener cierto impulso especial despertado por la roca que se había fumado. OJJJ señaló con la cabeza un garaje no empotrado, con revestimientos de color rosa, a juego con la casa de la izquierda. Por debajo de la ancha puerta de entrada se escapaban ritmos de bajo y una luz amarilla.
– ¿Preparado?
– Claro.
Fuimos por el sendero hasta una puerta lateral. OJJJ llamó a la puerta y alguien la abrió sin quitar la cadena. Una cara nos inspeccionó.
– Soy yo, tío.
– ¿Quién? ¿OJJJ? -La voz llegó desde detrás de la cara silenciosa, que solo nos miraba.
– Déjame entrar.
– ¿Quién es el otro? -dijo el rostro vigilante de la cadena.
OJJJ me señaló con la cabeza.
– Es legal.
– No hagas esperar a mi colega OJJJ -dijo la voz oculta.
La puerta se cerró el tiempo necesario para descorrer la cadena y luego entramos. Una bombilla amarilla iluminaba a un círculo de hombres sentados en sillas plegables alrededor de un calentador. Los cuatro sobrepasaban lo esperado por OJJJ, en particular uno de ellos. OJJJ se volvió hacia la puerta en cuanto descubrió al tipo que no quería ver, pero demasiado tarde, ya estábamos dentro y habían vuelto a asegurar la puerta.
El hombre se levantó sonriendo y tendió la mano a OJJJ. OJJJ no le hizo caso, no le miró directamente, sino que se dirigió a otro de los reunidos y le rogó en tono adulador:
– Mierda, ¿has dejado entrar a Horton para tenderme una trampa? No está bien.
– Horton nos ha contado que le timaste -dijo la misma voz que nos había invitado a entrar-. Eso tampoco está bien.
– Cállate, tío. ¿Es que le haces caso a un cabrón como Horton?
Horton retiró la mano.
– No soy un cabrón como tú, tío.
– ¿Has venido a entregarnos, OJJJ? ¿Quién es ese de la cara de fantasma?
Con lo cual OJJJ llegó a los límites del lenguaje, al menos es lo que su mueca parecía indicar cuando sacó la pistola del bolsillo interior del abrigo del que también había extraído la pipa de cristal y donde la había vuelto a guardar. Era un revólver viejo, tanto como los coches de la calle. OJJJ debía de haberlo comprado en la misma tienda de beneficencia donde había conseguido la chaqueta con pechera de ante, si es que en esas tiendas vendían armas. Disparó o, en cualquier caso, el arma se disparó mientras la sacaba del abrigo y destrozó los paneles de yeso del techo. Llovió polvo, las sillas se movieron y la detonación estuvo a punto de reventarme los tímpanos, pero sobrevivieron para vibrar dolorosamente al ritmo de la música. Entre el primer disparo y el siguiente todos tuvieron tiempo de gritar «¡Joder!», pero después del segundo los bramidos de Horton ahogaban cualquier otro grito. Horton se aguantaba la rodilla con la mano, entre cuyos dedos manaban hilos de sangre y como en un juego de niños chillaba:
– ¡Me ha dado! ¡Me ha dado!
Me puse el anillo y me volví invisible. Nadie se dio cuenta. OJJJ estaba de pie pero inerte, contemplando embelesado lo que le había hecho a la rodilla de Horton, pero seguía moviendo el arma, adelante y atrás, sacudiéndola con los dedos en tensión aunque sin disparar. Alguien repetía: «Mierda, mierda, mierda». Me acerqué a OJJJ y, en el mayor acto de valor físico de mi vida hasta ese momento, le di un rodillazo en los huevos y le quité el revólver de la mano: se dobló y vomitó tan rápido que pareció que le había liberado de la tarea de aguantarse la bilis, como si desde el principio hubiera tenido intención de vomitar.