– No me sorprende.
No me sorprendía. Ni la aparición de D’Seur en la fantasía de Abby ni el tamaño que ella le había atribuido a su aparato. Guy d’Seur era algo más que el tutor de tesis de Abigale Ponders, era una celebridad de Berkeley. Nada que ver con ser crítico de rock, ni siquiera comparable a ser músico de rock. Los catedráticos de los diversos departamentos de posgrado eran las estrellas que enloquecían a los habitantes del lugar. Entrar en una cafetería de Berkeley y encontrarse sentado ante un café con leche y un bollo a uno de los teóricos vestidos de negro de la facultad de retórica o inglés -Avital Rampart, Stavros Petz, Kookie Grossman y Guy d’Seur componían el panteón actual- equivalía a un nudo en la garganta inmediato. En Berkeley esa gente era la que conseguía hacer el silencio en una sala. Sus libros ilegibles llenaban las mesas de novedades en las librerías.
Abigale Ponders era la hija única de una pareja de dentistas negros de Palo Alto, honorables y esforzados miembros de la clase media que lo único que querían era verla ir a la universidad y maravillarse ante el resultado. La tesis de Abby, «La representación de la cantante negra en las imágenes parisinas de la cultura afroamericana, de Josephine Baker a Grace Jones», la había conducido, hacía dos años, a visitar al único periodista en activo de Berkeley que había entrevistado a Nina Simone. En 1989, yo había cumplido con mi humilde peregrinaje para ver a Simone en nombre de la Musician Magazine, y Abby había demostrado ser capaz de investigar un índice bibliográfico con los mejores números de la revista. El día de la entrevista, engatusé a Abby poniéndole rarezas de Simone hasta que fue lo bastante tarde como para sugerir una botella de vino.
Al cabo de tres meses se mudó a mi casita de Berkeley.
– Ahora me debes una -dijo-. ¿A quién vas a ver en Los Ángeles? ¿Qué merece pagar una habitación de hotel que no puedes permitirte?
– La habitación de hotel está en Anaheim y no me cuesta nada. Supongo que acabo de darte una pista. -Me había resignado a descubrir mi secreto.
– ¿Vas a cobrar por una noche de sexo? ¿Con quién, con un personaje de la Disney?
– Esfuérzate un poquito más, Abby. ¿Quién insiste siempre en pagarlo todo cuando vas de visita?
Abby se calló, algo avergonzada.
Aproveché la ventaja.
– Sueñas con D’Seur porque le debes a sus manitas gabachas un borrador de capítulo y lo sabes.
– Vete a la mierda.
– Como quieras, pero ¿por qué no aprovechas para volver al trabajo?
– No he dejado de trabajar.
– Vale. No he dicho nada.
Abby se incorporó y cruzó las piernas.
– ¿A qué va tu padre a Anaheim, Dylan?
– Por negocios.
– ¿Qué clase de negocios?
– Abraham es el invitado de honor, el artista invitado, de ForbiddenCon.
– ¿Qué es ForbiddenCon?
– Creo que estoy a punto de averiguarlo.
Pausa.
– ¿Tiene algo que ver con su película? -Lo preguntó con delicadeza, como debía. La obra inacabada de toda la vida de Abraham Ebdus no era cosa de risa.
Negué con la cabeza.
– Es algo relacionado con la ciencia ficción. Le han dado un premio.
– Creía que esas cosas no le interesaban.
– Supongo que Francesca le habrá convencido.
La nueva novia de mi padre, Francesca Cassini, tenía un don para sacarlo de casa.
– ¿Por qué no me dijiste que venía?
– Porque no viene. Voy yo a verle.
Hablábamos en tono impersonal y seco, un alivio después de las provocaciones sexuales de Abby. Que se perdieron con tanta facilidad como el humo de un cigarrillo solitario.
Saqué Black-Eyed Blues de Esther Phillips de su estuche y lo pasé al portacedés. La luz de fuera cambió. En media hora llegaría una furgoneta del aeropuerto.
