Bruce Lee era famoso ahora que había muerto.
Se jugaba a parar sin tocar el suelo, a instantes. Entre un salto y otro no estabas jugando. Permanecías inerte, posabas.
Las niñas negras tenían un idioma de palabras parciales, consignas más difíciles de aprender que cualquier cosa que enseñaran en clase. Habías empezado a detectar una especie de ruido general, similar a las marcas indescifrables de bolígrafo en los pupitres. Una voz garabateada.
Las primeras veces que alguien dijo «Eh, chico blanco» te pareció un error. Las chicas tuvieron que adentrarte en esa nueva relación, la verdad es que a los chicos les daba un poco de vergüenza.
Zapatillas deportivas equivocadas, zapatos equivocados, largo equivocado de pantalones. «Cruzarríos.»
«¿Dónde está la inundación?»
«¿De qué te ríes, tonto?»
«Jo. El chaval se está riendo de sí mismo.»
Chicos mayores de la ES 293 o de ninguna parte, de las casas de protección oficial, se amontonaban a las puertas del colegio y en los rincones del patio. En el pasado, los anteriores estudiantes de quinto habían servido de capa intermedia. Ahora no estaban. Robert Woolfolk formaba parte de uno de esos grupitos regulares de bebedores precoces con sus bolsas de papel. Incluso sin cambiarse de sitio Robert Woolfolk se movía como si tuviera un esguince de rodilla, como si estuviera eternamente inclinando una bicicleta demasiado pequeña para girar por la esquina de Nevins. Su sonrisa era como una fotografía gastada, su voz giraba por las esquinas. Dylan Ebdus veía en los ojos de Robert Woolfolk la misma cualidad de garabato.
Red Hook, Fort Greene, Atlantic Terminals.
Construías asociaciones que pasaban por comprensión. Nadie explicaba nada. Quinto curso era un arte abstracto, pintado cuadro a cuadro.
Dylan seguía oyendo el teléfono de la cocina cuando se sentaba en la escalinata de entrada, esperando, observando, mientras las tardes dejaban paso al crepúsculo, el aire se enfriaba y los hombres sentados frente al ultramarinos abandonaban sus cajas de leche, sacudían la cabeza, se apretaban las narices frías y dejaban solo al viejo Ramírez. Dylan y Ramírez estaban emparejados en sus respectivos umbrales, vigilando, obviándose mutuamente. Dylan contemplaba el tráfico ruidoso de la calle Nevins, observaba a las madres llevar a casa a las pequeñas desde la asociación de jóvenes cristianas, contaba los autobuses que se amontonaban como panes humeantes en el semáforo, esperaban y seguían adelante. El jardín de Henry estaba vacío, el jardín de Marilla estaba vacío, alguien vio una rata en el jardín de la casa abandonada. Bruce Lee e Isabel Vendle habían muerto y Nixon paseaba por la playa. Nadie se movía, nadie jugaba, niños desconocidos recorrían la manzana en grupos. Era una época de desapariciones, de un silencio estúpido, como el insoportable silencio de un profesor que espera una respuesta de un niño del que todo el mundo sabe que no sería capaz ni de decir bien su propio nombre.
Que Abraham contestara al teléfono, si es que lo oía. Que Abraham dijera que Rachel no estaba.
La mayor parte de los días Dylan esperaba a solas hasta que Abraham le llamaba para que entrara a cenar. Mingus Rude tenía otros lugares adonde ir, lugares de los de sexto curso, lugares de la ES 293: otros amigos, supuso Dylan, y se guardó la suposición para él solo. Una o dos tardes a la semana Mingus pasaba corriendo por la manzana y saludaba con la mano. Tenía un abrigo de pana marrón y cuello de borreguillo, no el anorak brillante relleno de plástico que llevaban los otros chicos. Mingus Rude cargaba los libros y las libretas debajo del brazo, sin bolsa, y los soltaba en las escaleras de cualquier modo, expresando algo menos que puro desprecio y algo más que absoluta maestría.
Mingus trataba los cómics como si fueran una presencia delicada y viva, un trozo de carne todavía latiente que él y Dylan tal vez podrían sanar fijando por completo su atención, reverenciándola. Los argumentos que se solapaban eran terreno para expertos, como las chapas, todo ritual y buenos trazos. A Dylan le horrorizó sobremanera descubrir que había dejado pasar tantísimo tiempo, tanta historia cultural esencial. Olvida lo que creías saber. Estela Plateada, por ejemplo, se encontraba en una situación que no podías entender de verdad si llegabas demasiado tarde. Mingus solo negaba con la cabeza. Uno ni siquiera se planteaba intentar explicar algo tan trágico y místico.
