– Bajemos -dijo Mingus Rude.
Dejaron atrás los discos de oro. Dylan bajó el primero la escalera, con una sensación de extraña formalidad mientras se asía a la barandilla e imaginaba a Mingus Rude mirándole la espalda.
En el patio, lanzaron piedras al aire, las tiraron al jardín de los puertorriqueños. Sobre todo Mingus, Dylan miraba. Era el 29 de agosto de 1974. El aire olía como un brazo alzado de cerca. Se oía el traqueteo constante de la camioneta de los helados por la calle Bergen, probablemente con una sarta de los niños de siempre colgados del vehículo.
– Mi abuelo es predicador -dijo Mingus Rude.
– ¿En serio?
– Barrett Rude Senior. Mi padre empezó a cantar en la iglesia del abuelo. Pero ya no tiene iglesia.
– ¿Por qué no?
– Está en la cárcel.
– Oh.
– Supongo que sabrás que mi madre es blanca.
– Pues claro.
– A las blancas les gustan los hombres negros, ya lo sabías, ¿no?
– Eh… claro.
– Mi padre ya no se habla con la muy zorra. -A continuación soltó una risa aguda, sorprendido de sí mismo.
Dylan no dijo nada.
– Mi padre pagó un millón de dólares por mí. Lo tuvo que pagar para recuperarme, un kilo. Pregúntaselo, si no me crees.
– Te creo.
– Me da igual, es la verdad.
Dylan miró los labios y los ojos de Mingus Rude, su color exacto, lo asimiló. Dylan quería leer en Mingus Rude como en un libro, quería saber si el niño nuevo había cambiado la calle Dean con su llegada o solo a Dylan. Mingus Rude respiró por la boca y sacó la lengua curvada por un lado al lanzar un escupitajo. Mingus era negro pero más claro, una mezcla. Tenía las palmas de las manos igual de blancas que Dylan. Llevaba pantalones de pana. La verdad, podía pasar cualquier cosa.
Dylan quería decirle que un niño de un millón de dólares no debería estar en la calle Dean. Ni siquiera la palabra «millón».
Tal vez Mingus Rude estuviera loco, a Dylan le daba igual.
Al cabo de un par de días ya estaba jugando en la calle, atrapando pelotas en el stoopball, inclinándose sobre un coche aparcado para dejar pasar el autobús. Como si siempre hubiera estado allí. Atrapaba la pelota lacónicamente, a la perfección. Podría ser el Henry de su manzana trasladado ahora a la calle Dean, podría ser el Henry ideal, reconocible en cualquier parte. Dylan trepó a la valla de Henry y se sentó a observarlo con Earl y un par de niñas más jóvenes. Por lo visto, Mingus Rude encajaba. Había sido incorporado en pleno juego mientras Dylan no miraba.
Robert Woolfolk no estaba. De lo contrario, el último día soleado habría arrastrado hasta al último niño a la calle. Dos niñas giraban una comba mientras otras tres saltaban, sus rodillas brillaban como un racimo de uvas. El colegio vacío alicatado de azul, la Escuela Pública 38, se erguía al fondo de la manzana. Nadie lo miraba, a nadie le importaba.
– D-Man.
»John Dillinger.
»D-Solo.
Dylan no entendía qué estaba chillando Mingus Rude, no se reconoció en los motes.
– Eh, Dylan, ¿estás sordo?
La capacidad de mando se reconocía en Henry por encima de todos. Pero un capitán necesitaba a otro, aunque fuera inferior, un títere. Alguien tenía que dar el paso. Dylan había visto a Alberto asumir el papel, a Lonnie, incluso a Robert Woolfolk en una ocasión, que consiguió desequilibrar un sencillo juego de pelota y disolverlo rápidamente con mala cara y cojera fingida. Ahora, en el luminoso y tedioso final del verano, Henry y Mingus Rude eran capitanes de stickball, sin mediar explicación.
Mingus eligió primero a Dylan, por encima de Alberto, Lonnie, Earl, de todos.
– No sabe batear -dijo Henry.
Un diagnóstico razonablemente cordial. Dylan era un problema para cualquier capitán, un lastre comunal.
– Me quedo con Dillinger -insistió Mingus Rude, imperturbable. Envolvió una y otra vez el cierre de la muñeca de un guante de bateador de los Philadelphia Phillies, recuerdo burlón de la veta madre de prendas enterrada en el ropero-. Elige a tu hombre.
