Esta vez Christmas dijo:
– Le escucho.
– Son camellos.
Imaginaba que tenía el tiempo contado: como en un millón de películas, los expertos de la policía estarían rastreando la llamada y pronto los equipos de asaltos especiales tomarían el edificio. Solo quería contar lo mínimo para poner fin a aquel sinsentido, al menos eso me dije.
– Claro -dijo con amabilidad-. Son camellos conocidos, tiene razón. La cuestión es: ¿quién es usted?
– Solo quería ayudar. OJJJ estaba aturdido por el crack y creo que había estado robándoles a los otros. Tal vez ya tuviera pensado ponerse a disparar antes de entrar.
– ¿A quién intentaba ayudar usted?
– Quería que los cogieran -dije, impaciente.
– ¿Matándolos?
– Yo no he disparado a nadie. Nunca he disparado un arma.
– O sea, ¿como Batman?
– ¿Qué?
– Batman siempre alardea de eso: de que nunca ha disparado un arma.
Eso me detuvo. Intenté imaginarme a Vance Christmas sin éxito. Supongo que los dos tratábamos de imaginarnos el uno al otro. Le oía respirar con tranquilidad mientras esperaba a que yo siguiera hablando -quizá supiera que me había atrapado-, pero también un murmullo febril de fondo: un lápiz sobre un papel.
«No -quería decirle-, Batman es de la DC y a mí me gusta la Marvel. La DC es una mierda.»
– De modo que no tenía intención de que las cosas acabaran como acabaron. -Christmas no se esforzaba por ser simpático. Parecía estar considerando la posibilidad de haber interpretado mal la historia-. Y por eso ha telefoneado. Para aclarar las cosas.
– Exacto.
– Entonces, ¿no odia usted a los negros?
Por un instante casi se me escapa: el anhelo de compensar «Play That Funky Music», la desolación de la que había nacido Aeroman y que lo había devuelto a la vida una vez más. Pero el camino desde la calle Dean hasta Bosun’s Locker era demasiado largo. Así que solo contesté:
– No.
– Debe de encontrarse usted en una situación extraña, ¿eh?
Ahora tenía la impresión de que me trataba con paternalismo.
– Lo que estoy intentando hacer no es fácil -dije-. La cagué, eso es todo.
– Ha tenido días mejores.
– Muchos.
– ¿Una historia de éxitos?
Vance Christmas había empezado a recordarme a un programa informático diseñado para imitar a un psiquiatra o a un rasguño en la córnea: me seguiría a donde yo fuera. Así que le guié.
– Cuando sale bien, alguien como usted ni siquiera se entera -dije-. La satisfacción está en ayudar.
– Evita dar publicidad.
– Normalmente sí.
– Bueno, entonces estoy de suerte. Me ha proporcionado una gran exclusiva.
– No me llame el Vengador de East Bay.
– ¿Cómo quiere que le llame?
– Aeroman.
– A-R-R-E…
– No, no. -Se lo deletreé.
– ¿Cuándo tiene proyectado el… la próxima intervención?
– Voy a donde me necesitan.
– Vaya, claro. Por supuesto. Escuche, esto… ¿tiene usted… hum… un aspecto que le distinga? Es decir, ¿sabría alguien que es usted si le tuviera delante?
– No.
– ¿Y no será alguien que ya es conocido en la comunidad? Ya sabe, como Clark Kent o Bruce Wayne.
– No.
– ¿Seguro que no le conozco? Porque, es curioso, pero su voz me suena.
Se me aceleró el corazón. ¿Vance Christmas un oyente noctámbulo de la KALX? Intenté imaginármelo una vez más: periodista sensacionalista de temas raciales, aficionado a Batman… ¿cuántos años tenía? En cuanto lo pensé no pude pronunciar ni una palabra más. De modo que colgué. Había hablado demasiado, había estado demasiado rato al teléfono. Pero ningún grupo de operaciones especiales rodeó la Asociación de Estudiantes y supuse que me había librado.