Abby tiró de una de las rastas cortas de su frente, enroscándosela delicadamente en los nudillos. Pensé en una cabritilla frotándose con suavidad, rascándose el bultito de los cuernos contra una verja, algo que había presenciado en Vermont hacía mil años. Cuando dejó de mirarme a los ojos, Abby bajó la mirada, la fijó en sus rodillas desnudas. Movió los labios, pero no dijo nada. Me pareció oler que se había excitado levemente metiéndose conmigo.
– Pareces un poco triste -dije.
– ¿Qué?
– Últimamente te veo un poco deprimida otra vez.
Alzó rauda la mirada.
– Esa palabra ni la menciones.
– Intentaba ser comprensivo.
– No tienes derecho.
Nada más decir esto, salió repentinamente de la habitación, sacándose la camiseta de los Meat Puppets por la cabeza mientras bajaba las escaleras y desaparecía de mi vista. Solo le vi fugazmente la espalda. Al cabo de un minuto oí la ducha. Abby tenía un seminario, el segundo del nuevo semestre. Debería haber dedicado los meses de verano a escribir un fragmento de su disertación, igual que yo debería haber redactado el borrador de mi guión. En lugar de escribir, los dos nos habíamos dedicado a pelearnos y follar con cada vez más intermedios en los que los dos nos aislábamos en el silencio de nuestras respectivas habitaciones. Ahora, mientras Abby estaba a punto de enfrentarse a sus mentores con las manos vacías, yo estaría volando hacia Los Ángeles para exponer una acalorada justificación de por qué no había escrito ni una nota.
Mi editor ocasional en The L.A. Weekly me había conseguido la reunión, la primera. A lo largo de los dos años anteriores como trabajador por cuenta propia había ido hundiéndome en una deuda de treinta mil dólares con la tarjeta de crédito, y ahora me ganaba la vida básicamente gracias al trabajo para la discográfica de reediciones Remnant Records, ubicada en Marin. Mis tratos con el propietario de Remnant, un beatnik emprendedor y canoso llamado Rhodes Blemner, me resultaban vejatorios. De modo que la reunión de hoy era una apuesta por la libertad.
Debí de perderme en mis pensamientos, porque lo siguiente que recuerdo es que Abby apareció vestida en lo alto de la escalera. Llevaba vaqueros, una camiseta negra de tirantes y unas botas hasta la rodilla que la hacían más alta que yo. Todavía le faltaba atar los complicados cordones de las botas. Se quedó de pie, frotándose las manos y los codos con crema hidratante y mirándome con furia acerada.
– No te cuento las experiencias más difíciles de mi vida para que después me las eches en cara -dijo-. Cuando he estado deprimida, al menos he tenido el valor de admitirlo. No quiero que vuelvas a emplear esa palabra conmigo, ¿de acuerdo?
– Pues claro que has tenido el valor de admitirlo. Y por lo visto he metido el dedo en la llaga. Eso se llama dejarte conocer, Abby.
– ¿Ah, sí? ¿Y cómo se llama cuando uno no se conoce a sí mismo?
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Por qué no me dijiste que vendría tu padre, Dylan? ¿Cómo has permitido que siguiera haciéndome el lío?
Me quedé mirándola.
– Tú sí que estás deprimido, Dylan. Es el secreto que te escondes a ti mismo. No lo admites. Te rodeas de depresión para no admitir que tú eres la fuente de la depresión. Piensa en ello.
– Una teoría interesante -musité.
– Que te jodan, Dylan, no es interesante, no es una teoría. Estás tan ocupado sintiendo lástima por mí o por cualquiera, por Sam Cooke, porque te resulta conveniente para no pensar en ti.
– ¿Qué es lo que quieres exactamente, Abby?
– Que me dejes entrar, Dylan. Te escondes de mí, sin disimulo.
– Otro modo de describir el hecho de que una persona intenta ahorrarle a otra sus cambios de humor más violentos.
– ¿De eso se trata? ¿De cambios de humor?
– Hace un momento te estabas corriendo ahí mismo, en la alfombra, y ahora me vienes con este ataque de nervios. No puedo con todo, Abby.