«El negro guapetón que se ha mudado al lado de Isabel Vendle es Barrett Rude Junior, es cantante, estaba en los Distinctions, tiene una voz increíble, canta igualito que Sam Cooke. Los vi tocar una vez, de teloneros de los Stones. Su hijo tiene tu edad. Va a ser tu mejor amigo, ya verás.»
Era el último montaje de Rachel.
«Si no quieres papel, lo arrancaremos y pintaremos lo que quieras. Es tu cuarto. Te quiero, Dylan, ya lo sabes. Vamos, echemos una carrera hasta casa.»
Dylan vertió toda su confusión en la carrera, tratando de dejar atrás a su madre.
«Vale, me falta el aire. Corres demasiado rápido.»
Las pisadas de las deportivas de Dylan se fueron apagando al llegar a la esquina de Nevins con Dean, donde Dylan esperó a que Rachel le atrapara mientras echaba atrás la cabeza para recuperar el aliento. En ese instante Dylan estuvo seguro de verlo de nuevo: la silueta recortada trazó un arco desde el tejado de la Escuela Pública 38 hasta lo alto de las destartaladas tiendas de Nevins y desapareció después bajo el cielo. El saltador imposible. Parecía un vagabundo.
No le preguntó a su madre si lo había visto. Rachel estaba encendiendo un cigarrillo.
«No solo eres guapísimo y un genio, sino que además tienes un buen par de piernas. No te lo diría si no fuera cierto. Estás creciendo, mi niño.»
Las insignias por méritos eran criptogramas, señales de información improbable procedentes de otro planeta de la infancia y Mingus Rude, aunque en principio fardaba, parecía contemplarlas con una indiferencia antropológica no muy distinta de la de Dylan. «Natación, fogatas, nudos, brújula», musitó Mingus acariciando con el pulgar las insignias, pruebas talismán de los suburbios de Filadelfia, restos flotantes de un mundo muerto.
Mingus Rude hizo esperar a Dylan en el jardín vacío y plagado de hierbajos mientras se vestía con el uniforme de escolta, luego se colocó delante de Dylan y los dos sopesaron la incongruencia de la indumentaria: mangas y perneras demasiado cortas, pañuelo amarillo manchado por un rastro baboso de mocos. Mingus volvió adentro y regresó con un uniforme de hockey verde y amarillo con su nombre impreso a la espalda en letras planchadas, brillantes pero ligeramente agrietadas. Sostenía un palo astillado con cinta aislante negra en la empuñadura. Dylan interiorizó la escena en silencio. Entonces Mingus desapareció otra vez y regresó con un uniforme de fútbol americano carmesí en cuyo casco se leía «MANAYUNK MOHAWKS». Juntos dieron la vuelta al jersey de nailon ventilado para examinar las hombreras de espuma y plástico que otorgaban a Mingus silueta de superhéroe. Las hombreras olían a sudor y podredumbre, a tardes vertiginosas, inaccesibles. «Pero ¿sabes atrapar una Spaldeen? ¿Colarla en un tejado?», se preguntó Dylan con amargura. Mingus Rude pronto descubriría que Dylan Ebdus no.
Dylan se debatía entre las ganas de alardear de insignias al mérito en las chapas, Telesketch, ocultamiento bajo escaleras chirriantes y dibujo, y el deseo de proteger a Mingus Rude de la burla, el robo, la incomprensión. Ya los oía: «Tú, déjame ver, que les echo un vistazo. ¿Qué…? ¿Es que no te fías de mí?». Quería proteger a los dos ordenándole al chico nuevo que nunca llevara ninguna de esas posesiones irrelevantes e imprudentes a la calle para que las viera algún otro niño.
Dylan se hizo un lío en silencio. Quería amontonar los diversos uniformes en una fogata en aquel santuario vallado del patio trasero, una fogata como la que Henry y Alberto habían encendido una vez en la escalinata de la casa abandonada, prendiendo fuego a periódicos y mierda seca de perro y apestosas ramas de ailanto que ensuciaban el suelo a finales de verano. Dylan quería que Mingus Rude y él encendieran un fuego y asfixiaran los uniformes con humo hasta que el plástico ennegreciera y se fundiera, hasta que los números y los nombres, las pruebas, se destruyeran. Una hoguera de la calle Dean, sin nada que ver con insignias al mérito. En cambio, contempló a Mingus Rude guardar los uniformes en el fondo de su armario con gravedad.
