– Estrangúlalo, tío -decían para animarse. Dylan era el objeto, la ocasión, daba igual a quién se lo chillaran-. Estrangula al paliducho. Venga, negro.
A veces le hacían una llave baja, obligándole a doblarse y acurrucarse contra la cadera de alguien para rodar después como una peonza humana cuando por fin lo soltaban, con las piernas retorcidas cruzadas por los tobillos. O lo atacaban por detrás y cuando soltaban la llave nunca sabía cuál de los tres o cuatro chicos del corrillo había sido, cuál de los testigos de mirada severa que cabeceaban pensando en que había que tener muy mala suerte para ser blanco. Era rutina, unas risas. Las llaves empezaron de manera espontánea, una gracia para asustarlo, una broma.
Lo despedían como si lo echaran de un episodio de teatro callejero ligero. «Nadie te ha hecho daño, tío. No iba en serio. Ya sabes que es broma.» Se iban, le dejaban tambaleándose, hiperventilado, mientras chocaban los cinco, más como espectadores sorprendidos que como autores de la hazaña. Si Dylan se atragantaba o lloriqueaba se quedaban perplejos y algo decepcionados por la facilidad para la histeria del chico blanco. Dylan no lo entendía, no se había aprendido su papel. En tales ocasiones recogían los libros o el sombrero de Dylan y se los devolvían con fuerza, recomponiéndolo. Las llaves escondían cierto afecto. Verdugo y víctima habían forjado un curioso pacto.
Prometías regularmente a tus enemigos que no hablarías de lo que hacíais juntos.
Dylan vertía saliva, lágrimas. Un día frío, vertió un reguero de mocos. Una vez, pis. Se mordía la lengua y saboreaba la fuga de líquidos, se tragaba el sabor amargo de la humillación. Ellos hacían muecas, ponían los ojos en blanco. Dylan no tenía arreglo, era una vergüenza. Trataban de no verlo.
– Jo, este chaval se desangra con solo tocarlo.
– No, tío, está bien. Déjalo en paz, tío.
– No dirás nada, ¿verdad? Porque solo pasábamos por aquí. No te hemos hecho nada, tío.
Él asentía, se controlaba, no abría la boca. Esperaba que le felicitaran por reprimir un mar de lágrimas, por mantener el silencio.
– ¿Lo ves? No estás mal para ser blanco. Y ahora, largo.
Se llamaba «blanco». Se había acostumbrado, había cruzado una frontera, se había hecho visible. Brillaba como el dinero gratis. El precio de su nombre equivalía a la cantidad que en ese momento llevara en los bolsillos, cincuenta centavos o un dólar.
– Blanco, tengo que hablar contigo un minuto. -La cabeza ladeada, demasiada pereza para sacar las manos del bolsillo y llamarlo. Un negro, dos, tres. Tal vez casi una pandilla, no sabías quién iba con quién. Los ojos en blanco, risas. El espectáculo era una cita de sí mismo, algo aburrido, casi una humillación obligada.
Si no les hacías caso e intentabas seguir tu camino:
– ¡Eh, blanco! Que te estoy hablando, tío. ¿Qué pasa? ¿Estás sordo?
No. Sí.
– ¿Es que no te gusto, tío?
Indefenso.
En resumen: Dylan cruzaba la calle para que le vaciaran los bolsillos. De todos modos, el resultado estaba bastante claro. Cruzaba magnetizado por la desgracia, bajo el influjo de la llave implícita, de modo que nadie se viera forzado a decir: «¿Ves? Ahora voy a tener que darte una buena, tío, total porque no escuchas». Era un baile, cuyos pasos eran los estrangulamientos sucesivos. «Llámame blanco y te entregaré un dólar espontáneamente, ahora se me da muy bien.»
– Ven un momento, tío, no voy a hacerte daño. ¿De qué tienes miedo? Jo, tío. ¿Es que piensas que te voy a hacer daño?
No. Sí.
Todo seguía una lógica demente, salvo en tanto que polirritmia de miedo y tranquilidad, en tanto que juego de seducción.
– ¿De qué tienes miedo? ¿No serás racista, tío?
¿Yo?
Te estrangulamos porque piensas que podemos hacerlo: llegas con ojos de pre-estrangulado.
