– Habías dicho algo de un trabajo, Perry. No me tortures.
– Lo considero un acto de desesperación. Cuando vendiste los lienzos a Hagopian no estabas vendiendo, estabas enterrando pruebas como un animal culpable. Te avergüenzas de la pintura, te incomoda. ¿Qué? ¿Te sorprende? ¿Crees que no me llegan las noticias?
– ¿Te han llegado noticias sobre el naufragio de mi matrimonio?
Abraham Ebdus pronunció las palabras que hasta entonces había callado y miró a su antiguo profesor a los ojos, deseoso de sorprenderlo y acallarlo. De hecho, solo había conseguido asombrarse a sí mismo. Perry Kandel ni siquiera se detuvo a coger aire.
– Existe un problema que nadie ha solucionado. Un pintor deja un rastro de matrimonios rotos si, para empezar, tiene la suerte de acostarse con alguien, pero, pero, pero… en esencia continúa cubriendo lienzos de cola y pigmento. Así es como se gana el derecho a seguir rompiéndolos.
Abraham no iba a rebajarse a mencionar hijos ni hipotecas.
– Si me llamaste por teléfono solo para que viniera a recibir lecciones…
– Mira, es un trabajo. Tú decides si está hecho para ti. Implicaría la aplicación de pintura mediante un pincel, pero solo con fines totalmente carentes de gusto y absolutamente censurables, de modo que relájate. No debería comprometer la renuncia a tu talento.
– Agradezco la preocupación.
– De nada. Un editor que conozco, un tipo listo ante el que con frecuencia pierdo dinero en el póquer, me preguntó si conocía pintores jóvenes con aptitudes tanto figurativas como abstractas y con cierto sentido del color. Le contesté que por supuesto, que a un par. Edita una colección de ciencia ficción de bolsillo que quiere comercializar con la vista puesta en los adultos, para variar, en el mundillo universitario. A saber qué se imagina que es eso. De modo que busca a alguien de fuera del circuito de pintores comerciales habitual. Alguien «de más calidad», en palabras suyas. Personalmente, cada vez que oigo algo así me echo a temblar. No me gustaría que me aplicaran el comentario.
Pese a la certeza de que pronto retomaría su arenga galáctica, Perry Kandel se tomó un respiro para saborear su última floritura retórica como si chupara un puro invisible. Luego, fijado el precio -Abraham Ebdus era más consciente que nunca de que todo tiene un precio-, su antiguo profesor garabateó un nombre y un número de teléfono en el duplicado rosa del formulario de evaluación de un estudiante y lo empujó por encima de la mesa.
6
La capucha forrada de borreguito de la parka atada alrededor del cuello, la visión en túnel reducida todavía más por la cabeza gacha, el campo abarcable por la vista del chico se limita a los dedos de los pies enfundados en zapatillas Converse atacando alternativamente una ventana oval que enmarca ráfagas cambiantes de pavimento. De esta guisa recorre la avenida Atlantic en dirección a Flatbush y la Cuarta, con las manos metidas en los bolsillos, aprovechando que el invierno ofrece una cobertura mínima, una oportunidad para enmascarar manos, cara, toda su blancura. Al cruzar la Cuarta se ve obligado a levantar el visor de borreguito y mirar a derecha e izquierda en busca del momento adecuado para atravesar los carriles cargados de tráfico y alcanzar el quiosco de la isla peatonal triangular. Visto a través de los parabrisas de los coches humeantes del semáforo de la Cuarta o por las ventanas polvorientas de la taberna Doray o la casa de empeños Triangle, el chico podría recordar a un topo o a una rata bípedos, con la capucha gris colocada de modo que parece una nariz puntiaguda, inquisitiva, que husmea el peligro en el aire.