– ¿Te gustan los cómics? -preguntó Mingus Rude.
– Claro -contestó Dylan, inseguro. «A mi madre le gustan», estuvo a punto de añadir.
Mingus Rude extrajo cuatro libros de cómics del suelo del armario: Daredevil n.º 77, Pantera Negra n.º 4, Doctor Extraño n.º 12, El Increíble Hulk n.º 115. Habían sido manoseados con ternura hasta la saciedad, tenían las puntas redondeadas, el papel amarillento del cálido aliento atento, las páginas machacadas de tanto mirarlas. Todas las primeras páginas interiores tenían escrito con bolígrafo, en mayúsculas inclinadas, «MINGUS RUDE». Mingus leyó algunos fragmentos en voz alta, hechizándolos a los dos, atrayendo la atención de Dylan y la suya propia. Dylan notó que le penetraba un rayo de atención, su efecto despertó una rara calidez en su pecho que dirigió hacia Mingus. Quería tocar el pelo de aspecto crujiente de Mingus Rude.
– ¿Sabes lo que dicen ahora? Que el Doctor Extraño logró atrapar al Increíble Hulk construyendo una especie de jaula mística, pero que no pudo coger a Thor porque Thor es una figura divina siempre que no pierda el martillo. Si pierde el martillo, el tipo es un tullido.
– ¿Quién es Thor?
– Ya lo verás. ¿Sabes dónde comprar cómics?
– Eh… sí.
Dylan pensó en Croft, aquella tarde en la terraza de Isabel Vendle, en el quiosco de la isla peatonal de la avenida Flatbush con Atlantic. Los Cuatro Fantásticos.
¿Podía el Doctor Extraño capturar a los Cuatro Fantásticos?
– ¿Alguna vez robas cómics?
– No.
– No es gran cosa. ¿Vas de campamento este año?
– No.
«Ningún año», estuvo a punto de añadir Dylan. Había encontrado un artefacto en el ropero de Mingus, una especie de diapasón.
– Es una paleta.
– Oh.
– Como un peine para pelo africano. Eso no es nada. ¿Quieres ver un disco de oro?
Dylan asintió en silencio, dejó caer el peine. Mingus Rude era un mundo, una bomba de posibilidades en proceso de estallar.
Subieron las escaleras. El padre de Mingus Rude había dejado en manos de su hijo el espectacular regalo del sótano al completo: dos habitaciones para él solo y la posesión del patio mágicamente vacío de atrás. El padre de Mingus Rude vivía en la planta del salón. Como Isabel Vendle, Barrett Rude Junior dormía en una cama frente a la barroca repisa de mármol de la chimenea, a la luz atenuada de unas ventanas altas con cortinas, ventanas escaparate pensadas para salones llenos de pianos y tapicerías, biblias dieciochescas en atriles y a saber cuántas cosas más. Pero, a diferencia de la cama de Isabel Vendle, la de Barrett Rude Junior, que descansaba directamente en el suelo bajo el techo holandés de volutas, era una gran bolsa llena de agua, tal como demostró Mingus Rude de dos contundentes palmetazos al pasar por el lado, un mar ondulante atrapado entre sábanas resbaladizas. Los dos discos de oro eran, curiosamente, lo que su nombre prometía: discos de oro, singles, encolados sobre moqueta blanca y enmarcados en aluminio, y no colgados de las paredes desnudas, sino colocados sobre la atiborrada repisa de la chimenea junto a billetes de dólar arrugados, vasos medio vacíos y cajetillas vacías de Kool. La leyenda de uno indicaba «“(NO WAY TO HELP YOU) EASE YOUR MIND” (B. RUDE, A. DEEHORN, M. BROWN), THE SUBTLE DISTINCTIONS, ATCO, DISCO DE ORO 28 DE MAYO DE 1970, y en la del otro “BOTHERED BLUE” (B. RUDE), THE SUBTLE DISTINCTIONS, ATCO, DISCO DE ORO 19 DE FEBRERO DE 1972».