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Las manos fallaban. Las suyas resbalaban sobre todo tipo de superficies. Después de todo, Isabel no había moldeado nada, solo había sido aplastada y remodelada. No era de extrañar que le gustaran las casas de piedra rojiza inutilizadas que ahora se llenaban caóticamente sin atender al plan de Isabel. Tomemos, por ejemplo, al cantante negro que había alquilado la casa entre la suya y la de los Ebdus. ¿Constituía un avance? El hombre tenía dinero, pero parecía colocado. El hijo mulato del cantante se pasaba las tardes de agosto de pie en medio del jardín trasero de al lado, plagado de maleza, mirando descaradamente a Isabel, sentada en su terraza, saludándola como si fuera la jefe de escuadrón. La calle Dean había generado su propia espora extraña e Isabel no podía seguirle la pista ni responder por lo que ahora florecía. Los homosexuales colonizaban la calle Pacific; un colectivo de comunistas ingenuos salía de un adosado de la calle Hoyt y pegaba panfletos en las farolas anunciando un pase de diapositivas sobre la China roja o una recolecta de fondos para los okupas de Loisada. Isabel había fundado un movimiento bohemio. «Ya no tendrán a Isabel Vendle dando vueltas por ahí.» Pero, claro, ni siquiera sabrían que era ella la que los reunía a todos.

Caminaron juntos hasta Pintchik, en la avenida Flatbush con Bergen, un complejo de tiendas que vendían pintura, muebles, productos de ferretería y fontanería, un negocio que probablemente en otro tiempo había sido solo una tiendita y que ahora se infiltraba por toda una manzana cobijado bajo adosados pintados de amarillo autobús sobre el que habían estampado «PINTCHIK» en rojo, casas de ladrillo rojo convertidas en una valla publicitaria de una calle de largo, casas de ladrillo rojo maquilladas como un payaso. Había algo en la inconfundible edad y especificidad de Pintchik, su indiferencia, que enfermaba a Dylan. Por lo visto, Brooklyn no siempre necesitaba esforzarse en ser algo más, algo consciente y ansioso, algo que apuntara hacia Manhattan, como en las calles Dean, Bergen o Pacific. A veces Brooklyn, como en Flatbush, podía sentirse encantado de su propio ser mugriento y duradero. Pintchik solo apuntaba hacia Pintchik, su única procedencia. Era una guarida, una madriguera, y los hombres peludos que vendían anillas polvorientas para cortinas de ducha y pomos de cristal para las puertas -el material tangible de la renovación en lugar de la idea de renovación- desde detrás de cajas registradoras cubiertas de recortes de prensa, eran conejos como Bugs Bunny o la Liebre de Marzo, petulantes en su agujero y entretenidos o impacientados solo por la posibilidad de que cayeras en uno de ellos. Pintchik era un Brooklyn blanco que Isabel Vendle no imaginaba.

De camino a Pintchik, Rachel le había enseñado la palabra «aburguesamiento». Era una palabra de Nixon, no molaba. «Si te preguntan, di que vives en Gowanus -le dijo Rachel-. No te avergüences. Boerum Hill es un invento pretencioso.» Ese día Rachel hablaba y Dylan escuchaba. Rachel esparcía lenguaje como esparcía agua la boca de riego abierta por los niños puertorriqueños en la esquina de Nevins los días más calurosos: sin parar, con demasiada efusión. Podías rascar una lata hasta abrirla por los dos extremos y emplearla luego para dirigir momentáneamente el agua a través de la ventanilla de cualquier coche que pasara, pero la fuerza del chorro acabaría ganando. Cuando Dylan lo había intentado, el pilar de agua le había arrancado la lata de las manos y la había mandado girando al otro lado de la calle, hasta chocar con los bajos de un coche aparcado. Dylan no se atrevía a intentar dirigir el chorro verbal de su madre. «Que no te oiga nunca decir “negrata” -dijo Rachel, susurrando de forma enfática y cautivadora-. Es la única palabra que no puedes decir nunca, ni siquiera para tus adentros. En Brooklyn Heights los llaman animales, llaman zoo a las casas de protección oficial. Esos reaccionarios estirados se merecen que les entren a robar. Deberían quedarse sin sus equipos de música cuadrafónicos. Nosotros estamos aquí para quedarnos. El canal Gowanus, las casas Gowanus, la gente de Gowanus. ¡El monstruo del lago Gowanus!» Rachel hinchó los carrillos y, con los dedos como garras, atacó a Dylan en la entrada de Pintchik.