La última tarde de agosto antes de que empezaran las clases recordaba a una de esas imágenes sobrecogedoras, deslumbrantes de los créditos iniciales de Star Trek o Misión imposible que entreveías antes de que te ordenaran apagar el televisor e irte a la cama: iba a perseguirte, a jugar debajo de tus párpados, una vez cerrada la puerta, apagada la luz y calmada la respiración acelerada. Un verano quedaba inacabado, partido por el final, como un mal empalme. Ahora, la llegada de Mingus Rude prometía la posibilidad de otro verano, unido al actual mediante bisagras como una puerta tras la cual no podías mirar.
El palo de escoba sudado estaba vendando con cinta aislante negra, como el asidero de un palo de hockey.
– Empieza tú, Dill.
Dylan empezaba a comprender que los nombres comunicaban el hecho de que Mingus y él iban a ser una cosa dentro de casa, lejos de la calle, y otra completamente distinta fuera. En la manzana.
Dentro, fuera, Dylan comprendía la distinción. Sabía manejarse.
Henry lanzó. Dylan blandió el palo en dirección a algo apenas visto, como una abeja revoloteando sobre su cabeza.
– Bola -dijo Mingus Rude, capitán, árbitro, comentarista.
– ¿Bola? -se mofó Henry-. Si el chaval ha ido a por ella.
– No importa -repuso Mingus-. Demasiado alta. -Y a Dylan le dijo-: No trates de darle a semejante porquería. -A Henry-: Apunta a la zona de strike. -Y de nuevo a Dylan, le susurró-: No cierres los ojos.
Evolucionaste a la vez a la vista y en secreto, te volviste huesudo y peludo, te arrancaste un diente de leche y escupiste sangre y seguiste jugando, afirmando conocer ciertas palabras la primera vez que las oías. Llegó un día en que le diste a la pelota, la bateaste a zona buena, doblaste la primera base antes de que el bate se quedara quieto en la calle. No fue para tanto, no esperabas felicitaciones. Dylan se preparó sobre la tapa de la alcantarilla, la segunda base, esperando el lanzamiento, el siguiente punto del programa. Recompensa por haber mandado la pelota entre los pies de Alberto. En cabeza, bateando miles.
Cualquier emoción interior era como mearse en los pantalones. Dylan sabía que debía avergonzarse de semejante alivio.
Puntuó en el home run conseguido por Mingus Rude. Lo eliminaron, entre resuellos, la segunda vez que le tocó batear. Le dio igual. Cinco niños haciendo cola para batear y ninguna defensa digna de mención: en noches así, te levantabas a batear cien veces. Te eliminaban noventa. Mandabas la pelota contra una farola y decías que era un triple, daba iguaclass="underline" eras capaz de darle a una pelota de triple a oscuras. Te resistías al final del día como al sueño, como a una enfermedad. La mamá de un niño llamó durante media hora e incluso entonces nadie le prestó atención, nadie entró en casa.
Rachel Ebdus no llamó desde la escalinata. Dylan Ebdus se preguntó si Rachel y Abraham estarían aprovechando la oportunidad para apalearse de alguna forma.
Dado que en ese momento en particular Dylan estaba fuera, también le dio igual.
No le importaba una mierda.
«De todos modos, ¿qué coño sabes tú del tema?»
Mingus Rude era unos escasos cuatro meses mayor que Dylan Ebdus, pero esos cuatro meses coincidían de tal modo que Mingus iba un curso por delante, había terminado quinto en Manayunk, Pensilvania. Como Henry y Alberto, Mingus Rude empezaría sexto curso ese año, en la Escuela de Secundaria 293 de la calle Butler, entre Smith y Hoyt, en el territorio de las casas Gowanus. En tierra de nadie.
Una vez Mingus le llamó «Dil-icioso» mientras Dylan estaba en el pentágono.
La ES 293 era un sol escondido que arrancaba a los niños de la órbita de la calle Dean entre gritos, uno a uno. Si Mingus Rude fuese cuatro meses más joven, si a Mingus Rude y Dylan Ebdus les esperara asistir a quinto curso juntos, si… entonces Dylan, tal vez, podría haberle cuidado. Vigilado.