La exclusiva de Christmas apareció en la mitad superior del diario del martes. Ninguna de las citas que me atribuía eran mentiras descaradas, pero el contexto siempre estaba maclass="underline" «“VOY A DONDE ME NECESITAN.” VENGADOR A TRIBUNE: “VOLVERÉ A ATACAR”». Según Christmas, Oakland tenía que prepararse porque un loco fantasioso campaba a sus anchas por las calles. Yo había alardeado de toda una serie de ataques encubiertos creyéndome en el derecho de ostentar cierta autoridad de vigilante aunque admitía que en este caso «la había cagado». Negaba que odiara a los negros… claro. No obstante, mi actividad me proporcionaba «satisfacción». Y aunque me había erigido en juez y jurado al acusar a Jackson y Cantrell de «camellos», admitía que me había drogado con crack en el servicio del Bosun’s Locker antes del tiroteo. No mencionó el nombre de Aeroman, tal vez fuera la única palabra que le había dicho y no había citado. Quizá fuera el cebo de Christmas. El periodista había notado que me importaba y esperaba que volviera a llamarle para corregirle. Casi acierta.
El miércoles cruzó la bahía. Un editorial del Examiner criticaba al Vengador y a Christmas por igual por haber creado una historia ridícula que quedaba empequeñecida al lado de la crisis real en la que estaba sumido Oakland. Entretanto, Herb Caen se preguntaba en su columna: «¿Alguien tiene una fotografía del Vengador de East Bay de Oakland con Travis Bickle de Taxi Driver…? Era solo una pregunta…». Esas fueron las menciones que encontré antes de descorazonarme y dejar de buscar. Quizá hubiera otras.
Christmas no se había olvidado del nombre «Aeroman». Al contrario, lo había apuntado y había estado investigando en las microfichas. Al cabo de una semana, cuando yo ya empezaba a creerme que los rescoldos de la historia se habían enfriado, la portada del Tribune publicó una foto del departamento de policía de Nueva York: Mingus Rude, de frente y de perfil. Las habían sacado aquella lejana tarde de domingo, el día del tiroteo; era Mingus exactamente donde le había dejado. El titular se preguntaba: «¿CONEXIÓN ENTRE EL VENGADOR Y ASESINO NEOYORQUINO?».
Según descubrí por el diario, Mingus seguía en la prisión de Elmira. Le faltaban tres meses para conseguir su primera libertad condicional y no había estado cerca de Bosun’s Locker. Sin embargo, fuentes exclusivas apuntaban a una relación entre ambos casos. El periodista seguía ocultando el nombre de Aeroman. Vance Christmas proponía una especie de rompecabezas por cuya solución el periódico ofrecía una recompensa: mil dólares para cualquiera que lograra unir los puntos que relacionaban un incidente de hacía seis años en las casas de protección oficial Walt Whitman de Fort Greene, Brooklyn, con la reciente atrocidad cometida en la calle Sesenta, aquel patético rostro negro encarcelado con nuestro esquivo maníaco blanco que seguía en libertad. ¿Había sido arrestado Rude por el Vengador hacía tanto tiempo?
Christmas me había invitado a salir, pero yo seguía encerrado. No pensaba recoger la recompensa, no podía responder a la pregunta. Guardé el anillo. La excursión al Bosun’s Locker fue la última vez que lo toqué hasta aquella mañana en que Abigale Ponders lo sacó de entre un montón de recuerdos y volví a acordarme de él.
10
Arthur Lomb me citó en un restaurante llamado Berlin, en la esquina de Smith con Baltic. Era un local más del grupo de restaurantes y establecimientos nuevos abiertos en el viejo barrio hispano, rodeados de tiendas de parafernalia religiosa y clubes sociales y destartalados comercios de saldos llenos de polvorientos muebles de plástico y electrodomésticos pasados de moda. Abraham había tratado de explicármelo docenas de veces, pero no lo entendí hasta que lo vi con mis propios ojos: la empobrecida calle Smith se había convertido en un parque de juegos de clase alta. Supongo que era susceptible de una colonización tan rápida precisamente porque había muchas tiendas cerradas. La calle se había vuelto tan chic que apenas se reconocía, salvo por los puertorriqueños y los dominicanos que seguían allí. Eran refugiados en su antiguo territorio, sentados en cajas de leche bebiendo de bolsas de papel, cargando hasta casa las compras realizadas, saludándose desde ventanas del tercer piso de un lado al otro de la calle, fingiendo que el aburguesamiento no había caído sobre ellos como una bomba.