«Tu miedo convierte en un deber que te demostremos que tienes razón.»
Lo acorralaban en las esquinas de la calle, lo paraban en cualquier sitio. Un par de chicos formaron una jaula humana, una caja de desastres esperando en la soleada acera inocente, como si Dylan se hubiera metido en la legendaria nevera abandonada.
Dos voces crearon una música paradójica, incontestable. Cada una de ellas actuaba para la otra, no para Dylan. El placer nacía del contrapunto, no había lugar para una tercera voz.
– ¿Qué buscas? Nadie te va a ayudar, tío.
– No, tío, tranqui. El blanco este mola, se enrolla. No te metas con él.
– Entonces, ¿por qué coño me mira así? Eh, tío, ¿no serás un cabrón racista? Voy a tener que darte de hostias solo por eso.
– Que no, tío, cállate, que el chaval mola. ¿A que molas, tío? Oye, no me prestarías un dólar, ¿verdad?
La esencia, la pregunta del centro del rompecabezas preguntada un millón de veces de un millón de maneras:
– ¿Qué estás mirando?
– ¿Qué coño miras, tío?
– Que no me mires, blanco. Te voy a dar, cabrón.
Al fin llegaba aquello para lo que Robert Woolfolk le había preparado. Robert Woolfolk le había concedido el regalo de su propia vergüenza, el silencio de su madre, para que lo usara a diario. Cada encuentro llevaba la rúbrica de Robert: dolor de refilón y lógica desviada, interrogatorios que no llevaban a ninguna parte. La confirmación rutinaria de que en realidad no había pasado nada. Y la piel blanca, culpable, de Dylan excusándolo todo, cubriéndolo todo.
¿Qué
coño
estoy
mirando?
Si el chico-topo hubiera levantado alguna vez la vista del suelo habría sido para buscar a algún adulto o quizá a un chico mayor conocido, a alguien que lo liberara. Mingus Rude, por ejemplo; tampoco tenía claro que quisiera que Mingus lo viera en tales condiciones, acobardado ante la perspectiva de una llave, blanco y con la cara roja de odio. «Oye, que no soy racista, ¡mi mejor amigo es negro!» Impensable decir algo así. Nadie había dicho nunca quién era mejor amigo de quién. Era probable que Mingus Rude tuviera un millón de mejores amigos, chicos de séptimo, negros, blancos, quién lo sabía. Y el chicotopo tenía tantas posibilidades de poder pronunciar «negro» en voz alta como de gritar: «¡Te estoy mirando A TI, cacho cabrón!». De todos modos, Mingus Rude no frecuentaba esos sitios. Los chicos de séptimo y octavo estudiaban en el edificio principal de la calle Court, mientras que Dylan estaba solo en el anexo, a una manzana y un millón de años, a un millón de pasos aterrados, a un niño de un millón de dólares de distancia.
Abraham Ebdus cogió el fajo de postales igual que había manejado las tostadas quemadas, sin apretar, a punto de soltarlas y frunciendo el ceño como si hubieran arruinado algo o ellas mismas fueran una ruina. Se quedó mirándose la punta de los dedos después de dejarlas caer de cualquier modo en la mesa del desayuno. Quizá las postales le habían dejado un aroma o una mancha en las yemas. Quizá mejoraran si las rascaba o las untaba de mantequilla y mermelada de naranja. La verdad es que pedían a gritos que las tirara. En cambio, se las entregó al niño.
– ¿Conoces a alguien en Indiana?
El niño había bajado a desayunar con la mochila al hombro, llegaba tarde, como siempre. Eran como dos viejos en el albergue cristiano, se despertaban los dos con la alarma de sus respectivos despertadores en sus respetivos dormitorios y se encontraban en el desayuno. El despertador de Dylan era una radio sintonizada en una emisora de noticias que se colaba por la pared de Abraham con un estruendo de trompetas y efectos sonoros de teletipo y una voz que bramaba: «Las noticias no se detienen nunca». Era igual que si te arrancara del sueño un quebradero de cabeza de actualidad. El niño vivía en un mundo ansioso. Parecía tener el sistema nervioso ajustado como el de un robot. Ahora estaba sentado al borde de la mesa con la mochila colgada del respaldo de la silla y miraba sorprendido las postales mientras se bebía el zumo de naranja.