El topo corretea ahora por la intersección hacia el refugio que ofrece el quiosco. Una vez allí, alza la vista otra vez, gira la nariz ansiosamente en un círculo completo, quizá con la sospecha de que le hayan seguido. Por último, satisfecho, el topo se acuclilla bajo la mirada indiferente del propietario del quiosco, un árabe barbudo que se calienta las manos con una estufa portátil apretujada a sus pies en el estrecho cubículo formado por People, Diario, The Amsterdam News. El topo se arrodilla, se recoge la pernera del pantalón dejando a la luz las arrugas del calcetín a rayas naranjas. Pegado al húmedo tobillo lleva un billete de un dólar y tres monedas de veinticinco centavos. Es martes. El chicotopo empuja el dólar y una moneda sobre el suave mostrador de madera del quiosco, luego, con delicadeza, extrae de los estantes metálicos los cómics recién llegados. Un ejemplar de Los Vengadores n.º 138 y uno de Héroes de la Marvel n.º 43, con la participación de Spiderman y el Doctor Muerte, y tres ejemplares de la nueva serie Omega el Desconocido, un objeto de coleccionista desde su misma publicación según lo prometido durante meses en las columnas de los boletines de la Marvel aparecidos en otros títulos. El propietario echa un vistazo, da su consentimiento con un gesto de la cabeza. Durante un peligroso instante la parka del chico-topo se abre para que deslice los cómics con sumo cuidado bajo la cinturilla del pantalón. El chico-topo se abrocha el abrigo, relaja los brazos, comprueba que puede andar con naturalidad, que la presencia de los cómics pasa desapercibida pero también que los preciados primeros números no se arrugan. Cambia ahora las dos monedas restantes al bolsillo del abrigo. Viajarán con él, atrapadas en un puño cerrado y sudoroso, para ser ofrecidas a la primera oportunidad, a la menor confrontación. Dinero para atracos. Hay que ser idiota para andar por esas calles con los bolsillos pelados, buscándote problemas.
Esta criatura compuesta de puro miedo va andando como un pato hacia casa, a pasitos para que no se le resbalen los cómics.
Una vez en casa el chico-topo se deshace de la cubierta protectora. En el último momento decide dejar a un lado Los Vengadores y Héroes de la Marvel. Dos ejemplares de Omega el Desconocido permanecen sobriamente envueltos en plástico, cuyo cierre asegura con unos golpecitos, y luego traslada las bolsas selladas a un estante alto, las archiva. El último ejemplar es para leer.
¿El tan anunciado Omega? Pues resulta ser un superhéroe mudo procedente de otro planeta, una especie -siempre que se admitan comparaciones- de fusión entre Superman y el Rayo Negro. Es un cómic raro, peor que insatisfactorio. Resulta que Omega no es el protagonista del asunto. La mayor parte de las páginas las cede a otro personaje, un chaval de doce años con una inexplicable conexión psíquica con Omega, un huérfano maltratado que estudia en un instituto público en la Cocina del Infierno.
Oye, quizá hasta los genios de Marvel Comics sabían que estabas pasando un infierno. Daba igual, no servía de nada, porque en realidad no podías admitirlo. No existía ninguna conexión entre el pobre niño indefenso de Omega el Desconocido y tu persona, al menos ninguna que pudieras permitirte considerar.
¿El niño ese? Sencillamente no sabía cómo espabilarse en la calle.
Sexto curso. El año de la llave, el año del yugo, de las mejillas acaloradas de Dylan estrujadas entre el codo de uno u otro chico negro, de la cartera resbalando hacia una alcantarilla y los bolsillos cacheados rápida y fácilmente en busca del dinero del almuerzo o el pase del autobús. En la calle Hoyt, en Bergen, en Wyckoff si eras lo bastante estúpido como para pasearte por Wyckoff. Incluso en la calle Dean, a una manzana de casa, ante la mirada indiferente de las casas de ladrillo, a la sombra del implacable hospital bullicioso. Adultos, profesores, resultaban tan remotos como Manhattan desde Brooklyn, torres de ciega indiferencia. En cuanto a Dylan, era un micrófono oculto colocado en una cuadrícula de pizarra, un peatón blanco.