Los cómics nuevos llegaban a los quioscos el martes. Mingus Rude solía cargar una brazada de cómics, comprados o robados; Dylan no preguntaba. Algunos eran bimensuales, otros mensuales -lo descubrías leyendo las cartas de los lectores-, te impacientabas a la espera de números especiales, gruesos Anuales y especiales únicos como Las guerras entre los Vengadores y los Defensores u Orígenes. En Orígenes aprendías cómo habían empezado los superhéroes, que solía ser por radiación. En los Anuales y las Guerras resolvías, al menos provisionalmente, preguntas relativas a quién podía con quién. Hulk e Iron Man se enfrentaban durante un par de páginas y siempre acababan jurando que resolverían la cuestión en otra ocasión.
El Duende había matado a Gwen, la novia de Spiderman, la cosa no tenía gracia. Por eso Spiderman estaba siempre tan deprimido.
El Capitán Marvel no era Shazam, era un lío. Lo habían resucitado para reivindicar derechos de autor sobre el nombre y nadie sabía en realidad si encajaba en el universo Marvel. DC Comics, la antítesis de Marvel Comics, ofrecía una realidad risible, simplificada: Superman y Batman eran pura broma, estropeados por la televisión.
Había que reconocer que Superman en su Fortaleza de la Soledad te recordaba demasiado a Abraham en su estudio del piso alto, dándole vueltas a nada.
La desazón se cernía sobre ciertos títulos. Artistas distintos dibujaban los mismos personajes de maneras diferentes: te dejabas la vista tratando de dar cuenta de los cambios para asegurar la continuidad de esas historias cojas. Se apoyaba a los superhéroes menos importantes con apariciones estelares de Spiderman o Hulk, confundiendo terriblemente la cronología. Einstein podría perder la cabeza tratando de explicar cómo los Cuatro Fantásticos habían ayudado a los Inhumanos a enfrentarse al Hombre Topo cuando, según testimonio claro de su propia revista, en ese momento estaban atrapados en la Zona Negativa.
Si habías seguido con atención durante un tiempo al Increíble Hulk, te dabas cuenta de que había dejado de usar los pronombres de golpe.
Dos tardes a la semana, se sentaban a la luz decreciente de la escalinata de Dylan sin departir jamás sobre quinto o sexto curso, cuestiones demasiado básicas y misteriosas para ser mencionadas. En cambio hojeaban los cómics, protegiendo las finas páginas del viento con los hombros, desentrañando hasta el último recuadro, el último centímetro cuadrado de información, los créditos, las cartas, el copyright, los anuncios de Sea-Monkeys, del «insulto que hizo un hombre de Mac». Entonces, justo cuando pensabas que estabas solo, la calle Dean volvía a la vida y Mingus Rude conocía a todo el mundo, saludaba a un millón de niños que salían del colmado de Ramírez con un Yoo-Hoo o una barrita Pixy Stix, saludaba a Alberto que había ido a por cerveza Schlitz y Marlboro para su hermano mayor y la novia de este. La manzana era una isla de tiempo, la escuela quedaba a un millón de kilómetros de distancia, las madres llamaban a sus hijos para que entraran en casa, el autobús llevaba encendidas las luces interiores, transportaba señoras gordas que volvían a casa de las oficinas de la Junta de Educación de la calle Livingston cuyas siluetas borrosas parecían dientes cariados en la luminosa boca del autobús, Marilla pasaba por delante un millón de veces cantando «Es verdad, a veces me maltratas, me metes entre un montón de gente de clase alta, y luego me tratas fatal», la luz se iba apagando ansiosa, las farolas de postes arqueados decorados con deportivas colgantes se encendían de un zumbido y Mingus Rude, un final de tarde cualquiera, sin despegar los ojos de un Grandes Cómics de Marvel en el que Mr. Fantástico se había hecho un ovillo del tamaño de una pelota de béisbol -pero con la minúscula cara dejando ver con detalle increíble las sienes plateadas que le identificaban- para que un bazuka lo disparara dentro de la boca vulnerable de un robot de dieciséis metros de alto llamado Toomazooma, el Tótem Viviente, y por lo demás inmune, Mingus Rude decía: