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Dylan y Mingus se envolvieron en los abrigos y se embutieron los sombreros hasta los ojos. El viento soplaba con fuerza en la esquina de la calle Bond, azotando sus piernas huesudas, silbando por entre las aberturas de las deportivas Keds. Llevaban los puños cerrados en los bolsillos, tenían las palmas sudadas y los nudillos congelados. Abrieron la puerta de Buggy contra el viento. La mujer y su pastor alemán se acercaron como dos apariciones, criaturas de Marte que se asomaban al cristal. Un niño negro y uno blanco comprando queso y mostaza. Tal vez Buggy no supiera que estaban dando la Super Bowl, incluso podía pensar que la palabra tenía algo que ver con lavabos, con algún producto azul cubierto de polvo colocado en el estante más alto y que nadie compraba.

Mingus y Dylan prepararon los bocadillos y se los comieron entre los tres: Barrett Rude Junior puso por las nubes el sabor de la mostaza caliente mientras se chupaba los dedos, rezongaba y atacaba una segunda botella de licor de malta. El tercer cuarto fue un desierto de luz artificial, los jugadores se amontonaban sin orden ni concierto, el tiempo se hizo interminable. En algún lugar quizá se estuvieran estrellando aviones cargados de hielo, Manhattan podía haberse partido en dos y estar yendo a la deriva hacia el mar. Brooklyn era la isla del invierno. Fuera estaba oscuro como si fuera de noche. Jamás habrías adivinado que la Super Bowl era tan lúgubre y pesada. La toma que mostró un zepelín empujado por el viento no alivió el aburrimiento. Mingus mantuvo la vela, encerrado en sí mismo, apaciguado, impresionado por su padre. Dylan se alejó de rodillas y curioseó entre la colección de discos de Barrett Rude Junior que llenaba el rincón de debajo de la repisa de la chimenea. Dylan los pasaba hacia delante y hacia atrás, Afrodisiac de Main Ingredient, BlackEyed Blues de Esther Phillips, The Inflated Tear de Rahsaan Roland Kirk, Wack Wack de los Young Holt Trio, los nombres y los diseños de las portadas eran ventanas a un mundo lejano tan cargado de significados irrecuperables como cualquier cómic de Marvel.

– No mires eso ahora -dijo Barrett Rude Junior, vagamente molesto-. Siéntate y mira el partido. -Entornó los ojos, como si por primera vez viera a Dylan al completo.

La blancura del chico en la casa del negro.

– ¿Tu madre sabe que estás aquí? -preguntó Barrett Rude Junior.

– La madre de Dylan se ha ido -informó Mingus desde el sofá.

– ¿Tu madre se ha marchado?

Dylan asintió.

Barrett Rude Junior sopesó la información. La presencia de Dylan en el salón quedaba explicada, quizá fuera esa su primera conclusión. Luego, despacio, cayó en la cuenta de algo más. Dylan notó en la mirada de párpados pesados de Barrett Rude un atisbo de ternura, la sintió como la luz de un faro que se girara para enfocarle.

– La madre se ha ido, pero el chico sale adelante.

Barrett Rude Junior pronunció la frase dos veces. La primera vez las palabras emergieron densas, deliberadas, masticadas. La segunda vez fue un eco de la primera, convertida la frase en el verso de una canción de amonestación, de seducción: «La madre se ha ido, pero el chico sale adelante».

Dylan volvió a asentir, embobado.

El padre de Mingus Rude todavía sostenía la botella amarilla por la base. La movió en círculos, brindando ante una mesa invisible.

– Está bien. Estás bien. Ya mirarás los discos en otro momento, pequeño Dylan, ahora siéntate y mira el partido.

¿Barrett Rude Junior le recordaba a Rachel? ¿O es que era el rato más largo que la palabra «madre» había resonado en el aire desde que Rachel se había marchado? Dylan tuvo la impresión de que Rachel se había colado en el salón, en forma de niebla o nube, de formación meteorológica. Mingus Rude se retorció en el sofá, no quería mirar a Dylan a los ojos: por lo visto, también él notaba la presencia, de Rachel Ebdus o de alguna otra madre, presionándole desde arriba como una fuerza, como el tiempo meteorológico. Luego la presencia desapareció de su vista, el ángulo de la cámara cambió en favor de la lucha por las yardas, de los corredores contorsionándose en el campo dividido a rayas, del casco que alguien en la banda abrazaba como a un bebé, de la larga espera hasta llegar al extremo opuesto del campo.