¿Qué se encontraría Dylan si cruzaba Flatbush, más allá de las tiendas que vendían camisas y camisetas con el lema «ME ENORGULLEZCO DE MI HERENCIA AFRICANA», más allá de Deportes Triangle, más allá del puesto de patatas fritas de Arthur Treacher, más allá del mismo Pintchik? Cualquiera sabía. El mundo de Dylan tenía allí sus límites, bajo las estrechas espaldas de la torre del Williamsburg Savings Bank. Dylan conocía Manhattan, conocía el Londres de David Copperfield, incluso conocía mejor Narnia que las calles de Brooklyn al norte de la avenida Flatbush.

«No vivimos en una caja, no vivimos en una cajita cuadrada, me da igual lo que diga nadie, ¡no vivimos en un marco de dieciséis milímetros!» Rachel volaba por Pintchik como la Reina Roja en A través del espejo, susurrándole enloquecidamente. «Él no puede meternos dentro, nos escaparemos, saldremos corriendo. No puede pintarnos en una cajita de celuloide. ¡Saldremos corriendo a la calle! ¡Lo empapelaremos dentro del estudio!»

Dentro, Rachel le condujo a una sala llena de rollos de papel pintado. Dylan tenía que elegir el sustituto de los animales selváticos escondidos entre hojas de palmera, aquel diseño de libro infantil que se le había quedado demasiado pueril. Las muestras de la sala estaban forradas de terciopelo, decoradas con símbolos de la paz color naranja fluorescente, puestas de sol de Peter Max, tiras plateadas y estampados de cachemir en tonos lima: puede que Pintchik fuera implacable y eterno, pero ofrecía papeles pintados que recordaban a los envoltorios de caramelos más modernos, como Wacky Wafers y Big Buddy. Dylan sintió vergüenza por el papel. Tenía el mal gusto de pasar de moda sin percatarse. Dylan prefería el propio Pintchik, su diseño de ladrillos rojos y amarillos, sus paredes glaseadas por el tabaco.

«Lo arrancaré de su estudio igual que te saco a ti a la calle para que juegues, que se busque un trabajo en lugar de vivir en la cima de su montaña como Meher Baba…»

Dylan descubrió sorprendido un rollo de su papel de jungla entre las muestras de Pintchik. Allí estaba, en nada superior al de color lima o el fluorescente. La jungla que contemplaba mientras se dormía no tenía edad, era plana y estaba vacía, corrupta como la publicidad. Abraham jamás habría empapelado su estudio.

Dylan quería un papel de empapelar tan viejo como la acera, profundo y turbio como los fotogramas pintados de su padre. Quería dibujar un tablero de chapas en la pared, quería vivir en la casa abandonada. O en Pintchik.

Comparado con su madre, Brooklyn era simple.

«Una banda de las casas Gowanus pilló a un niño de quinto después de clase y lo llevó al parque y tenían una navaja y estuvieron desafiándose unos a otros y le cortaron los huevos. No se resistió ni chilló ni nada. No eres demasiado joven para aprender, mi niño profundo, que el mundo está como una cabra. Un consejo: si no puedes pelear, corre, corre y grita “¡Fuego!” o “¡Me violan!”, sé más salvaje que los demás, que tu melena sea una llamarada.»

Regresaron de Pintchik a casa por la calle Bergen, con Rachel calentándole la cabeza. Su madre nunca mencionó a Robert Woolfolk, ni siquiera una vez, pero al pasar por la esquina de Nevins con Bergen, el lugar donde le había pegado en plena calle, Dylan volvió a estremecerse de vergüenza, notó su vergüenza y la de Rachel. Rachel no era responsable de lo que decía, Dylan lo sabía. También ella tenía miedo. La función de Dylan consistía en desentrañar lo que Rachel decía y prescindir del noventa por ciento para entenderla.