Pero al final de la tarde, de algún modo, había corrido la voz. Una mujer con un bebé salió a la puerta de casa enfadada, por lo visto, por que Abraham anduviera por ahí. La familia de Abraham debía de tener mala fama de blancos, de tontos. Entregó el bebé a alguien del interior y guió a Abraham hasta un descampado de la calle Baltic, una parcela vallada llena de desechos entremezclados con brotes de ailantos, los árboles híbridos que crecían tan rápido como una grieta en un parabrisas cuando la presionabas con la punta del dedo. La montaña de cochecitos de bebé destrozados y listones oxidados con fragmentos de yeso colgando y techumbres de hojalata rotas conformaba un diseño visual por el que Abraham Ebdus no se dejó fascinar. La bicicleta coronaba el montón, por encima de la cabeza de Abraham, suspendida quién sabía cómo, con el guardabarros azul retorcido como un ala partida. Otro día más y el ailanto crecería entre los radios. Tuvo que trepar por la valla y acabó tirando la bici al suelo para tener las manos libres. Nadie mostró ninguna intención de ayudar, aunque algunos contemplaron la escena. No estaba seguro de que valiera la pena rescatar la bicicleta. Quizá, si la robara otro niño para usarla. Pero aquello, aquel trasiego gratuito, no era más que la falta de comprensión de la calle, su resistencia. Que las sombras siguieran bebiendo de bolsas de papel mientras él se esforzaba por remendar la bicicleta resultaba, sencillamente, apropiado, hacía juego con el estado de ánimo de Abraham. La bicicleta era irrecuperable y Abraham Ebdus se preguntaba para qué le habría enseñado al niño una habilidad inútil. Sabía que Rachel quería que llevara la bici a casa para repararla pero sospechaba que el niño no volvería a montarla fuera del patio trasero de casa.
Marilla y otra niña estaban esperando, jugando a la taba a los pies de la escalinata de Dylan Ebdus.
Marilla cantaba en un falsetto enloquecido: «El problema es que nunca te han querido como es debido, lo que yo tengo seguro que te sienta bien…».
La otra niña -Dylan recordaba que Marilla la llamaba La-La y se preguntaba si sería su verdadero nombre- recogía los boliches entre una tirada y otra, contando los puntos en una ráfaga incomprensible. El juego transcurría a los pies del primer escalón, de modo que Dylan no podía pasar. Se sentó en el tercero contando desde abajo y se puso a mirarlas.
– Robert Woolfolk dice que él no te quitó la bici y que si dices lo contrario te va a dar una buena -anunció de pronto Marilla.
– ¿Qué?
– Dice Robert que no vayas por ahí contando que te quitó la bici porque no es verdad.
– Dice que te va a dar una paliza -aclaró La-La. Lanzó distraída y desperdigó los boliches.
– Yo no he dicho… -empezó a explicar Dylan, pensando que él no había dicho nada.
La bicicleta estaba en el estudio de Abraham Ebdus, con el guardabarros recompuesto y decorado a pincel con el nombre de Dylan en la letra de su padre. Pronto estaría de vuelta abajo, apoyada en el pasillo como un animal disecado, un alce de cromo ciego cargado de la expectación paterna y el pavor de Dylan.
Marilla se encogió de hombros.
– Yo solo te lo digo.
Se agachó como para hacer pis, con el culo a pocos centímetros del suelo, cogió la pelotita roja y levantó los boliches, y cantó: «Te niegas a anteponer nada a tu orgullo, lo que yo tengo acabará con todo ese, uh, orgullo».
– ¿Robert te ha dicho que me lo digas?
– A mí nadie me ha dicho nada. Solo repito lo que he oído. ¿Tienes un dólar para chucherías, Dylan?
¿Quién había en la manzana? ¿Estaba Henry en el jardín? ¿Estaba Robert Woolfolk?
Dylan Ebdus sacudió la cabeza, intentando no mirar. Apretó entre los dedos las dos monedas de veinticinco centavos que llevaba en el bolsillo. Tenía pensado comprar una Spaldeen, un pase de entrada fabricado con goma rosa. Tal vez practicaría en la fachada de la casa abandonada hasta que se formara un nuevo juego a su alrededor. Dylan le había cogido el tranquillo a las recepciones solo cuando nadie le miraba, en sus entrenamientos privados, pero un día de esos esa habilidad podía traducirse en la genialidad de Henry. Aunque puestos a pensarlo, ni siquiera recordaba la última vez que alguien había jugado al frontón, tal vez fuera otro arte perdido. Los juegos olvidados se amontonaban como las quejas de los que perdían una guerra, obviados por la historia callejera.