Cuando al final Mingus Rude alzó un puño y dijo «He ganado», su padre le preguntó:

– ¿Qué has ganado?

– Dylan y yo habíamos apostado.

– ¿Cuánto?

– Cinco dólares.

– No juegues así con un amigo. Hasta el más tonto sabe que los Vikings son incapaces de ganar la Super Bowl. Ven aquí. Que vengas aquí.

Cuando Mingus se acercó lo suficiente, Barrett Rude alargó la mano abierta, arrastrando con ella el batín y dejando al descubierto un pezón extrañamente suave y grande, y abofeteó a su hijo en la mejilla. Podría haber pasado por un cachete cariñoso si la voz de Barrett Rude, aquella orden teatral, no hubiera indicado lo contrario. Dylan vio a Mingus apoyarse ligeramente en los talones de las deportivas a la espera de otro bofetón más fuerte. Pero Barrett Rude se desinteresó, se examinó la mano por delante y por detrás como si tuviera algo escrito. Luego añadió:

– Si quieres dinero, no se lo robes a un amigo. -Alargó un brazo hacia la repisa de la chimenea y arrancó un billete de veinte de un fajo, se lo tiró a Mingus-. Ponte el sombrero y acompaña al pequeño Dylan a su casa. Y de regreso cómprate algo, so burro, que me tienes harto de repetirte las cosas.

Los días de invierno eran imágenes estáticas vislumbradas entre los cambios de canal. La nieve se pudría en la calle como encías enfermas. Las casas de protección oficial estaban cerradas a cal y canto, los niños no salían. Quizá Henry estuviera lanzando al cielo una pelota de fútbol y atrapándola él mismo. Alberto le había abandonado, lo había cambiado por amigos nuevos, más puertorriqueños. Era asombroso ver a Henry venido a menos, ver hasta qué punto su posición había dependido de Alberto. Mingus aparecía por la manzana al anochecer o se escondía durante semanas. Los cómics se volvían extraños, los tiraban al suelo disgustados. Dejaron de publicar Warlock, nunca llegaron a saber cómo terminó su batalla con Thanatos. El regreso de Jack Kirby, el Rey, a Marvel, tras su exilio en DC Comics, seguía levantando polémica. Dylan se imaginaba a Kirby en un laboratorio depurando las toxinas de Superman de su cuerpo, recuperándose de una intoxicación de kriptonita.

Un chico saltó desde un quinto piso del centro de reinserción social de la calle Nevins y se empaló en los pinchos de una verja de hierro, de la que hubo que cortar una sección para trasladarla con el muchacho al quirófano del Brooklyn Hospital. Los niños iban de excursión a ver la verja hasta que los reveladores pinchos fueron coronados por una barra de acero que los unía por las puntas. No supiste que se trataba de un centro de reinserción hasta que el chico saltó, luego resultó que todo el mundo lo sabía. Igual que con el Centro de Detención de Brooklyn en la avenida Atlantic, habías esquivado el edificio por puro instinto, adivinando algo que no podrías haber sabido.

Dylan y Abraham se quedaban despiertos hasta tarde para ver Saturday Night Live, pero a los diez minutos Abraham decidía que no lo entendía y rebuscaba enfadado un disco de Lenny Bruce que no estaba en su sitio. El tiempo estaba retrocediendo, decía Abraham. Antes las cosas eran divertidas e importantes. Dylan se lo creía. Un día Dylan se encontró a Earl lanzando con fuerza una Spaldeen contra la fachada de la casa abandonada mientras repetía una y otra vez, apretando los dientes: «¡Soy Chevy Chase, y tú no!». Earl estaba furioso, desconsolado, en ese momento no era amigo de nadie. Jugar a la pelota se había convertido para cualquiera en un gesto de nostalgia explícita. Si un puñado de niños se reunían a jugar eran como los puertorriqueños sentados en las cajas de leche de la esquina, rememoraban el pasado, cumplían refunfuñando un ritual. Los juegos con pelotas desaparecían como las falsas modas, pasaban como los estados de ánimo. Marilla y La-La cantaban, casi a gritos: «Tiraré el cobertizo, me montaré una cancha, me pondré tu peluca de mujer, si no vuelves, debería darte vergüenza, oh, ¡qué vergüenza! ¡Si tampoco sabes bailar!».