No te cuestionabas de dónde conseguía el dinero la gente. Todos los niños se quedaban el cambio cuando sus madres los mandaban a por leche. Alberto compraba Schlitz para su primo. El viejo Ramírez sabía para quién era y por eso vendía al niño cerveza y cigarrillos.
Había corrido la voz de que en Halloween los niños de las casas baratas tiraban, no, arrojaban huevos con fuerza desmedida. Era fiesta pero aun así había que ir a clase, mal negocio y una situación complicada: niños desperdigándose solos cuando sonaba la campana de las tres, y todavía era más probable que te acertaran si te agrupabas con otro, no digamos ya si intentabas protegerle. No podías proteger a nadie de que le lanzaran un huevo o cualquier otra cosa.
¿Y si todo cambiaba? Probablemente había cambiado. Ya había cambiado antes.
¿Tú y quién más?
Tú y tus llamados amigos.
Tu mamá.
Dylan Ebdus oyó, cual silbido inaudible para perros, la solitaria llamada del Spirograph desde el dormitorio: las anillas, las ruedas dentadas, los bolígrafos rojos que saltaban.
– No -le dijo a Marilla, aterrado-. No tengo dinero.
– ¿Tienes miedo de Robert? -Marilla mandó los boliches por toda una franja increíblemente amplia de acera y observó el resultado con ceño fruncido.
– No lo sé.
– Tiene una navaja.
– «¡Dame una buena noticia!» -gritó La-La.
Entonces Marilla dejó caer la pelota roja, que dribló bajo la forsitia de Rachel, y las dos niñas, lejos de la hilera de boliches de pintura desconchada, bailaron con las rodillas dobladas, los ojos casi cerrados y las mejillas henchidas al tiempo que cantaban: «Ooh ah, ooh-ooh ah, ooh ah, ooh-ooh ah…».
La cuadrícula alargada de estas mismas calles, estas hileras de casas estrechas, vista desde arriba, al anochecer, a finales de octubre: imagina la perspectiva de un hombre volador. ¿Cómo interpretaría las figuras a sus pies, una mujer blanca con el viento revolviéndole su negra melena mientras pega en los hombros y espalda a un adolescente negro en la esquina de Nevins y Bergen? ¿Es un atraco? ¿Debería descender en picado, intervenir?
De todos modos, ¿quién se cree ese hombre volador que es? ¿Batman? ¿Blackman?
Las calles siempre dejan sitio para que un par de figuras o tres luchen solas como en un bosque, sin que nadie las oiga. Las escalinatas de entrada se alejan inclinadas de la calle, la distancia entre dos hileras de casas se ensancha para abrir un cañón mudo. Nuestra figura solitaria de lo alto sigue volando; por encima de todo, necesita una copa, y la mujer continúa pegando al chico.
El día siguiente a Halloween la acera delante del colegio estaba manchada de huevo, bombas que habían errado su objetivo, hilos de yema cada vez más marrón tachonada de trocitos de cáscara, hilos tan dilatados por la velocidad que parecían aludir a la rotación de la Tierra sobre su eje, como si la fuerza centrífuga y no la gravedad hubiera embadurnado con ellos el planeta en sentido longitudinal. Los que habían llegado a casa con una tortilla secándose en los pantalones de pana y un punzante óvalo rojo en el muslo lo habían negado hasta que los ojos se les inundaron de lágrimas. Aunque cualquier niño que fuera sincero consigo mismo dejaba de llorar ante el menor atisbo de enfado de los matones de la Escuela de Secundaria 293, los buscapeleas de un curso o dos por encima. Los lanzadores de huevos se habían puesto caretas de cartón delgado compradas -Casper, Frankenstein, Spiderman-, de modo que recordaban a ladrones de banco o asesinos con motosierra, figuras de pesadilla alimentadas por imágenes entrevistas en las noticias de la tele o en Última sesión.